Último tren

Columna semanal

Redacción

Por Redacción

EL DISPARADOR

Desde que la vi supe que éramos la combinación perfecta. La conocí en un curso para abogados sobre negociación y convenios colectivos de trabajo. Fueron tres meses en los que compartíamos una hora y media de clase por semana. En ese tiempo, lo único que estudié fueron sus movimientos -hasta el mínimo detalle- a fin de urdir una estrategia para conquistarla.

Semana a semana la conocía más. Era la última en llegar, mientras el profesor pasaba lista para verificar asistencia. En clase solo cambiábamos comentarios académicos. Cuando ella hablaba, siempre me parecía que decía algo inteligente. Estoy seguro de que un par de veces notó que cruzamos miradas.

Recién al final de la clase charlábamos entre los compañeros, pero ella ya no estaba. Era la primera irse. Le había explicado al profesor que tenía un viaje largo de regreso a su casa y que si no salía cinco minutos antes del final de la clase, se perdía el último tren para volver a Tigre.

El curso era de noche. Llegábamos con la fatiga y el desalineo propio de una jornada laboral. Todos, menos ella, que estaba radiante como si el día recién empezara: peinada, algo maquillada y arreglada para lucir sus curvas firmes. Me encantaba admirar de reojo su escote y, cuando usaba camisa, intentaba escurrir mi mirada entre los botones.

Hasta conté las veces que estornudó durante esos tres meses del curso. Fueron cuatro. Enseguida hurgaba en su cartera y sacaba un pañuelo de papel. Antes de soplarse la nariz observaba a su alrededor, como vigilando que nadie la estuviera viendo. Pero nunca percibió que yo la espiaba sin pausa. Otros compañeros también la miraban. Pero ninguno la deseaba tanto.

Media hora antes del final de la clase, como un ritual, siempre iba al baño y a los tres minutos volvía con retoques de maquillaje. Esos tres minutos eran mi esperanza. Ahí apunté mi estrategia, en la última clase. Fue el único espacio que encontré para abordarla a solas.

Calculé el tiempo y salí del aula dos minutos antes que ella. Pasé frente a la secretaría y me sentó bien que casi no hubiera gente. Abrí la puerta que daba a los baños y me quedé en el pasillo donde se comunicaban el de damas y el de caballeros. Enseguida llegaría ella. Apoyado en la pared, oía mis respiraciones profundas. Fantaseé besarla ahí mismo, desabrocharle la camisa, manosearnos…

El plan no podía fallar. Era más o menos similar al de otras veces: romper el hielo diciéndole, en tono de broma, que si me estaba persiguiendo. Ella se reiría, porque era de reírse hasta cuando el profesor hacía el chiste más absurdo. Le soltaría algún comentario más y, si advertía que no daba para que pasara algo en ese momento, fingiría estar apurado. Le pediría su número de celular, como para mantener un contacto profesional…

Cuando me di cuenta, llevaba ya más de cinco minutos en el pasillo repasando mi estrategia. Decidí volver a clase, pero antes anoté mi celular en una tarjeta personal del trabajo, para dársela antes de que se fuera en busca del último tren. Al entrar al aula, ella no estaba. Tampoco su cartera. No lo podía creer. Quizá por eso entiendo a los que dicen que no hay peor nostalgia que añorar lo que jamás pasó. Fue hace cinco años y aún la extraño.

Juan Ignacio Pereyra pereyrajuanignacio@gmail.com


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