Barbaridad
El resultado en Zapala y el conflicto de los mineros fueron dos puntos altos en el último tramo hacia las urnas.
NEUQUÉN
Guillermo Berto gberto@rionegro.com.ar
En el primer cuadro Susanita le dice a Mafalda: “¿Y? Tenemos nosotros la culpa? No. ¿Podemos nosotros solucionar semejante problema? No. Lo único que podemos hacer es indignarnos y decir ‘qué barbaridad’”. En el segundo cuadro lo grita y en el tercero invita a una atónita Mafalda: “Listo. Decí vos también tu ‘qué barbaridad’ así nos despreocupamos de ese asunto y podemos ir a jugar en paz”. Con similar superficialidad a la del personaje de Quino, la dirigencia política neuquina (¿y buena parte de la sociedad?) ignoró el escándalo de que haya chicos y chicas de 11 y 15 años caminando solos por la hostil madrugada neuquina. Que hayan robado peluches no hace sino agregarle un matiz que cada quien puede interpretar como le parezca. También podrían haber sido ellos víctimas de una agresión o de un accidente. El foco es que el Estado neuquino, tan omnipresente él, tan benefactor, tan derramador, se da el lujo de tener a la intemperie no a estos tres niños, sino a decenas, quizá cientos. El comerciante “víctima” tuvo la lucidez de reconocer que estaba ante un hecho conmovedor, pero hubo quienes al conocer el episodio salieron con el infaltable discurso de la mano dura. La suerte de estos niños no puede quedar al azar de la comprensión o del odio de la persona con la que se crucen. Suena un poco ingenuo pedir más debate sobre este punto. La pobreza (que no es sinónimo de delito) molesta, por eso se la invisibiliza, se la arrincona o se la estigmatiza. No “mide”. Falta apenas una semana para las elecciones. Lo de estos chicos quedará, es posible, en una anécdota rodeada de gestos voluntaristas. Hoy la dirigencia política está obsesionada con las encuestas, la polarización, el voto a voto, la jugada de la última recta. A propósito: una de las chicas de 15 que vagaban por la madrugada cumple años mañana. Es decir, el domingo que viene puede votar, si así lo desea. ¿Ella “mide”? El Frente para la Victoria, que según quién lo cuente viene a la par del Movimiento Popular Neuquino, o un poco más atrás, o un poquitito más adelante, se prepara para dar batalla hasta el último voto. Su militancia se da aliento y se organiza por Whatsapp. Circula un mensaje en el que llama a convencer a los últimos indecisos y advierte que el 26-A habrá que estar alertas: reparten una especie de manual de ayuda para enfrentar a los aguerridos fiscales del MPN. “Si en un sobre aparecen dos colectoras de Rioseco, sólo se anula diputados pero gobernador es válido. En Zapala nos querían dar inválido Soledad Martínez cuando ponían dos colectoras. Si se pone pesado el cierre de cada mesa por este motivo, recurran el voto”, dice uno de los puntos. La militancia trabaja, la dirigencia anuncia más visitas de referentes nacionales del kirchnerismo, gestiona una foto de Ramón Rioseco con la presidenta Cristina Fernández, refuerza su campaña en el oeste de la capital neuquina. ¿Cuándo brotó esta confianza donde hasta hace poco campeaba apenas la moderada ilusión de un batacazo? Los operadores dan dos respuestas: Zapala y los mineros. En Zapala, el MPN (Sapag en realidad, como director de orquesta de la campaña) se jugó a fondo y perdió. Es cierto, tuvo muchos más votos que en el 2011 y, partido contra partido, resultó el más votado. La cuestión es que su candidato no será intendente, por más que se lo quiera rodear de atenuantes. Dentro del partido provincial dicen que la apuesta a todo o nada en Zapala fue un capricho personal de Sapag que nadie se atrevió a contradecir. Ahora se lamentan y piensan que semejante derroche se vuelve en contra y más aún: que de haber ganado habría sido una victoria a lo Pirro. Un triunfo del aparato, no de la política. La cuestión de los mineros de Andacollo Gold se contabiliza en la oposición como otro error político. Cuando los trabajadores salieron a la ruta (lo cual ocurrió apenas Mariano Mansilla asumió como su representante legal), Sapag le puso nombre y apellido al corte de ruta: Ramón Rioseco. También postergó para después de las elecciones cualquier posibilidad de solución. Enseguida retrocedió. Hasta sus propios afiliados en la zona norte le advirtieron que la causa de los mineros contaba con consenso. Quizá no fue “una pueblada” como proclamó Mansilla (candidato a diputado por una colectora del FpV), pero tampoco había masivo repudio, pese a los trastornos que ocasionaba la medida a los habitantes de Chos Malal. Como efecto colateral de los dichos de Sapag, el nombre de Rioseco empezó a sonar en el norte neuquino. Se atribuye a Elías Sapag la frase “hablen de nosotros, hablen aunque sea bien”. La propaganda gratuita fue bien recibida por el candidato kirchnerista, cuyo pasado piquetero está ahí y le juega como una medalla o como un lastre. Sapag aceptó (¿promovió?) la mediación del obispo Bressanelli, mandó a sus ministros a negociar mano a mano con los mineros (¿no lo iba a dejar para después del 26?) y terminó concediéndoles más de lo que pedían. Retroceder un casillero a tiempo vale más que ser tozudo cuando el contexto se vuelve desfavorable: estaban empezando a circular muchas preguntas sobre el contrato entre Cormine y la empresa que explota la mina de oro, se metió Zaffaroni, asoma una demanda penal… Demasiados elementos fuera de control del gobernador con las elecciones tan cerca. En la conversación para entrar al podio figura también Horacio Quiroga, el candidato de Macri en la provincia. Justo el mismo domingo hay primarias en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y otro apadrinado por el empresario, Horacio Rodríguez Larreta, se la juega frente a Gabriela Michetti. La cuenta que sacan los operadores políticos es que del total de votos que se volcarán en las urnas, el 20% irá a partidos que no alcanzan representación o a lo sumo consiguen una banca, más los blancos y nulos. Del 80% restante, el MPN tiene una base que supera el 30%. Y el 50% que queda se divide entre dos candidatos: Rioseco y Quiroga. Es la traducción del “divide y reinarás”. La cuenta parece sencilla. Pero como dice el mismo Sapag, los partidos hay que jugarlos.
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