Era hora

Cuando yo tenía siete años, Woody Allen me tomó de la mano y me llevó a un ático sombrío, casi un armario, que había en la segunda planta de nuestra casa. Me dijo que me tumbara boca abajo y jugara con el tren eléctrico de mi hermano. Y entonces me agredió sexualmente. No dejó de hablar mientras tanto, de susurrar que era una buena niña y que aquello era un secreto entre los dos, de prometer que íbamos a ir a París y yo iba a ser una estrella en sus películas. Recuerdo mirar fijamente el tren, no perderlo de vista mientras daba vueltas por el ático. Todavía hoy, me resulta difícil contemplar trenes de juguete”.

En febrero de 2014, Dylan Farrow, hija de Allen y Mia Farrow, denunció a su padre por los abusos sufridos durante su infancia. Publicada en el blog de un periodista por “The New York Times” después de que otros medios se negaran a hacerlo, la carta de Dylan puso en marcha la maquinaria de prensa de Woody Allen para desmentir a la víctima. “A una persona poderosa le es muy fácil entorpecer una acusación de abusos sexuales”, decía la carta.

En octubre de 2017 parece un poco más difícil mantener intacto el pacto de silencio e impunidad. Era hora. Los testimonios de actrices, técnicas y secretarias vinculadas al soñado mundo de Hollywood contra el productor Harvey Weinstein han levantado, con un potente soplo de verdad, la basura acumulada en la alfombra roja por años.

Más de cincuenta mujeres del medio pudieron reunir la necesaria valentía para contar cómo fueron atacadas sexualmente por Weinstein; a varias de ellas las hizo callar con sobornos y amenazas. Los actores y productores hombres reconocen que sabían de estos abusos; Quentin Tarantino era uno de ellos. Asociado a Weinstein en inolvidables películas como “Kill Bill”, “Pulp fiction” y “Perros de la calle”, dijo estar arrepentido de no haber actuado en consecuencia: “Si entonces hubiera cumplido con mi obligación, no habría hecho ningún trabajo con él”.

Condecorado, exitoso y rebosante de poder, a esta hora Weinstein ha sido expulsado de la rutilante academia que entrega los Oscar y deberá rendir cuentas en la Justicia. Una investigación periodística de más de un año que, en paralelo, hicieron dos medios neoyorquinos dejó oír las voces de sus víctimas. Ronan Farrow, hermano de Dylan, es autor de una de esas investigaciones. Cuando en el Festival de Cannes se presentó la última película de su padre, estalló de furia porque en la conferencia de prensa nadie le preguntó a Allen por las denuncias que lo incriminan. “No es sólo equivocado, es peligroso. Envía un mensaje a las víctimas y a los agresores: vamos a mirar hacia otro lado”, dijo Ronan Farrow.

Menos rutilante pero no menos tortuoso ha sido el comportamiento del periodista Ari Paluch, despedido del canal donde trabajaba después de conocerse, una tras otra, denuncias de mujeres que padecieron sus abusos. Desde su módica posición de poder, también hizo sufrir a sus compañeras de trabajo, que callaron hasta ahora. Por miedo, vergüenza, necesidad de conservar el empleo, callaron haber sido agredidas en su intimidad. Los abusos, de la naturaleza que sean, son primero de poder. Los abusadores se abalanzan sobre sus presas desde un sitial confortable y seguro, obtenido gracias a la supremacía de su condición de varones en una sociedad que pugna todavía entre la igualdad y la discriminación.

Es reconfortante leer y escuchar a conductores y periodistas dando muestras de solidaridad y respaldo a las denunciantes de Paluch, así como de repudio al denunciado. Para contribuir con estos nuevos aires que tanta lucha han costado, podrían considerar que no haya más “casting sábana”, que las cámaras no se desesperen buscando culos y tetas de sus compañeras, que hagan el ejercicio de escuchar con respeto lo que ellas tienen para decir, que las releven de tareas domésticas en el trabajo, que eviten los viejos y raídos chistes sobre suegras y maridos cornudos, que no sobreactúen su adhesión a “Ni una menos” si están convencidos de que a las mujeres nos gusta que nos digan “por más que esté acompañado de una grosería, qué lindo culo que tenés”, como dijo a una radio Mauricio Macri cuando era jefe de Gobierno de Buenos Aires.

En homenaje al sufrimiento de muchas, pertenezcan o no al glamoroso mundo del cine, y en muestra del orgullo que, como humanos, siempre inspiran las personas honestas y valientes, sería perfecto que, cuando escuchen rumores de abuso, no miren para otro lado.

Todos los abusos son primero de poder. Los abusadores se abalanzan sobre sus presas desde un sitial confortable y seguro.

En homenaje al sufrimiento de muchas, sería perfecto que, cuando escuchen rumores de abuso, no miren para otro lado.

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Todos los abusos son primero de poder. Los abusadores se abalanzan sobre sus presas desde un sitial confortable y seguro.
En homenaje al sufrimiento de muchas, sería perfecto que, cuando escuchen rumores de abuso, no miren para otro lado.


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