A la defensiva

Redacción

Por Redacción

Para gobernantes de mentalidad autoritaria como la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y su cónyuge, el diputado Néstor Kirchner, cualquier revés, por menor que fuera, constituye un desastre sin atenuantes. Lo es porque saben que los humillados por su prepotencia están esperando una oportunidad para desquitarse y estarán más que dispuestos a aprovechar todo síntoma de debilidad. De haber optado los Kirchner por pactar con las distintas facciones opositoras luego de las elecciones legislativas de mediados del año pasado, no les hubieran sido tan traumáticas las primeras sesiones de Diputados y el Senado renovados, pero puesto que decidieron tratar los resultados como si fuera cuestión de una mera aberración estadística que pronto se corregiría, los parlamentarios oficialistas se han visto desbordados por sus adversarios en ambas cámaras. Mal que les pese a la presidenta y su marido, de ahora en adelante tendrán que aprender a vivir en democracia. Caso contrario, el rencor acumulado de los opositores asegurará que casi todas las iniciativas del Poder Ejecutivo se hundan en el Congreso, mientras que la Justicia se encargará de dificultar cualquier intento de gobernar por decreto. También está reduciéndose su capacidad para aprovechar el dinero aportado por los contribuyentes y por el sector privado, es decir, “la caja”, para comprar voluntades. Aunque el grueso de los legisladores está a favor de usar las reservas para gastos corrientes, ya que el país no está en condiciones de conseguir créditos a tasas de interés razonables, la mayoría quiere que se haga el reparto de fondos según criterios federales, de ahí el proyecto de ley en tal sentido del senador pampeano Carlos Verna. De prosperar dicho proyecto, los Kirchner se verán privados del arma poderosa que les ha permitido disciplinar a gobernadores díscolos no sólo de su propio partido peronista sino también de la UCR y ARI. Asimismo, es de prever que la conciencia de que el centro de poder se ha trasladado desde la Casa Rosada al Congreso incida en el estado de ánimo de legisladores que hasta ahora han hecho gala de su lealtad para con la pareja santacruceña. En vista de la propensión de los Kirchner a atribuirles la responsabilidad de todos los traspiés, muchos se sentirán tentados a abandonarlos a su suerte cuanto antes. Si bien la gratitud no suele encontrarse entre las virtudes más apreciadas por los políticos profesionales, en momentos como el actual importan las formas, ya que el matrimonio no puede darse el lujo de brindarles a sus soldados demasiados motivos para desertar. En las semanas próximas, la evolución de la política nacional dependerá en buena medida del temperamento de la pareja que a partir de mayo del 2003 la ha dominado. Si para sorpresa de los escépticos se resigna al cambio de escenario y procura negociar de manera inteligente con los bloques opositores, el país se ahorrará una crisis institucional de consecuencias imprevisibles, pero si trata de actuar como si aún contara con el apoyo sin fisuras de una amplia mayoría parlamentaria, los conflictos se harán cada vez peores y todos vivirán pendientes de la posibilidad de que, en un arranque de ira, los santacruceños opten por abandonar el poder. En una sociedad democrática como la nuestra, el autoritarismo excesivo por parte del Poder Ejecutivo genera automáticamente anticuerpos que andando el tiempo serán suficientes como para obligarlo a respetar las reglas básicas. Al tratar como enemigos no sólo a los adversarios declarados sino también a los independientes y a simpatizantes que se animaron a discrepar por motivos puntuales, los Kirchner se las arreglaron para aislarse de buena parte del arco político, incluyendo a facciones con las que les hubiera sido relativamente fácil cooperar. Puesto que escasean los opositores que tengan interés en “destituirlos”, aún les queda tiempo para corregir el rumbo. Otros políticos no vacilarían en aprovechar la oportunidad así supuesta para reconciliarse con por lo menos algunos adversarios actuales, pero por desgracia hay motivos para sospechar que los Kirchner, fieles a sus costumbres, intentarán recuperar lo perdido redoblando la apuesta, de tal modo haciendo todavía peor la situación en la que se encuentran.


