La protección de los sujetos vulnerables
TRABAJO SOCIAL
Algunas personas nos denominan “una mano amiga”, esa que los ayuda en momentos de dificultad. Otros dicen que los trabajadores sociales somos quienes detectamos recursos y potencialidades allí donde nadie más los ve. En otras ocasiones se nos considera capaces de transformar realidades aun sin disponer de los medios que se requieren para ello. También se nos atribuye el poder de separar a los hijos de sus progenitores, de impedir revinculaciones entre hijos y padres o de denegar algún beneficio solicitado.
Frente a dichas percepciones, es importante aclarar que el accionar del trabajador social se centra en las personas y sus derechos esenciales, procurando en muchos casos el desarrollo sustentable de las comunidades.
Habitualmente los trabajadores sociales estamos solos frente a la persona que busca una respuesta a sus dificultades, y muy eventualmente contamos con el respaldo de políticas sociales adecuadas a las necesidades actuales.
El trabajador social y su capacidad de escucha
Los trabajadores sociales tenemos formación académica y vasta experiencia en escuchar a personas cuyas problemáticas, generalmente, son complejas.
Este trabajo cotidiano requiere predisposición e interés hacia el otro, quien en el espacio de entrevista realiza la catarsis de sus problemas y por momentos sus emociones se tornan ambivalentes.
Las dificultades que padecen suelen estar vinculadas a las relaciones interpersonales, como así también a la situación económica, laboral, de salud, entre otros aspectos.
La mayoría de las personas se perciben defraudadas, traicionadas, con un deterioro importante en los vínculos. En algunos conflictos, los hijos se convierten en moneda de cambio o botín de guerra.
Suele ocurrir que, por la percepción distorsionada que las personas tienen de los hechos o en el intento por manipular a su favor a los profesionales que intervenimos, relaten en la instancia de entrevista una versión diferente a la realidad que han vivenciado.
En otras ocasiones se muestran reticentes a dar la información que se les solicita e incluso cuestionan por qué se interviene con ellos y no con los demás. Les resulta difícil entender que con nuestro accionar los empoderamos y nos transformamos en voceros de quien no tiene recursos para expresarse.
Abstraído del entorno
Tenía 16 años cuando fue derivado a una institución para jóvenes en conflicto con la ley. Previamente estuvo demorado en una comisaría durante algunos días hasta que se ordenó su internación. Fue trasladado en un patrullero y se dispuso custodia policial durante las 24 horas porque se lo consideraba peligroso. Estaba acusado de cometer un delito grave. Intentamos hablar con él pero no nos respondía: se mantenía impasible y miraba el espacio vacío como si no estuviéramos allí. Analizamos su postura corporal, interpretamos su silencio y por fuentes secundarias conocimos su historia. Entendimos que la situación en la que estaba involucrado también era traumática para él. Concluimos que el proceso de intervención sería lento, pausado y que debíamos poner en práctica toda nuestra creatividad y conocimientos para llegar allí donde él estaba: perdido en sus pensamientos.
“Le dieron el tabacazo”
Las profundas arrugas que surcaban su rostro hacían pensar que sobrepasaba los 90 años. Sin embargo, hacía poco que había cumplido los 70. Su voz tenía la tonada típica de las personas de campo. No sabía el nombre del que había sido su marido y padre de sus hijos. Sólo conocía su apellido. Doña Tránsito vivía sola en la periferia de una localidad del Valle de Río Negro. Su hijo se encontraba en un establecimiento penal por un hecho ocurrido hacía varios años. Durante las primeras salidas transitorias que él tuvo no se produjeron inconvenientes. Sin embargo, en una de ellas, él intentó matarla. “El Juan no puede tomar alcohol. Se vuelve loco cuando lo hace. El vecino le dio un trago de vino aunque yo le dije que no. Yo le dije: ‘¿Para qué le das? Es que cuando era joven le dieron el tabacazo’”. Explicó que hacía muchos años una vecina que no la quería le hizo “un daño” a su hijo: le dio a tomar alcohol mezclado con tabaco. “Desde esa vez quedó loco”, expresaba con vehemencia.
“No puedo parar de drogarme”
Le temblaban mucho las manos y las piernas; no podía dejar de moverlas ni permanecer quieta en la silla. Era una joven de 18 años. “Yo robo porque no puedo parar de drogarme. Uso de todo; no puedo parar. Ni me doy cuenta de lo que hago. La última vez me desperté en la comisaría; allí me dijeron lo que había hecho”, explicó. Los profesionales que intervinieron previamente en la situación nunca habían hablado con ella; lo hacían siempre con la madre. Dijo que era la primera vez que era escuchada.
“Quiero la tutela de mi sobrina”
Aunque tenía 35 años, Inés estaba deteriorada. Era madre de tres hijos nacidos de diferentes parejas con las que nunca convivió. Tenía un empleo precario e inestable. Con sus escasos ingresos intentaba afrontar los gastos de la vida cotidiana. Inés era VIH positivo y no estaba haciendo el tratamiento respectivo. Continuaba manteniendo relaciones sexuales con parejas ocasionales sin utilizar preservativos. Diseminaba el virus y no sentía culpa por contagiar a otros ni temor a la reinfección. Su hermana había muerto a consecuencia de un hecho de violencia; por consiguiente, su pequeña hija había quedado huérfana. Inés manifestaba que haría el trámite respectivo para ser la tutora de su sobrina. Lo que no decía era que el interés respecto de su sobrina era meramente económico: cuidar de ella le permitiría percibir la asignación universal por hijo.
Ética e intervención profesional
La ética refiere a un quehacer responsable debido a que nuestras acciones impactan en el otro. Implica, entre varios aspectos, el reconocimiento de la dignidad de la persona y entender que cada sujeto merece una atención particular y específica. Cada situación es diferente por lo que no debe ser tratada de manera estandarizada.
El objetivo de la intervención profesional es lograr una mejor calidad de vida en los destinatarios de la misma y restituir derechos a aquellos individuos en los que se observa que los mismos han sido vulnerados. Ello implica poner al servicio de las personas hacia las cuales se dirige nuestra acción toda la competencia especializada que se pueda ofrecer.
La ética y la intervención profesional necesariamente deben estar vinculadas al momento de establecer un encuadre de trabajo que guíe el accionar del trabajador social.
Dicho accionar debe respetar la autonomía de las personas en la toma de decisiones y el ejercicio de sus derechos. No obstante, si tales decisiones atentan contra las normas jurídicas o contra su propio bienestar, es necesario informar al organismo correspondiente y en lo posible continuar con la intervención, puesto que es fundamental abordar las causas que los ubican en esa situación.
Articular los postulados éticos del trabajo social con los recursos que se requieren para cada caso permitirá que el proceso sea educativo y por ende transformativo no sólo a nivel individual sino también familiar y comunitario.
PATRICIA SÁNCHEZ Y CARLOS ÑANCULEO
Especialistas en Trabajo Social Forense
PATRICIA SÁNCHEZ Y CARLOS ÑANCULEO
TRABAJO SOCIAL
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