Una odisea sobre ruedas
Volvimos a subirnos a las bicis para salir de los esteros del Iberá sin saber que nos esperaba la parte más difícil del viaje: un tedioso camino de arena, tierra y barro que nos entretuvo hasta las lágrimas durante 80 km.
Suple Voy
lavidadeviaje@gmail.com
¡8 km en una hora! Por más que intentemos pedalear más rápido, es imposible. La arena empapada por las últimas lluvias intensas en el centro de Corrientes entierra nuestras bicicletas de tal forma que no hay nada para hacer más que cultivar la paciencia. Salimos de los esteros del Iberá con una advertencia camuflada en anécdota: una camioneta 4×4 con cubiertas pantaneras tardó seis horas en hacer los 140 km de Ruta Provincial 40 desde colonia Carlos Pellegrini hasta el cruce con la Ruta Nacional 14. No tenemos otra opción que intentar salir por ese camino porque de lo contrario debemos retroceder otra vez hacia Mercedes. Mapa en mano recordamos uno de los mandamientos que rige la vida de los cicloviajeros: “nunca retrocederás” y con eso mente, partimos. Agotamos nuestros ojos intentando encontrar una huella por donde andar. El camino, lejos de ser atractivo, se vuelve un sendero cerrado donde la laguna Iberá ni siquiera se alcanza a ver. Es la arena y nosotros, nosotros y la arena. El objetivo ideal del día es hacer 50 km hasta Puesto Pocho, pero desistimos cuando nos damos cuenta de que son las cinco de la tarde y que con toda la suerte del mundo logramos hacer solo 27 miserables kilómetros. La arena mojada, poco a poco, se convierte en tierra arcillosa con pozos de agua que nos hacen disminuir la velocidad a 7 km/h. Más que pedalear, caminamos. Vemos una estancia a pocos metros de distancia y decidimos que lo mejor es descansar en un lugar seguro. Les hacemos señas a los peones para que se acerquen a la tranquera y, con el termo bajo el brazo, nos dejan pasar. La noche llega con lluvia: mal augurio para los próximos kilómetros. Otro día para el olvido “Quédense tranquilos que después de esa curva el camino se vuelve tierra firme”, nos dice el peón. Confiamos: él vive acá, él sabe el camino, él no se puede equivocar. Pero se equivocó. El bendito camino se vuelve más barroso que el día anterior y las bicis pesan más que ayer. Los pozos de agua son depresivos. Nuestras piernas no saben si reír o llorar y nosotros ya estamos entregados a este camino. Andrés arrastra su carrito remolque a velocidad babosa. Lo miro y sin pensarlo, le grito: “¿Y si cortamos con tanta aventura y hacemos dedo?”. Me rehúso a seguir no-pedaleando en estas condiciones, pero cuando miro para atrás, tomo conciencia de que no vi pasar ninguna camioneta ni ayer ni hoy. Conversamos y llegamos a un acuerdo: cuando encontremos un lugar no inundado para armar la carpa, frenamos. Pedaleamos cinco horas y llegamos a los 39 km. Al costado de la ruta hay tantos humedales que cuando vemos una estancia sin candado en su tranquera, no lo dudamos. Acampamos sobre un colchón de pasto verde sin permiso porque la casa está a unos 3 km de distancia y no tenemos intenciones de pedalear de más. A la noche llueve otra vez y tenemos la sensación de que nos vamos inundar. Por suerte, no todo lo que uno piensa se convierte en realidad. Basta Esto se convirtió en una película de suspenso de la cual no podemos salir. El objetivo ideal e imposible del día son 64 km hasta una estación de servicio sobre la Ruta Nacional 14. Me pregunto por qué seguimos poniendo metas si sabemos que son inalcanzables. Pedaleamos unos metros y de pronto el camino se convierte en un no-camino. La cortina de pinos a la izquierda de la ruta impide que el sol seque el terreno, con lo cual no podemos hacer otra cosa que arrastrar la bicicleta. Nuestras piernas se embarran hasta las rodillas. El carrito se ahoga cuando Andrés cruza un charco convertido en laguna. Deseo por un segundo viajar en combi y me repito un mantra: “Esto en algún momento se va a terminar, esto en algún momento se va a terminar…”. Una vez que finalizan los pinos altos comienza la tierra firme, pero aún no cantamos victoria porque quedan 54 km para salir a la Ruta Nacional 14. Cruzamos un puente y notamos que el río está crecido en exceso. Frenamos a un costado para limpiar las bicicletas que están cubiertas de barro y una camioneta que nunca escuchamos venir, aminora la marcha cuando nos ve. “¿Qué hacen acá chicos? El río está desbordado y hace unos días arrastró un auto. ¿Quieren que los acerque? Los llevo hasta Santo Tomé”. Colorín colorado, ¡este camino de terror ha terminado!
