A Dios gracias

Redacción

Por Redacción

Soy profunda e irreductiblemente ateo. Mi total racionalismo me ha llevado a descreer sistemáticamente de toda cuanta causa sobrenatural o intervención extraña a las leyes de la naturaleza desentrañadas por la ciencia puedan influir en nuestra vida diaria. Desde la transubstanciación a los milagros de la Difunta Correa, desde el vudú a la Trinidad católica. Y, por supuesto, de cuanto demiurgo, demonio, santo o arcángel o manitú de quien se llegare a predicar existencia alguna. A la par de mi acendrada posición, me siento consustanciado con el ideal cristiano y con la doctrina predicada por Jesucristo. Así como orgullosamente niego todo lo sobrenatural, humildemente reconozco la superioridad moral de las enseñanzas con cuyos postulados quisiera identificarme, y ajustar mi conducta en lo posible (ya que somos todos falibles, débiles, no puede haber quien, sin mayúscula soberbia, pretenda ser tomado en serio al sostener no haberse apartado jamás de un patrón de conducta determinado). Voltaire (Francois-Marie Arouet, 1694-1778) sostenía que todos los hombres, de todos los tiempos y de todas las latitudes, veníamos al mundo con una idea de lo justo y de lo injusto, común para todos y previa a cualquier legislación, y que la simple introspección debía permitir al hombre honrado, en un momento, conocer las leyes morales eternas (Savater, Fernando, “Voltaire contra los fanáticos”, ed. 2015, pág. 16/7). No creo que el filósofo iluminista estuviera tan mal rumbeado, si reconocemos que Platón, siglos antes, había sostenido que “buscando el bien de nuestros semejantes, encontramos el nuestro”, y hay antecedentes similares en alguno de los primeros filósofos presocráticos, como Tales de Mileto (625-546 a. C.). La primera regla específicamente moral que tuve en mi vida me la transmitió mi madre: “No hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti”. Esta sencilla consigna contiene en sí una serie de definiciones categóricas: el otro es igual a ti y merece igual trato, hay que respetar al prójimo para que nos respeten, no debe dañarse al prójimo, es decir a nadie…, hay algo aquí acaso que nos traiga a la memoria el postulado de Voltaire. ¿Y no resulta esto precisamente lo que predicó Jesucristo cuando dijo que debíamos amar al prójimo como a nosotros mismos? Aun más allá llegó Jesús, cuando postuló la necesidad de perdonar las ofensas y hasta devolver bien por mal… Personalmente, no dejo de reconocer que son estas dos últimas postulaciones las más difíciles de cumplir para cualquier persona, pero no por difícil niego su validez: sinceramente creo que la conducta moral debida es perdonar las ofensas que se reciben: no sé hasta qué punto sería yo capaz de cumplir estrictamente con esta obligación moral, pero “a priori” sigo creyendo a pies juntillas que es lo mejor. Obviamente la consecuente profundización del precepto debe llevar a la proscripción del odio, la venganza y cuantimás y a reconocer el valor fraternidad como un objetivo más a lograr. Y sigo convencido de que, sobre dicha base, el reconocimiento del prójimo como un igual, sin distinción de sexo, raza, etnia, lenguaje, origen social, orientación sexual, nivel educativo y cuantas más variantes cualitativas podamos imaginar para atribuirlas al otro, tratándolo como un igual, como si fuera la personificación de nosotros mismos, nuestra conciencia puede alcanzar una paz legítima, y se ajusta realmente a lo que predicó Jesucristo. Respetemos para poder sentirnos acreedores de respeto, no causemos daño de obra ni de palabra a nadie (¡ojo! hoy las llamadas “redes sociales” potencian las posibilidades de la injuria, la calumnia y el ludibrio hasta límites antes insospechados, especialmente entre la juventud, ante padres despreocupados que miran el asunto como un “juego de chicos” más). Y creo sinceramente que la doctrina de amor universal y respeto que trasuntan dichas enseñanzas tienen validez y peso suficiente como para fundar un sistema moral general, con las pretensiones de servir de inspiración a una legislación universal, tal la definición formal de ética elaborada por Immanuel Kant (Könisberg, Prusia Oriental –actual Rusia– 1724-1804) en su “Crítica de la razón práctica” (https:// es.wikipedia.org/wiki/crítica_de_la_razón _práctica). Y es aquí donde se separan en forma diametral los senderos de la moral de los religiosos. Estos están basados en lo sobrenatural y exigen a los fieles, a más del reconocimiento de la entidad divina del creador del culto, la creencia en una variada cohorte de santos, vírgenes y milagreros cuya puesta en duda importa para los religiosos el crimen de blasfemia, pagadero con la vida para algunos (recordar lo de “Charlie Hebdo”), y en otros ordenamientos o tiempos menos fanatizados, por lo menos un grave insulto difícil de perdonar. A más, los primeros “mandamientos” de la secta cristiana exigen “santificar las fiestas”, lo que implica no menos que la frecuente concurrencia al templo, con el reconocimiento de la autoridad eminente de los clérigos. Y… ¿qué podemos decir acaso de las frecuentes matanzas dispuestas en nombre de Jesús, por los tales clérigos, y de todos los que mandaron a la hoguera “por pensar distinto”, a más de la organización especial de una institución destinada a la persecución sistemática, tortura incluida, de quienes pensaban distinto? Y ni hablar de los procesos de brujas/os y las consecuentes hogueras, respecto de lo cual los protestantes tampoco se quedaron cortos. Quizá alguno llegue a decir que eso ocurría “en otras épocas”, pero la represión sexual general implementada hace 2.000 años no cesó hasta mediados del siglo XX, cuando la admirable rebelión pacífica de la juventud de Occidente echó por tierra mitos fuertemente arraigados y que pesaron en la libertad de conciencia de generaciones tras generaciones; aun hoy los tímidos intentos del actual pontífice de liberar del “anatema” a los homosexuales encuentran obstáculos entre sus mismos seguidores. La mujer, a su vez, sufrió diversos grados de sometimiento durante esos dos milenios, en el mejor de los casos como “ciudadana de segunda”; incluso hoy muchos autodenominados “cristianos” no avalan la plena emancipación. La religión se atribuye el monopolio de la verdad, y en forma absoluta, sin admitir discusión ni matices; aparte del daño causado a la humanidad (¿hay acaso alguna guerra en la que faltaran clérigos para bendecir los cañones?), las iglesias se han cansado de acumular riquezas materiales y poder (por supuesto, encabezando el ranking sin competencia, el catolicismo). Todo lo que se pueda enumerar sobre la religión es tanto que excede los límites de este trabajo, y va dicho que asumo como propias cuantas críticas falten aún a las Iglesias que se llaman “cristianas”; solamente he de concluirlo rindiendo emocionado homenaje al hombre Jesucristo y sus enseñanzas, su vida y ejemplos que he procurado me inspiren y he tratado de transmitir a mis hijos empezando con aquella sencilla frase: “No hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti”. Creo que el mundo sería muy distinto si todos tomaran en serio este dicho. (*) Exjuez de Cámara Civil

