A la caza del dólar blue

Por Redacción

No sólo los economistas sino también los narcotraficantes y vendedores de armas entienden que tratar de impedir que la gente compre un producto determinado hará subir el precio, pero parecería que demasiados funcionarios del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner creen que aquí no rige la ley de la oferta y la demanda. Toda vez que intentan apretar aún más el cepo cambiario anunciando nuevas restricciones, el dólar blue se dispara, como hizo la semana pasada cuando se acercó brevemente a los nueve pesos. Aunque el mercado de divisas libre y, desde luego, ilegal es minúsculo, lo que sucede en él tiene un impacto psicológico muy fuerte, de ahí la confusión que impera en el equipo económico oficial en que cada uno defiende su propio plan sin que nadie sepa cómo coordinar los propuestos por la encargada del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont; el jefe de la AFIP, Ricardo Echegaray; el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, o el viceministro de Economía, Axel Kicillof. Por cierto, el ministro de Economía, Hernán Lorenzino, no está en condiciones de hacerlo, mientras que la presidenta, si bien siempre tiene la palabra final, se ha aferrado hasta ahora a la versión de la realidad económica confeccionada por el Indec, negándose a reconocer, en público por lo menos, que la inflación plantea un problema gravísimo. Según parece, está convencida de que la razón por la que el costo de vida continúa aumentando consiste en la codicia de los empresarios, motivo por el que acaba de amenazarlos con abrir las importaciones con el propósito de castigar a “los monopolios”. Como tantos gobiernos anteriores, el actual supone que lo que el país necesita es un nuevo pacto social, un gran acuerdo nacional en que empresarios, sindicalistas y políticos se comprometan a colaborar a fin de asegurar la estabilidad. En teoría, la idea parece buena, pero los arreglos de este tipo nunca han funcionado bien en el pasado y no hay razón alguna para suponer que uno nuevo brindaría resultados mejores. Mal que les pese a quienes ya se ven participando de las negociaciones que supuestamente culminarían con un pacto salvador, procurar congelar la economía mediante acuerdos sectoriales sólo serviría para asfixiarla por algunos meses, después de los cuales resurgirían con más fuerza que antes los problemas que se trataron de ocultar. Es que la Argentina ostenta la tasa de inflación más alta del mundo, con la eventual excepción de las anotadas por lugares tan caóticos y miserables como Sudán y Sudán del Sur, no porque los empresarios locales sean peores que sus equivalentes de otros países sino porque el gobierno de Cristina persiste en imprimir cantidades fenomenales de dinero para financiar el cada vez más alarmante bache fiscal. Si fuera posible solucionar de manera tan sencilla los problemas económicos y sociales, viviríamos en un mundo feliz sin pobres, pero, claro está, lo único que logran aquellos gobiernos que caen en la tentación de depender de la maquinita es provocar desastres. Tal y como están las cosas, el futuro inmediato de la economía, y por lo tanto del bienestar de todos salvo los integrantes de una minoría pequeña, se verá decidido por los resultados de las luchas internas que están librando los partidarios del desdoblamiento del mercado cambiario liderados por Kicillof, los que, como Echegaray, suponen que convendría dejar de aumentar el gasto público y Moreno que confía en su capacidad para disciplinar a los empresarios para que obedezcan sus órdenes. Para complicar todavía más el panorama, estamos en un año electoral, de suerte que Cristina no querrá hacer nada que parezca antipático en los meses que nos separan de fines de octubre. Es de prever, pues, que hasta entonces el gobierno, si tiene suerte, se limitará a seguir improvisando, ensayando parches, quejándose de la avaricia escandalosa de los empresarios, de la irresponsabilidad de los líderes sindicales y de la ineptitud administrativa de gobernadores provinciales como el bonaerense Daniel Scioli, pero si no tiene suerte, se verá desbordado por una gran crisis equiparable con las protagonizadas en su momento por Juan Domingo Perón, Isabel Perón, Raúl Alfonsín, Carlos Menem antes de la convertibilidad, Fernando de la Rúa y Eduardo Duhalde, además de una serie de dictadores militares.


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