El arte en una edad mercantil
JAMES NEILSON
Hace un par de días, un coleccionista con toda seguridad riquísimo compró en una subasta un cuadro de Pablo Picasso por 179 millones de dólares estadounidenses. Aún no sabemos la identidad del nuevo dueño de “Las mujeres de Argel”, pero nadie cree que se haya tratado de un amante de la pintura que se sentía tan fascinado por las cualidades estéticas de la obra que no vaciló en gastar una fortuna por el derecho a colgarla en su living. Puede que se equivoquen quienes apuestan a que es un oligarca chino, árabe o ruso a quien no le importa un bledo el arte occidental de mediados del siglo pasado o un especulador financiero que, luego de esconder el cuadro en una bóveda bien protegida, lo venderá por algunos millones más, pero es probable que acierten. En el mundo actual, las obras de arte mejor cotizadas suelen terminar en manos de inversionistas que están más interesados en la ley de la oferta y la demanda que en cualquier otra cosa. Las obras de un pintor o escultor célebre, preferentemente muerto, valen centenares de millones de dólares no porque a juicio de los compradores son buenas, sino porque son únicas. Sería lógico que tuviera el mismo valor una copia tan fiel que, para distinguirla de la original, hubiera que pedir ayuda a químicos que se han familiarizado con las materias disponibles en ciertos lugares en un tiempo determinado, además de las actividades y la ubicación en dicho momento del presunto creador de la obra, pero para los vinculados con lo que, con franqueza conmovedora llaman “el mercado del arte”, tales ideas son heréticas. Desde su punto de vista, sería catastrófico que sus clientes subordinaran todo a valores estéticos para entonces conformarse con copias bien hechas. Su negocio se desplomaría. Es por este motivo que los mercaderes del arte temen tanto a los falsificadores, sobre todo a los más hábiles. Aunque sus productos sean tan valiosos en términos artísticos como los originales –al fin y al cabo no es fácil saber la diferencia–, asustan a quienes sólo comprarían un cuadro que, en opinión de sus asesores, tarde o temprano les aportará una ganancia respetable. Temen aún más, si cabe, a aquellos críticos de arte de ánimo subversivo que, de ocurrírseles, podrían desprestigiar a pintores contemporáneos que por algún que otro motivo están de moda y por lo tanto les han resultado interesantes. Puesto que hay tanto dinero en juego, extrañaría que inversores multimillonarios inescrupulosos no cayeran en la tentación de comprar los servicios de críticos considerados influyentes para que los ayudaran a hacer subir las acciones de aquellos pintores cuyas obras han incluido en su cartera y de procurar perjudicar, por los medios que fueran, a quienes se resisten a tratarlos con la veneración debida. Al convertirse el arte en una alternativa promisoria a la especulación bursátil, son cada vez más los museos y galerías que nunca tendrán posibilidad alguna de conseguir obras bien conocidas. El problema se resolvería enseguida si se consolidara un consenso a favor de anteponer los valores estéticos a los meramente comerciales, ya que en tal caso una galería llena de réplicas perfectas sería más que suficiente para satisfacer a los auténticamente apasionados por la pintura, pero las presiones en contra de tal solución son tan fuertes que el público se supondría engañado por farsantes y boicotearía la exposición. Mientras no cambien las actitudes de la mayoría, empero, las obras más admiradas se concentrarán en las ciudades más ricas de los países prósperos o, en muchos casos, aguardarán en bóvedas la próxima gran subasta que se organice en lugares frecuentados por multimillonarios como Nueva York, Londres, París y Shanghai. Puede que aún haya algunos plutócratas que, como sucedía en Estados Unidos hace un siglo, gasten cantidades astronómicas de dinero en museos públicos para que otros sin recursos económicos puedan disfrutar en pie de igualdad de obras presuntamente maestras, pero parecería que la gran tradición así supuesta pertenece al pasado. Por razones que no son muy claras, la nueva estirpe de coleccionistas, mejor dicho, de inversionistas, no se siente obligada a compartir lo suyo con los demás. Si realmente quisieran el arte, estarían subsidiando a aquellas instituciones que se dedican a difundirlo pero, por ser a su entender una cuestión de negocios, muchos prefieren mantener al público bien alejado de lo que, después de todo, es su propiedad personal. De tener razón aquellos pesimistas que reaccionaron con disgusto frente a la venta por un monto récord de “Las mujeres de Argel” y otras obras que el lunes pasado fueron rematadas en Christie’s, los cuadros y esculturas que cambiaron de manos no serán vistos nuevamente en los próximos años por nadie salvo los felices compradores, sus allegados y sus guardaespaldas. A diferencia de la pintura y la escultura, otras modalidades artísticas como las que nos dan la música y la literatura no se prestan tan fácilmente a la monetización porque sus productos, por llamarlos así, son inmateriales. Es una suerte; en caso contrario, una minoría de individuos adinerados se las arreglaría para atesorarlos, manteniéndolos ocultos para que no los escucharan o leyeran los demás. Aunque muchos músicos y escritores protestan con vehemencia contra la difusión a menudo gratuita de sus obras a través de internet, lo que es razonable porque los ingresos personales de la mayoría dependen de ellas, sus esfuerzos en tal sentido no han sido exitosos. Mal que les pese, a pocos les molesta que un concierto grabado no sea “un original” o que un poema, novela o ensayo no vengan acompañados por las huellas dactilares del autor. ¿Valen menos una sinfonía de Mozart o un soneto de Shakespeare que un cuadro de Picasso, Francis Bacon u otro artista gráfico cuyas obras nos costarían vaya a saber cuántos millones de dólares, euros o yuanes? De tener el mercado la palabra final, una obra de Picasso que, según los especialistas, no se encuentra entre las más destacadas de los miles que fueron hechas por el incansable andaluz, es mucho más valiosa que toda la literatura dejada por el mundo clásico más buena parte de la escrita antes de inicios del siglo pasado, que pronto podrán bajarse a un laptop o tableta sin gastar un solo centavo pero, para parafrasear a Oscar Wilde, a esta altura es evidente que, si bien el mercado puede conocer el precio de todo, en el fondo no conoce el valor de nada.
SEGÚN LO VEO
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