La religión se atribuye el monopolio de la verdad sin admitir discusión ni matices.

Félix Sosa (*)


Soy profunda e irreductiblemente ateo. Mi total racionalismo me ha llevado a descreer sistemáticamente de toda cuanta causa sobrenatural o intervención extraña a las leyes de la naturaleza desentrañadas por la ciencia puedan influir en nuestra vida diaria. Desde la transubstanciación a los milagros de la Difunta Correa, desde el vudú a la Trinidad católica. Y, por supuesto, de cuanto demiurgo, demonio, santo o arcángel o manitú de quien se llegare a predicar existencia alguna. A la par de mi acendrada posición, me siento consustanciado con el ideal cristiano y con la doctrina predicada por Jesucristo. Así como orgullosamente niego todo lo sobrenatural, humildemente reconozco la superioridad moral de las enseñanzas con cuyos postulados quisiera identificarme, y ajustar mi conducta en lo posible (ya que somos todos falibles, débiles, no puede haber quien, sin mayúscula soberbia, pretenda ser tomado en serio al sostener no haberse apartado jamás de un patrón de conducta determinado). Voltaire (Francois-Marie Arouet, 1694-1778) sostenía que todos los hombres, de todos los tiempos y de todas las latitudes, veníamos al mundo con una idea de lo justo y de lo injusto, común para todos y previa a cualquier legislación, y que la simple introspección debía permitir al hombre honrado, en un momento, conocer las leyes morales eternas (Savater, Fernando, “Voltaire contra los fanáticos”, ed. 2015, pág. 16/7). No creo que el filósofo iluminista estuviera tan mal rumbeado, si reconocemos que Platón, siglos antes, había sostenido que “buscando el bien de nuestros semejantes, encontramos el nuestro”, y hay antecedentes similares en alguno de los primeros filósofos presocráticos, como Tales de Mileto (625-546 a. C.). La primera regla específicamente moral que tuve en mi vida me la transmitió mi madre: “No hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti”. Esta sencilla consigna contiene en sí una serie de definiciones categóricas: el otro es igual a ti y merece igual trato, hay que respetar al prójimo para que nos respeten, no debe dañarse al prójimo, es decir a nadie…, hay algo aquí acaso que nos traiga a la memoria el postulado de Voltaire. ¿Y no resulta esto precisamente lo que predicó Jesucristo cuando dijo que debíamos amar al prójimo como a nosotros mismos? Aun más allá llegó Jesús, cuando postuló la necesidad de perdonar las ofensas y hasta devolver bien por mal… Personalmente, no dejo de reconocer que son estas dos últimas postulaciones las más difíciles de cumplir para cualquier persona, pero no por difícil niego su validez: sinceramente creo que la conducta moral debida es perdonar las ofensas que se reciben: no sé hasta qué punto sería yo capaz de cumplir estrictamente con esta obligación moral, pero “a priori” sigo creyendo a pies juntillas que es lo mejor. Obviamente la consecuente profundización del precepto debe llevar a la proscripción del odio, la venganza y cuantimás y a reconocer el valor fraternidad como un objetivo más a lograr. Y sigo convencido de que, sobre dicha base, el reconocimiento del prójimo como un igual, sin distinción de sexo, raza, etnia, lenguaje, origen social, orientación sexual, nivel educativo y cuantas más variantes cualitativas podamos imaginar para atribuirlas al otro, tratándolo como un igual, como si fuera la personificación de nosotros mismos, nuestra conciencia puede alcanzar una paz legítima, y se ajusta realmente a lo que predicó Jesucristo. Respetemos para poder sentirnos acreedores de respeto, no causemos daño de obra ni de palabra a nadie (¡ojo! hoy las llamadas “redes sociales” potencian las posibilidades de la injuria, la calumnia y el ludibrio hasta límites antes insospechados, especialmente entre la juventud, ante padres despreocupados que miran el asunto como un “juego de chicos” más). Y creo sinceramente que la doctrina de amor universal y respeto que trasuntan dichas enseñanzas tienen validez y peso suficiente como para fundar un sistema moral general, con las pretensiones de servir de inspiración a una legislación universal, tal la definición formal de ética elaborada por Immanuel Kant (Könisberg, Prusia Oriental –actual Rusia– 1724-1804) en su “Crítica de la razón práctica” (https:// es.wikipedia.org/wiki/crítica_de_la_razón _práctica). Y es aquí donde se separan en forma diametral los senderos de la moral de los religiosos. Estos están basados en lo sobrenatural y exigen a los fieles, a más del reconocimiento de la entidad divina del creador del culto, la creencia en una variada cohorte de santos, vírgenes y milagreros cuya puesta en duda importa para los religiosos el crimen de blasfemia, pagadero con la vida para algunos (recordar lo de “Charlie Hebdo”), y en otros ordenamientos o tiempos menos fanatizados, por lo menos un grave insulto difícil de perdonar. A más, los primeros “mandamientos” de la secta cristiana exigen “santificar las fiestas”, lo que implica no menos que la frecuente concurrencia al templo, con el reconocimiento de la autoridad eminente de los clérigos. Y… ¿qué podemos decir acaso de las frecuentes matanzas dispuestas en nombre de Jesús, por los tales clérigos, y de todos los que mandaron a la hoguera “por pensar distinto”, a más de la organización especial de una institución destinada a la persecución sistemática, tortura incluida, de quienes pensaban distinto? Y ni hablar de los procesos de brujas/os y las consecuentes hogueras, respecto de lo cual los protestantes tampoco se quedaron cortos. Quizá alguno llegue a decir que eso ocurría “en otras épocas”, pero la represión sexual general implementada hace 2.000 años no cesó hasta mediados del siglo XX, cuando la admirable rebelión pacífica de la juventud de Occidente echó por tierra mitos fuertemente arraigados y que pesaron en la libertad de conciencia de generaciones tras generaciones; aun hoy los tímidos intentos del actual pontífice de liberar del “anatema” a los homosexuales encuentran obstáculos entre sus mismos seguidores. La mujer, a su vez, sufrió diversos grados de sometimiento durante esos dos milenios, en el mejor de los casos como “ciudadana de segunda”; incluso hoy muchos autodenominados “cristianos” no avalan la plena emancipación. La religión se atribuye el monopolio de la verdad, y en forma absoluta, sin admitir discusión ni matices; aparte del daño causado a la humanidad (¿hay acaso alguna guerra en la que faltaran clérigos para bendecir los cañones?), las iglesias se han cansado de acumular riquezas materiales y poder (por supuesto, encabezando el ranking sin competencia, el catolicismo). Todo lo que se pueda enumerar sobre la religión es tanto que excede los límites de este trabajo, y va dicho que asumo como propias cuantas críticas falten aún a las Iglesias que se llaman “cristianas”; solamente he de concluirlo rindiendo emocionado homenaje al hombre Jesucristo y sus enseñanzas, su vida y ejemplos que he procurado me inspiren y he tratado de transmitir a mis hijos empezando con aquella sencilla frase: “No hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti”. Creo que el mundo sería muy distinto si todos tomaran en serio este dicho. (*) Exjuez de Cámara Civil

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