Pájaros
Columna semanal
EL DISPARADOR
El semáforo cambia de amarillo a rojo y no llego a cruzar. Quedo primero, a la espera de que la luz se vuelva a poner verde. Detrás se detienen otros autos. Un Audi descapotable sobrepasa la fila y se detiene a mi derecha. Son dos jóvenes que van con la música alta. No sé qué se dicen entre ellos, pero se ríen a carcajadas. Algo me incomoda.
Vuelvo a mirar hacia delante. El semáforo inicia la cuenta regresiva en 90 segundos. Más atrás, el cielo es una mezcla de distintos tonos de color rosa, rojo y celeste. Atardece fuerte sobre la arboleda del hipódromo de San Isidro. Un día voy a saltar el alambrado –pienso– y me voy a echar en el pasto a mirar cómo los pájaros pasan de una rama a la otra, de un árbol a otro, buscando su lugar. ¿Podré entender el idioma y los códigos de su cantar?
Entre los tilos, fresnos, pinos, olmos, cipreses, nogales y cedros vuelan –me contaron– pájaros carpinteros, calandrias, benteveos, horneros, tordos y zorzales. Así como no son todos iguales, no todos sus sonidos significan lo mismo.
Esta mañana me la pasé leyendo sobre aves. Así me enteré que su vocalización se puede dividir en dos: el canto –más largo y elaborado, vinculados al cortejo y el apareamiento– ; y el reclamo –señal de alarma o peligro, también para comunicar algo y mantener junta la bandada–.
Si reconocemos el canto de un pájaro resulta más sencillo estar atento a lo que está pasando o lo que puede estar por suceder, desde el repiqueteo del pájaro carpintero contra la madera hasta el anuncio de que un ave está por salir de su escondite. O, también, identificar el prólogo de una pelea entre dos machos por una presa –o por una hembra–.
Uno de los artículos que leí explicaba que durante la noche, mientras descansan, los pájaros reproducen mentalmente los sonidos que aprendieron durante el día, algo así como que aprenden a cantar entre sueños. Otra investigación decía que las aves que viven en grandes ciudades desarrollan un cantar más acelerado y más breve que en las zonas rurales.
También descubrí que a mayor cantidad de testosterona en partes del cerebro vinculadas con el cantar del canario macho, mayor es el tiempo que éste dedica a sus cantos; esto confirma que la principal hormona sexual masculina incrementa la motivación animal para cantar y cortejar a las hembras. Eso sí, advierte el estudio, la calidad de las vocalizaciones no mejora.
El conteo del semáforo marca que faltan cinco segundos para que cambie de rojo a verde. Los dos jóvenes del auto de al lado ahora hablan en voz alta. Imagino que deben tener unos 25 años. El conductor lleva una camisa celeste, el acompañante una blanca. De dónde vendrán y a dónde van, me pregunto. Uno dice algo, el otro se ríe. Y viceversa. Trato de entender qué dicen.
Por la senda peatonal cruzan tres mujeres. El semáforo cambia a amarillo. El Audi, amenazante, se mueve hacia delante; muy poco, pero lo suficiente para que las chicas aceleren el paso. “Mirá la negrita, ¿le das? Yo sí, eh”, dice el de camisa celeste, antes de acelerar y perderse por la avenida.
Juan Ignacio Pereyra
EL DISPARADOR
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