Refugiados: la esperanza ahogada
Daniel Muchnik (*)
Hubo que esperar la patética, conmovedora e impactante muerte del niño Aylan Kurdi en las aguas que bordean a la Turquía mediterránea para que la humanidad tomara conciencia del drama de los refugiados? En este suceso no hubo responsabilidad de los padres. Una fiebre desesperanzada, angustiada, sofocante, llevó a la familia de Aylan a embarcar con vértigo hacia Occidente. Por los únicos medios que tenían a su alcance. El oleaje vapuleó el bote y terminó con la vida de la mayoría que intentaba aferrarse a él. El dilema de los refugiados que intentan amparo en Europa y más allá también no es actual, data de hace tiempo y tiene muchísimos orígenes. El Mediterráneo, convertido en una enorme tumba, se venía cubriendo de gente sin rumbo que escapaba del África subsahariana, región dominada por la intensa pobreza, bajo el dominio de jefes políticos eternos y corruptos que gozan del poder desde hace décadas y someten a sus poblaciones a una vida sin destino. Otros son corridos por los servicios policiales y el único destino que les espera es la tortura y la muerte. No hay futuro posible en esa región del mundo habitada por población de gente con la piel negra. Corridos por el hambre, la falta de trabajo, las enfermedades que dejan huella y matan sin contemplaciones. Indudablemente, los responsables son los jefes de Estado de esos países africanos. A los que Occidente protege y mima cuando logra extraer de esas tierras petróleo, piedras preciosas, minerales valiosos. Las relaciones diplomáticas con esos caciques políticos que no saben lo que es un sistema democrático son en muchísimos casos óptimas desde Europa y Estados Unidos, que aprovechan para hacer negocios a la inversa: les proveen armamento, les enseñan a la policía y a las fuerzas armadas a reprimir las protestas. Los que escapan van trepando hacia el norte por inmensos territorios y llegan a puertos especiales del sur del Mediterráneo con los deseos de cruzar rumbo a Italia o España o cualquier cosa que sea tierra firme pero que forme parte de Europa, el sueño consagratorio de una vida mejor. Y caen con facilidad en manos de grupos mafiosos que cobran enorme cantidad de dinero para cruzarlos en barcos desvencijados que ante el menor movimiento se dan vuelta. Esos mafiosos forman parte, por ejemplo, de los grupos guerrilleros sueltos y anarquizados que se adueñaron del norte de la ex-Libia de Gaddafi. Occidente se asombra que las embarcaciones tengan accidentes y aparezcan cadáveres por doquier en el mar. Pero nada hace para combatir a esos negociantes mafiosos, ocultos detrás de inventadas y frágiles ideologías. Se les podría cortar el chorro de sus ganancias de la misma manera que terminaron con los piratas que asaltaban barcos en el océano Índico en combinación con bancos de Medio Oriente y abogados londinenses. Pero, además, Occidente no ha encontrado criterios compartidos para tratar el tema inmigratorio, darle una salida honrosa, orientar y reubicar a los sacrificados navegantes. Francia y Alemania procuran imponer una política común, pero sin suerte. Aunque con un criterio hipócrita por parte de Francia que los echa y los vapulea. El Partido Socialista en el poder no termina de resolver nada, condicionado seguramente por los discursos y las movilizaciones de los nacionalistas de Le Pen. Alemania es más condescendiente, pero llegar hasta allí es un largo y espinoso camino. En Europa hay criterios contrapuestos entre las naciones que forman parte del Mercado Común o quieren integrarlo. Griegos, serbios y macedonios son tolerantes con la multitud de sirios que escapan de una guerra que lleva años y ya ha producido 250.000 muertes. Los húngaros no son concesivos. Y pretenden levantar un muro que contenga a los que tan sólo quieren cruzar su territorio en tren o a pie para seguir hacia el norte. Los sirios, iraquíes y afganos ya perdieron la brújula. No saben hacia dónde y de qué manera fugarse con los suyos. Sus vidas transcurren entre balazos, cañonazos y sorpresivos ataques aéreos. Sus casas están destruidas (gran parte de Siria está hecha añicos), no tienen dónde vivir en paz. Todo ello también es responsabilidad de Occidente. El norte de Europa no quiso intervenir Siria para proteger a los rebeldes o para posibilitar la paz por temor a dañar a Al Assad, el dictador supremo que no ha escatimado en tirar gases venenosos en distintos puntos del país. Y no afectan al máximo poder por temor a Moscú y Pekín, aliados de Al Assad. Moscú tiene una base naval con equipamiento militar de última generación en Siria, su único puerto en el Mediterráneo, lugar estratégico si los hay. Y China ha vivido desde siempre en alianza con el régimen sirio. Con los años la resistencia contra Al Assad se fragmentó. Fueron achicándose los grupos politizados y creció el número de religiosos, que terminaron consolidando Estado Islámico, el que pretende recrear un califato y está más que instalado en Irak, donde no surge la manera de expulsarlo. Ahora la intervención de Estados Unidos, de Turquía o de Arabia Saudita con bombardeos en las filas de EI sirve de poco. No lo alejan, no hay manera, por el momento, de doblegarlo ni de apartarlo de sus actos de crueldad absoluta. Bien se sabe, parte de las fuerzas del califato están bajo el mando de ex-jefes militares iraquíes, que no perdonan la invasión norteamericana. ¿No hay vastísimos territorios en el mundo donde alojar y darles destino a los millares de refugiados del terror, del hambre o de la destrucción y la crueldad? ¿Dejará el mundo que se arregle tan sólo una parte de Europa en este nuevo período de locura asesina de la humanidad? (*) Escritor. Periodista
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