“A los locos la familia los abandona”

En Centro de Día de Bariloche halló la ayuda para salir.

Redacción

Por Redacción

Río Negro

Alfredo Leiva

BARILOCHE (AB).- Edilio regresó hace unos dos años de su extenso viaje por el abismo. Fueron tiempos muy duros. Pero sus nietas lo ayudaron a volver. Aún se estremece cuando recuerda el instante que la pequeña Yara lo miró a los ojos. Edilio estaba en Las Grutas, sumergido en las aguas profundas del alcoholismo y con una depresión a cuestas que lo tenía casi vencido. “Mi hija me había ido a ver con mi nietita y la nena me miraba y pensé: ¿cómo puede ser que esté así, arruinándome la vida? Era como si me hablara a través de sus ojos”, recuerda. Dice que fue el momento que hizo “un clic” en su cabeza. Resolvió regresar a Bariloche y buscar ayuda. Hoy, Edilio se siente recuperado. Es más, ayuda a sus compañeros del servicio de salud mental que concurren al Centro de Día Camino Abierto. Allí, lo conocen como “Pajarito”. Disfruta de las cosas sencillas de la vida. Y, sobre todo, se reencontró con sus hijos, con su familia.

“Antes no quería vivir y ahora veo el sol, camino por la costa del lago, corro”, señala el hombre que atravesó decenas de tempestades y aún dice que tiene que estar firme para seguir adelante, porque la pelea aún no ha terminado.

Edilio Deyurka tiene 59 años. Estuvo internado años atrás en un psiquiátrico del hospital de Santa Rosa, La Pampa. Dice que allí lo envió la justicia luego de que protagonizara un hecho violento.

Relata que viajaba en un colectivo por 1998 ó 1999 y atacó con un cuchillo a unos pasajeros, entre ellos, a un médico. Cuenta que cuando lo interceptó la policía quedó detenido de inmediato y, luego, el psicólogo forense estableció que tenía problemas de salud mental.

Edilio asegura que el problema se remonta a finales de 1991, cuando casualmente viajaba en un colectivo que había salido de la ciudad de Neuquén con destino a Buenos Aires. “Íbamos a comprar a Buenos Aires”, rememora. Señala que en el tramo entre Choele Choele y Río Colorado ocurrió un asalto y uno de los delincuentes lo golpeó con furia en la cabeza.

A partir de ese momento creció en su mente la paranoia, que no trató nunca con un especialista. Por eso, andaba siempre con un cuchillo. A ese cuadro se sumó el consumo de alcohol y de pastillas. “Llegó un momento que mezclaba de todo”, recuerda.

Sostiene que cuando lo internaron en el psiquiátrico de La Pampa, los primeros días estuvo con camisa de fuerza y atado a la cama. También solo en una habitación pequeña. Fueron semanas de mucha medicación.

Edilio cree que su problema es genético, porque tiene familiares que pasaron por el mismo problema de salud. “Pero el médico me dice que no”, apunta.

Alternó el tratamiento entre Santa Rosa y la ciudad de Neuquén, donde reconoce que lo ayudó el psiquiatra Diego Zunino del servicio de Salud Mental del hospital Castro Rendón.

Decidió mudarse hace unos 10 años a Las Grutas donde pensó que el contacto con la inmensidad del mar lo iba a ayudar en su recuperación. Pero llegó la separación de su señora y se zambulló en la depresión. Edilio está agradecido del psicólogo Rodrigo Carosanti que lo asistió en Las Grutas.

“Fue una etapa de mucho alcohol y pastillas”, explica.

Regresó hace algo más de dos años a Bariloche, donde tiene a su madre de 80 años. Tenía la decisión de cambiar de vida, pero los primeros pasos no fueron fáciles. El psicólogo que lo atendió en el hospital zonal lo envió al Centro de Día Camino Abierto y comenzó su proceso de recuperación.

Se sintió contenido desde el principio. Y comenzó a desarrollar su pasión por la guitarra y las expresiones culturales.

“A los locos la familia los abandona”, señala. Pero afirma que hoy no tiene rencor con nadie. “Curé esa herida”, sostiene. Y destaca un sobrino que nunca lo dejó solo.

Cuenta que ve “como un espejo” a los jovencitos que asisten al centro. Le duele la situación de algunos de los pacientes, pero Edilio los acompaña. Víctor Hugo, de 19 años, fue su primer amigo cuando llegó a Camino Abierto. El joven enfrentaba una lucha feroz contra sus adicciones.

“Ahora, Víctor Hugo está yendo a la escuela y hasta lo eligieron mejor compañero”, afirma, con orgullo, Edilio.

Explica que tiene una pensión para vivir, pero sale a vender medias y hace tareas de limpieza. También le gusta elaborar artesanías en cerámica.

Está feliz porque se comunica con frecuencia con sus tres hijos. Atrás quedaron aquellos momentos cuando sólo miraba crecer a sus nietas por un monitor de computadora, porque no podía verlas.

Por eso, decidió volcar en una canción lo que sentía. “Cómo quisiera tener alas y volar sobre el mar, sobre los ríos y en los valles verte jugar. Pero hay barreras invisibles obstruyendo el camino hacia vos, primaveras oscuras no me dejan ver el sol, pero yo te imagino jugando en el jardín del amor, marioneta de colores, mariposas volando a tu alrededor. Justina la que baila, la que salta, la que canta y la que aplaude cada paso para que yo pueda ver”.

Edilio está convencido de que para superar situaciones límites “es necesario mirar el sol y si tienen hijos, mirarlos, mirar a los chicos que son el futuro. Que nos podemos equivocar, pero que miren a su alrededor que siempre hay espacio para salir”.

jorge villalobos

jvillalobos@rionegro.com.ar


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