El hambre y el campo

Redacción

Por Redacción

Si no fuera por la propensión del gobierno kirchnerista a obstaculizar las exportaciones de productos agrícolas toda vez que aumentan los precios internacionales para impedir que afecten el costo de vida local, el que según la Organización de Agricultura y la Alimentación –la FAO, por sus siglas en inglés– el mundo se enfrente nuevamente a un período de escasez alimentaria sería una buena noticia para nuestro país. Aunque a muchos no les gusta para nada que la Argentina siga siendo un país agroexportador, el cambio de los términos de intercambio que se ha registrado en los años últimos los ha privado del argumento que, durante décadas, les sirvió para minimizar la importancia de la agricultura porque, decían, su capacidad para crear riqueza estaba destinada a reducirse cada vez más en comparación con la de la industria. Sin embargo, la expansión vertiginosa de las economías de países de más de mil millones de habitantes, como China y la India, ha modificado lo que muchos tomaban por una tendencia irreversible. Asimismo, las dificultades que han surgido en otros países exportadores de granos y oleaginosos, en primer lugar Rusia, cuyo gobierno ha prohibido la exportación de trigo a causa de la destrucción provocada por incendios masivos, han tenido un impacto muy fuerte en los mercados internacionales, lo que nos brinda una oportunidad para aprovechar nuestras ventajas comparativas en todo lo vinculado con la producción de alimentos. Como señaló hace un par de años la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, la Argentina “puede ser una multinacional de alimentos” ya que está en “condiciones de producir alimentos para 400 ó 500 millones de personas”. Desde luego, lo que para nosotros podría ser muy beneficioso no lo será en absoluto para quienes viven en países muy pobres, de ahí la preocupación de los técnicos de la FAO. Temen que estemos por ver una repetición de lo que sucedió en el 2008, cuando el aumento del precio del pan desató disturbios violentos en ciudades como El Cairo. La semana pasada, Maputo, la capital de Mozambique, fue escenario de batallas callejeras en que murieron por lo menos diez personas, con centenares de heridos, debido a un aumento repentino del costo de alimentos básicos. Si bien suelen atribuirse los problemas enfrentados por países como Mozambique a los desastres climáticos que ocurren en otras partes del mundo, en el fondo se deben a la ineficiencia típica del subdesarrollo, puesto que se utiliza una proporción muy pequeña de la tierra cultivable. Por fortuna, en este ámbito la Argentina es diferente por ser el campo internacionalmente competitivo. Pues bien, todo hace pensar que en las décadas próximas los países capaces de producir alimentos en abundancia no carecerán de mercados para sus exportaciones, de suerte que convendría que el gobierno se olvidara cuanto antes de la absurda campaña contra el campo. Aun cuando a los Kirchner les resulte imposible superar los prejuicios de origen es de suponer ideológico que los convencieron de que los productores rurales son reaccionarios codiciosos, sus eventuales reemplazantes tendrán que formular una estrategia apropiada para los tiempos que corren, una en que el campo desempeñe un papel protagónico por tratarse de una fuente de divisas casi inagotable. No se trata de abandonar los esfuerzos por crear un sector industrial pujante, aunque es forzoso reconocer que debido a la competencia de otros países “emergentes” lograrlo tenderá a hacerse cada vez más difícil, sino de aceptar que ha llegado la hora de descartar esquemas que acaso resultaban fascinantes en el país de hace medio siglo y disfrutaron de cierta popularidad en los años setenta, ya que las circunstancias internacionales se han modificado radicalmente. Por lo demás, mientras que hasta hace relativamente poco los intentos de promover las exportaciones agrícolas se veían frustrados porque, si bien el mundo reclamaba más alimentos, quienes más los necesitaban no contaban con recursos suficientes como para comprarlos, merced al desarrollo rápido de China, la India y otros países asiáticos, algunos de los cuales se las han arreglado para ahorrar cantidades colosales de dinero, convirtiéndose en potencias financieras muy importantes, éste ha dejado de ser el caso.


