“Globalización e interés nacional”
El planeta cruje en una era de fuerte implicación global, sostenida en la contundencia desaforada del comercio y en otros afanes sectoriales, políticos, corporativos e ideológicos de cuyas buenas intenciones tenemos sobradas razones para dudar. Embretados en una realidad insoslayable, objeto de manipulación en pos de metas y objetivos escasamente conocidos, casi ingenuamente reflexionamos sobre algo que, salvo exóticas minorías en trance de desaparecer, carece de todo interés en la prensa y por ende en la opinión pública: ¿Qué es el interés nacional hoy? Recientemente, el embajador Carlos Ortiz de Rozas abordó el tema conferenciando en la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, confesando su propia dificultad para desbrozar los vericuetos de tal definición y apelando –en un ejercicio histórico– a grandes personalidades (Bismarck, Richellieu, Lord Palmerston, Kissinguer) cuyas oportunas opiniones conceden entidad y trascendencia al asunto, de lo que se infiere no ser cosa menor. De las múltiples y enriquecedoras referencias sobre el asunto, el aserto que sin dudar incorporé fue el extraído de una anécdota de la época universitaria del conferenciante, al recibir del profesor de Derecho Político la siguiente explicación: “La mejor definición de lo que es el interés nacional es el concepto inequívoco que de él tiene un niño inglés de 12 años y que en nuestro país un adulto de 50 excepcionalmente puede tratar de explicar”. Tal explicación, no por ingenua y rudimentaria, carente de profundidad y sabiduría, resulta útil para mensurar el nivel y la tensión de una cultura política. Ser una persona políticamente culta no quiere decir “saberse todo”, sino más bien tener claros algunos principios y valores trascendentes en tanto fundamentos de la vida personal y colectiva de una comunidad, un país, una Nación. Carecer de esas definiciones instrumentales –no tan extensas ni complejas de enumerar– nos pone en situación de inferioridad cultural y política, no exenta de riesgos, en el sentido de la ineptitud personal como operadores y tributarios de un gran proyecto lanzado al futuro preñado de identidad y fortaleza de ánimo, propio de un ente (Argentina) que viva y protagonice la tensión de su deber ser en un sentido universal, cósmico e histórico. No como un paria sin destino, juguete de las circunstancias, sino ejerciendo en plenitud el sello de su identidad verdadera, transfigurado hoy en caricatura voluble, variable y decadente. Nada más a propósito estos pensamientos de Avellaneda al solicitar colaboraciones para la repatriación de los restos de San Martín (5 abril de 1877): “Los pueblos que olvidan sus tradiciones pierden la conciencia de su destino y aquellos que se afirman sobre sus tumbas ‘gloriosas’ son los que mejor preparan el porvenir”. Juan Manuel Castañeda DNI 8.216.126 Roca
Juan Manuel Castañeda, DNI 8.216.126 Roca
El planeta cruje en una era de fuerte implicación global, sostenida en la contundencia desaforada del comercio y en otros afanes sectoriales, políticos, corporativos e ideológicos de cuyas buenas intenciones tenemos sobradas razones para dudar. Embretados en una realidad insoslayable, objeto de manipulación en pos de metas y objetivos escasamente conocidos, casi ingenuamente reflexionamos sobre algo que, salvo exóticas minorías en trance de desaparecer, carece de todo interés en la prensa y por ende en la opinión pública: ¿Qué es el interés nacional hoy? Recientemente, el embajador Carlos Ortiz de Rozas abordó el tema conferenciando en la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, confesando su propia dificultad para desbrozar los vericuetos de tal definición y apelando –en un ejercicio histórico– a grandes personalidades (Bismarck, Richellieu, Lord Palmerston, Kissinguer) cuyas oportunas opiniones conceden entidad y trascendencia al asunto, de lo que se infiere no ser cosa menor. De las múltiples y enriquecedoras referencias sobre el asunto, el aserto que sin dudar incorporé fue el extraído de una anécdota de la época universitaria del conferenciante, al recibir del profesor de Derecho Político la siguiente explicación: “La mejor definición de lo que es el interés nacional es el concepto inequívoco que de él tiene un niño inglés de 12 años y que en nuestro país un adulto de 50 excepcionalmente puede tratar de explicar”. Tal explicación, no por ingenua y rudimentaria, carente de profundidad y sabiduría, resulta útil para mensurar el nivel y la tensión de una cultura política. Ser una persona políticamente culta no quiere decir “saberse todo”, sino más bien tener claros algunos principios y valores trascendentes en tanto fundamentos de la vida personal y colectiva de una comunidad, un país, una Nación. Carecer de esas definiciones instrumentales –no tan extensas ni complejas de enumerar– nos pone en situación de inferioridad cultural y política, no exenta de riesgos, en el sentido de la ineptitud personal como operadores y tributarios de un gran proyecto lanzado al futuro preñado de identidad y fortaleza de ánimo, propio de un ente (Argentina) que viva y protagonice la tensión de su deber ser en un sentido universal, cósmico e histórico. No como un paria sin destino, juguete de las circunstancias, sino ejerciendo en plenitud el sello de su identidad verdadera, transfigurado hoy en caricatura voluble, variable y decadente. Nada más a propósito estos pensamientos de Avellaneda al solicitar colaboraciones para la repatriación de los restos de San Martín (5 abril de 1877): “Los pueblos que olvidan sus tradiciones pierden la conciencia de su destino y aquellos que se afirman sobre sus tumbas ‘gloriosas’ son los que mejor preparan el porvenir”. Juan Manuel Castañeda DNI 8.216.126 Roca
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