Para gobernantes de mentalidad autoritaria como la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y su cónyuge, el diputado Néstor Kirchner, cualquier revés, por menor que fuera, constituye un desastre sin atenuantes. Lo es porque saben que los humillados por su prepotencia están esperando una oportunidad para desquitarse y estarán más que dispuestos a aprovechar todo síntoma de debilidad. De haber optado los Kirchner por pactar con las distintas facciones opositoras luego de las elecciones legislativas de mediados del año pasado, no les hubieran sido tan traumáticas las primeras sesiones de Diputados y el Senado renovados, pero puesto que decidieron tratar los resultados como si fuera cuestión de una mera aberración estadística que pronto se corregiría, los parlamentarios oficialistas se han visto desbordados por sus adversarios en ambas cámaras. Mal que les pese a la presidenta y su marido, de ahora en adelante tendrán que aprender a vivir en democracia. Caso contrario, el rencor acumulado de los opositores asegurará que casi todas las iniciativas del Poder Ejecutivo se hundan en el Congreso, mientras que la Justicia se encargará de dificultar cualquier intento de gobernar por decreto. También está reduciéndose su capacidad para aprovechar el dinero aportado por los contribuyentes y por el sector privado, es decir, “la caja”, para comprar voluntades. Aunque el grueso de los legisladores está a favor de usar las reservas para gastos corrientes, ya que el país no está en condiciones de conseguir créditos a tasas de interés razonables, la mayoría quiere que se haga el reparto de fondos según criterios federales, de ahí el proyecto de ley en tal sentido del senador pampeano Carlos Verna. De prosperar dicho proyecto, los Kirchner se verán privados del arma poderosa que les ha permitido disciplinar a gobernadores díscolos no sólo de su propio partido peronista sino también de la UCR y ARI. Asimismo, es de prever que la conciencia de que el centro de poder se ha trasladado desde la Casa Rosada al Congreso incida en el estado de ánimo de legisladores que hasta ahora han hecho gala de su lealtad para con la pareja santacruceña. En vista de la propensión de los Kirchner a atribuirles la responsabilidad de todos los traspiés, muchos se sentirán tentados a abandonarlos a su suerte cuanto antes. Si bien la gratitud no suele encontrarse entre las virtudes más apreciadas por los políticos profesionales, en momentos como el actual importan las formas, ya que el matrimonio no puede darse el lujo de brindarles a sus soldados demasiados motivos para desertar. En las semanas próximas, la evolución de la política nacional dependerá en buena medida del temperamento de la pareja que a partir de mayo del 2003 la ha dominado. Si para sorpresa de los escépticos se resigna al cambio de escenario y procura negociar de manera inteligente con los bloques opositores, el país se ahorrará una crisis institucional de consecuencias imprevisibles, pero si trata de actuar como si aún contara con el apoyo sin fisuras de una amplia mayoría parlamentaria, los conflictos se harán cada vez peores y todos vivirán pendientes de la posibilidad de que, en un arranque de ira, los santacruceños opten por abandonar el poder. En una sociedad democrática como la nuestra, el autoritarismo excesivo por parte del Poder Ejecutivo genera automáticamente anticuerpos que andando el tiempo serán suficientes como para obligarlo a respetar las reglas básicas. Al tratar como enemigos no sólo a los adversarios declarados sino también a los independientes y a simpatizantes que se animaron a discrepar por motivos puntuales, los Kirchner se las arreglaron para aislarse de buena parte del arco político, incluyendo a facciones con las que les hubiera sido relativamente fácil cooperar. Puesto que escasean los opositores que tengan interés en “destituirlos”, aún les queda tiempo para corregir el rumbo. Otros políticos no vacilarían en aprovechar la oportunidad así supuesta para reconciliarse con por lo menos algunos adversarios actuales, pero por desgracia hay motivos para sospechar que los Kirchner, fieles a sus costumbres, intentarán recuperar lo perdido redoblando la apuesta, de tal modo haciendo todavía peor la situación en la que se encuentran.

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