En el camino – El Diego

Mis padres dicen que de Nápoles se sabía poco en el mundo. Ellos viajaban mucho y, fuera de Europa, raramente alguien reaccionaba al enterarse de su ciudad de origen.

Redacción

Por Redacción

Reflexiones, pensamientos, anécdotas y sueños sobre viajar

Las cosas cambiaron en los ‘80, cuando Diego Maradona llegó al Napoli y el equipo empezó a conquistar títulos que nunca había ganado.. Pero para mis padres fue la peor manera de que su ciudad saliera del anonimato: ellos odian el fútbol.

Así, la nueva fama de Nápoles se convirtió en un fastidio en los viajes. Mientras atravesaban un puente sobre el Río Níger en Mopti, un pueblo de Mali, se cruzaron a un niño con la camiseta celeste del Napoli, con el número 10 y el nombre de Maradona en la espalda. “Me volví loco”, recuerda mi padre, uno de los dos napolitanos que no se fanatizan con el deporte más famoso del mundo (el otro era mi abuelo materno).

Esa vez ni se acercaron a hablar con el niño, por lo que nunca sabré si se trataba de un hincha, o si era lo único que tenía para ponerse. Es que hace poco escuché en NPR, la radio pública americana, que las camisetas que se dejan por beneficencia en Estados Unidos y Europa luego se envían en su mayoría a pueblos de África.

Mis padres estaban demasiado frustrados para tener esa inquietud. “Me enojé un montón”, insiste mi mamá, una enamorada del pasado glorioso de nuestra ciudad.

En algún momento del 1700 Nápoles, gran puerto del Mediterráneo, fue la tercera urbe del mundo, después de Paris y Londres, por población. También tiene una larga historia cultural y fue famosa por la ópera. “Pero todos nos conocían solo por ese futbolista”, se queja ella.

El niño de Mopti fue el primero de varios. En Costa de Marfil otro pequeño se entusiasmó al enterarse de donde eran mis padres y empezó a gritar: “¡Viva Napoli! ¡Viva Maradona!”.

En lo personal, no me tocaron tantas asociaciones futbolísticas. En 1999 me fui a estudiar en Escocia, y para entonces “el Diego” ya era otro párrafo de nuestro pasado. En Saint Andrews me preguntaban por el helado napolitano, hecho con chocolate, vainilla y fresa. Pero en Nápoles no existe, al igual que no existen las milanesas napolitanas que se venden en Argentina. Lo preocupante era cuando la gente me preguntaba si mi papá trabajaba en la mafia. Les divertía -a ellos, no a mi- la idea de que pudiera ser una especie de Don Corleone. Ahí me di cuenta de que hay asociaciones inocuas y otras que no lo son.

Desde hace más de un año que voy seguido a Buenos Aires. Y descubro que Nápoles-Maradona es un salvavidas que sigue funcionando en Argentina. Así que si en un momento la conversación ya no va para ningún lado, ahí es la oportunidad de sacar “al Diego” en la charla, para que todo siga.

Irene Caselli

irenecaselli@gmail.com

Periodista italiana

@irenecaselli


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