A la gilada dale circo, dale un lindo show
Las palabras textuales de nuestro entrañable cómico Enrique Pinti “A la gilada dale circo, dale un lindo show” son parte de la letra de una pieza musical incluida en uno de sus monólogos. Por supuesto, habla del circo ofrecido por quienes dirigen, por quienes deben representar los valores de un pueblo, por quienes deben “seguir siendo parte de” todos los ciudadanos. Sin embargo, quienes entran de repente en la Casa Rosada comienzan a darse cuenta, día a día, de que, ¡caray! no son quienes creían que eran. Sí, sí, sí: sin duda ya no son personas “comunes”. Incluso sienten como un fluir azul en alguna parte, pero no se atreven a decirlo. ¿Serán un poco reyes o emperadores? Saben que estamos en otros tiempos, pero algo de la esencia azul perciben en su ser, sin duda, no hay por qué mentirse. Y, de repente, entre toda esta revelación, tienen un gran recurso a utilizar, pero se preguntan si es correcto hacerlo. Y, sobre todo, si será necesario. Y ese recurso es “el circo”. ¿Será necesaria hoy esa gran burbuja circense que cubre al país y lo convierte en una gran comunidad de giles? La frase de Pinti no es para tomarse a la ligera. Lo primero que nos podemos preguntar es quiénes son “la gilada”. Un conjunto de giles, como es lógico deducir. Pero ¿y quién es el gil? Bueno, en un diccionario encontramos que el gil es aquel fácil de engañar, entre otros atributos no deseados. Por tal razón, si bien “la gilada” puede contener a tal o cual grupo de personas, lo cierto es que se trata de la masa propensa a no pensar. Y, por tanto, para muchos surge un interrogante obligado y triste: ¿es posible gobernar en Argentina sin circo? Lo que está relacionado con palabras de la mandataria saliente: “El gobernar no es para cualquiera”. ¿El flamante gobierno de Mauricio Macri llevará su mandato “en equipo”, es decir, bajo una dinámica horizontal? ¿Llevará su gobierno con total transparencia y franco diálogo con todas las partes que incluyen el país? ¿La Justicia se desenvolverá con absoluta independencia y con perfil claro y profesional y se combatirá, sobre todas las cosas, lo que conocemos como “corrupción”? Si todo esto sucede (¡oh, milagro!) estaremos en el nacimiento de una política nueva, en la práctica, que quizá yo no describiría con las palabras del título del nuevo libro de Majul, “El final, de la locura a la normalidad”, sino más bien como “¿El circo para idiotas cerró sus puertas por falta de público?”. Sin embargo, para mí es un deseo, es un impulso a que todo marche por una democracia alejada de valores medievales. Les guste a unos más que a otros, los dirigentes son representativos y son el zumo de nuestra cosecha. Argentina quizá esté creciendo y no estamos tan dispuestos a comernos los sapos unos a otros. Y aquí vale reflexionar sobre un relato que ha circulado –que en lo personal no sé si es cierto o no– según el cual el expresidente Néstor Kirchner (“Lupo” para sus pagos) dijo furioso: “La democracia es para la gilada, acá se hace lo que yo digo y se acabó”. Pues bien, si alguien desea ahondar en algunos pormenores de los lineamientos conductuales de su esposa como presidenta, acá está la punta del ovillo hacia una posible verdad. ¿Acaso no es el conocimiento de un hombre experimentado sobre cómo se maneja y administra del poder verdadero, incluso en democracia? En esta realidad la democracia es una puesta en escena y la fuerza política que impera, de tal manera, se remonta a Maquiavelo. Donde, insisto, el gil es cándido e inocente y desconoce cómo se amasan los asuntos y además es totalmente permeable a creer en lo que le digan sin verificarlo. Así es víctima de estafas. En la jerga porteña, a la gilada se le venden buzones, espejitos de colores, gato por liebre, etcétera. Literalmente, los giles son engañados. Así, en esta democracia circense, el pueblo está conformado por un conjunto de incautos que, inocentes, se creen soberanos. Pero no lo son. Son, en cambio, una masa manipulada por un sistema de poder que toma decisiones a sus espaldas. Y los vericuetos de los servicios de inteligencia, sus ominosas relaciones con el poder político y la corrupción dan sospechas de un mundo oculto, confuso y orillero entre el propio show y la contaminación de la democracia. Porque la propia idea de democracia, con su horizontalidad asumida, plantea problemas que van más allá de la idea de la representación. Como la “cuestión esponjosa” de Giovanni Sartori, que dice: “¿Cómo es que el dominio de la mayoría acaba por ser el gobierno de una minoría?”. Es sabido que la concentración económica, la transformación de la política en el gran espectáculo (sigue el interrogante de si hoy habrá circo o no) y la falta de interés de las masas favorecen una estructura de poder condensada y que manipula a la sociedad y sofoca a la democracia. Y no se trata de un fenómeno local, sino mundial (obvio). Si hoy giramos y miramos para atrás vemos altos rumores de negocios en las elevadas esferas del gobierno, lavado de dinero, asociación conveniente entre empresarios amigos, ocultamiento de evidencias, persecución a la Justicia, etcétera. Como que el populismo de estos hermosos años, más allá de su retórica e interminables monólogos casi religiosos, estuvo más que flojo de papeles democráticos. Verdad o ficción, las palabras de Néstor Kirchner son visionarias. ¿La democracia es o fue una ilusión para la gilada? Y siento decirlo, con la complicidad de los súbditos, que renuncian a involucrarse. Así, al gil, en un paradigma amplio, entre la pobreza o entretenido con la vida privada, el consumo y los juguetes tecnológicos, le da igual que la corrupción impere. ¿Será? Sí o no, estoy seguro de que el totalitarismo democrático existe donde impera lo que el jefe (o la jefa) dice y punto. Y esto sólo es posible, como afirma el recién fallecido Sheldon Wolin, en épocas de analfabetismo político y amnesia colectiva. Hoy el nuevo gobierno susurra algo así como: “Se acabaron los giles, ahora tenemos que trabajar todos juntos”. ¿Se habrá acabado la gran burbuja circense que cubría al país? Quizá Enrique Pinte sonría y en alguno de sus monólogos futuros bromee diciendo “¡Al fin! El pueblo pudo recibir la verdad y nada más que la verdad…”. (*) Licenciado en Letras
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Federico Povedano – Licenciado en Letras