Maduro extiende a Chile el “trato fraternal” venezolano
Emilio J. Cárdenas (*)
La condena dictada contra el líder opositor venezolano Leopoldo López no tiene perdón de Dios. Es arbitraria, ilegal y persecutoria. Leopoldo López fue condenado a 14 años de prisión por el delito de “instigación pública”, es decir por animarse a disentir y expresar sus desacuerdos frente a la gente. Una barbaridad. Pese a ello la mayor parte de los países de la región adoptaron su conducta habitual respecto de Venezuela, que es no decir nada, asumiendo el clásico “silencio cómplice” que la historia habrá de juzgar. No todos, sin embargo, adoptaron ese proceder. Entre quienes exteriorizaron su preocupación respecto de Leopoldo López se encuentran Chile, Costa Rica, Paraguay y Perú. Pero señalar los errores del gobierno bolivariano, por graves que ellos sean, tiene siempre un riesgo: recibir la reacción insolente de Venezuela, acusando a quien opina de “intromisión” en los “asuntos internos”. El razonamiento de los fieles a Nicolás Maduro supone admitir que hasta podría generar un genocidio interno y que, pese a ello, nadie tendría derecho a criticar al gobierno venezolano. Grotesco, por donde se lo mire. Tan grotesco como el propio Nicolás Maduro. Chile no se dejó intimidar por la agresividad venezolana y en un comunicado reafirmó que “bajo ningún concepto puede considerarse como una intervención en los asuntos internos una expresión respetuosa sobre los derechos humanos y garantías fundamentales en otro país”. Porque “universalmente se reconoce y valora como una conquista de la humanidad la protección de las libertades básicas como un deber de todos y cada uno de los miembros de la comunidad internacional”. La respuesta no sólo es absolutamente correcta desde el punto de vista técnico sino propia del coraje que Chile exhibe, a diferencia de otros gobiernos de la región. La desvergonzada cancillería venezolana insistió con su recurrencia a la noción de “no intervención”, como cabía esperar. Como violador serial de derechos humanos y libertades civiles y políticas esenciales no tiene otra opción. Ocurre que la sentencia dictada contra Leopoldo López es, en nuestros tiempos, el equivalente al “paredón” de Fidel Castro, a comienzos de su gestión en Cuba. En ambos casos estamos frente a atropellos de lesa humanidad que no pueden condenarse. Ante lo sucedido corresponde solidarizarse con Chile y aplaudir el coraje en la obligación de defender los derechos humanos y libertades civiles conculcados en Venezuela. El régimen dictatorial bolivariano se llena la boca constantemente con alusiones falsas con las que predica “la hermandad entre los latinoamericanos”. Pero su noción de fraternidad no incluye que un hermano le pueda decir a otro, desde el respeto, que se está equivocando, aun cuando las equivocaciones –como las de Venezuela– sean mayúsculas. Con sus dichos y acciones el gobierno de Venezuela está demostrando que ni siquiera un hermano puede intentar corregir sus conductas, por aberrantes que estas fueran. Una vez más, la posición venezolana no resiste el menor análisis. Es vergonzosa. Y, algo más: ¿qué diría Nicolás Maduro si, de pronto, “Pepe” Mujica y Evo Morales llegaran a Caracas para hacer campaña en favor de la oposición con miras a las elecciones del próximo 6 de diciembre, como lo están haciendo ahora en favor de Daniel Scioli en la Argentina? Es fácil de imaginar la respuesta. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas
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