Si no fuera por la propensión del gobierno kirchnerista a obstaculizar las exportaciones de productos agrícolas toda vez que aumentan los precios internacionales para impedir que afecten el costo de vida local, el que según la Organización de Agricultura y la Alimentación –la FAO, por sus siglas en inglés– el mundo se enfrente nuevamente a un período de escasez alimentaria sería una buena noticia para nuestro país. Aunque a muchos no les gusta para nada que la Argentina siga siendo un país agroexportador, el cambio de los términos de intercambio que se ha registrado en los años últimos los ha privado del argumento que, durante décadas, les sirvió para minimizar la importancia de la agricultura porque, decían, su capacidad para crear riqueza estaba destinada a reducirse cada vez más en comparación con la de la industria. Sin embargo, la expansión vertiginosa de las economías de países de más de mil millones de habitantes, como China y la India, ha modificado lo que muchos tomaban por una tendencia irreversible. Asimismo, las dificultades que han surgido en otros países exportadores de granos y oleaginosos, en primer lugar Rusia, cuyo gobierno ha prohibido la exportación de trigo a causa de la destrucción provocada por incendios masivos, han tenido un impacto muy fuerte en los mercados internacionales, lo que nos brinda una oportunidad para aprovechar nuestras ventajas comparativas en todo lo vinculado con la producción de alimentos. Como señaló hace un par de años la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, la Argentina “puede ser una multinacional de alimentos” ya que está en “condiciones de producir alimentos para 400 ó 500 millones de personas”. Desde luego, lo que para nosotros podría ser muy beneficioso no lo será en absoluto para quienes viven en países muy pobres, de ahí la preocupación de los técnicos de la FAO. Temen que estemos por ver una repetición de lo que sucedió en el 2008, cuando el aumento del precio del pan desató disturbios violentos en ciudades como El Cairo. La semana pasada, Maputo, la capital de Mozambique, fue escenario de batallas callejeras en que murieron por lo menos diez personas, con centenares de heridos, debido a un aumento repentino del costo de alimentos básicos. Si bien suelen atribuirse los problemas enfrentados por países como Mozambique a los desastres climáticos que ocurren en otras partes del mundo, en el fondo se deben a la ineficiencia típica del subdesarrollo, puesto que se utiliza una proporción muy pequeña de la tierra cultivable. Por fortuna, en este ámbito la Argentina es diferente por ser el campo internacionalmente competitivo. Pues bien, todo hace pensar que en las décadas próximas los países capaces de producir alimentos en abundancia no carecerán de mercados para sus exportaciones, de suerte que convendría que el gobierno se olvidara cuanto antes de la absurda campaña contra el campo. Aun cuando a los Kirchner les resulte imposible superar los prejuicios de origen es de suponer ideológico que los convencieron de que los productores rurales son reaccionarios codiciosos, sus eventuales reemplazantes tendrán que formular una estrategia apropiada para los tiempos que corren, una en que el campo desempeñe un papel protagónico por tratarse de una fuente de divisas casi inagotable. No se trata de abandonar los esfuerzos por crear un sector industrial pujante, aunque es forzoso reconocer que debido a la competencia de otros países “emergentes” lograrlo tenderá a hacerse cada vez más difícil, sino de aceptar que ha llegado la hora de descartar esquemas que acaso resultaban fascinantes en el país de hace medio siglo y disfrutaron de cierta popularidad en los años setenta, ya que las circunstancias internacionales se han modificado radicalmente. Por lo demás, mientras que hasta hace relativamente poco los intentos de promover las exportaciones agrícolas se veían frustrados porque, si bien el mundo reclamaba más alimentos, quienes más los necesitaban no contaban con recursos suficientes como para comprarlos, merced al desarrollo rápido de China, la India y otros países asiáticos, algunos de los cuales se las han arreglado para ahorrar cantidades colosales de dinero, convirtiéndose en potencias financieras muy importantes, éste ha dejado de ser el caso.

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