Cuidado: terreno resbaladizo.
No tenemos otra opción que intentar salir por ese camino porque de lo contrario debemos retroceder otra vez hacia Mercedes. Mapa en mano recordamos uno de los mandamientos que rige la vida de los cicloviajeros: “nunca retrocederás” y con eso mente, partimos. Agotamos nuestros ojos intentando encontrar una huella por donde andar. El camino, lejos de ser atractivo, se vuelve un sendero cerrado donde la laguna Iberá ni siquiera se alcanza a ver. Es la arena y nosotros, nosotros y la arena. El objetivo ideal del día es hacer 50 km hasta Puesto Pocho, pero desistimos cuando nos damos cuenta de que son las cinco de la tarde y que con toda la suerte del mundo logramos hacer solo 27 miserables kilómetros. La arena mojada, poco a poco, se convierte en tierra arcillosa con pozos de agua que nos hacen disminuir la velocidad a 7 km/h.
Más que pedalear, caminamos. Vemos una estancia a pocos metros de distancia y decidimos que lo mejor es descansar en un lugar seguro. Les hacemos señas a los peones para que se acerquen a la tranquera y, con el termo bajo el brazo, nos dejan pasar. La noche llega con lluvia: mal augurio para los próximos kilómetros. Otro día para el olvido “Quédense tranquilos que después de esa curva el camino se vuelve tierra firme”, nos dice el peón. Confiamos: él vive acá, él sabe el camino, él no se puede equivocar. Pero se equivocó. El bendito camino se vuelve más barroso que el día anterior y las bicis pesan más que ayer. Los pozos de agua son depresivos. Nuestras piernas no saben si reír o llorar y nosotros ya estamos entregados a este camino. Andrés arrastra su carrito remolque a velocidad babosa.
¡Más que piernas se necesita cabeza! Abajo: la vista desde arriba; ñaú, el barro arcilloso correntino, y la merienda.
Lo miro y sin pensarlo, le grito: “¿Y si cortamos con tanta aventura y hacemos dedo?”. Me rehúso a seguir no-pedaleando en estas condiciones, pero cuando miro para atrás, tomo conciencia de que no vi pasar ninguna camioneta ni ayer ni hoy. Conversamos y llegamos a un acuerdo: cuando encontremos un lugar no inundado para armar la carpa, frenamos.
Pedaleamos cinco horas y llegamos a los 39 km. Al costado de la ruta hay tantos humedales que cuando vemos una estancia sin candado en su tranquera, no lo dudamos. Acampamos sobre un colchón de pasto verde sin permiso porque la casa está a unos 3 km de distancia y no tenemos intenciones de pedalear de más. A la noche llueve otra vez y tenemos la sensación de que nos vamos inundar. Por suerte, no todo lo que uno piensa se convierte en realidad. Basta Esto se convirtió en una película de suspenso de la cual no podemos salir. El objetivo ideal e imposible del día son 64 km hasta una estación de servicio sobre la Ruta Nacional 14. Me pregunto por qué seguimos poniendo metas si sabemos que son inalcanzables.
Pedaleamos unos metros y de pronto el camino se convierte en un no-camino. La cortina de pinos a la izquierda de la ruta impide que el sol seque el terreno, con lo cual no podemos hacer otra cosa que arrastrar la bicicleta.
Nuestras piernas se embarran hasta las rodillas. El carrito se ahoga cuando Andrés cruza un charco convertido en laguna. Deseo por un segundo viajar en combi y me repito un mantra: “Esto en algún momento se va a terminar, esto en algún momento se va a terminar…”. Una vez que finalizan los pinos altos comienza la tierra firme, pero aún no cantamos victoria porque quedan 54 km para salir a la Ruta Nacional 14.
Cruzamos un puente y notamos que el río está crecido en exceso. Frenamos a un costado para limpiar las bicicletas que están cubiertas de barro y una camioneta que nunca escuchamos venir, aminora la marcha cuando nos ve. “¿Qué hacen acá chicos? El río está desbordado y hace unos días arrastró un auto. ¿Quieren que los acerque? Los llevo hasta Santo Tomé”. Colorín colorado, ¡este camino de terror ha terminado!
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