Adolfo Pinto, el DT de los chacareros de Roca

Trabajó toda su vida en el rubro semillas y forrajes. Un asesor de productores y de los que buscan que sus plantas estén sanas. Arrancó a los 14 años, para que su madre deje de ser lavandera.



Semillas a su alrededor. Una constante en la vida de Pinto

El local todavía no abrió. Son las 7.10 y empezó el desfile de los que golpean la puerta. Adolfo Pinto está en la oficina del fondo; tiene los lentes puestos y es su hora preferida para controlar los números: ingresos y egresos. Deja el cuaderno, se levanta y va a atender.

Camina lento porque sufrió dos ACV y la pierna izquierda tarda un poco más que la otra en moverse. Afuera lo buscan los pequeños chacareros. Vienen por algún producto o asesoramiento para resolver un problema urgente. Temen que se dañe la cosecha si no hacen lo que corresponde. “Acá no se despacha al cliente, acá se lo atiende”, dice el comerciante de 67 años. Es lo que aprendió en el oficio y aplica en “El Agricultor”, desde hace casi cuatro décadas. Trabaja 12 horas diarias.

"Al cliente no se lo despacha, se lo atiende"

Adolfo Pinto, comerciante de forrajes y semillas

Néstor, su hijo, lo acompaña en el mostrador, pero su fuerte es llevar la parte administrativa y la carga de todo en la computadora. La mirada fresca para un local que conserva el espíritu del de ramos generales.

Cuando el problema del cliente viene complicado, Néstor enseguida deriva hacia el padre. Y ahí es donde Pinto hace valer su experiencia, y vuelca con claridad lo que sabe, en forma minuciosa, para no dejar dudas. De todos modos, el hombre se resta méritos: “tengo un comercio donde es obligatorio asesorar”.

A su local, la gente llega con demandas de todo tipo. Es tiempo de heladas y están lo que buscan termómetros. Otros vienen por productos para la cura, la cinta para atar las ramas de los frutales, las trampas de feromona , y la lista sigue.

Pinto también asesora en el combate de todo tipo de alimañas: desde las chinches que se instalan en los colchones, pasando por pulgas, garrapatas y cucarachas; hasta los escorpiones que aparecen en las casas ubicadas cerca de las bardas.

“Lo que buscamos es la atención de persona a persona, algo que se ha perdido con las grandes cadenas. Entrás a un monstruo tremendo y no sabés quién te atiende. Das vuelta como tábano sin cabeza, nadie te explica”, dice el comerciante, que el año pasado fue reconocido por su labor en la Fiesta Nacional de la Manzana.

Pinto arrancó en 1966 como cadete en el comercio de semillas y forrajes de Ricardo Isamuel D´Voskin.

Tenía 14 años y quería que su madre dejara de trabajar como lavandera. Allí hizo de todo. Sirvió café a los empleados, limpió pisos y en bicicleta, llevó papeles y documentos a los bancos y el correo.

Desde abajo vio como fueron cayendo muchos comercios que se endeudaron con los bancos y luego entraron en convocatoria de acreedores. Fue algo que lo marcó en profundidad.

Mucho más tarde, en el 2002, vivió esa experiencia desgastante como dueño del “El Agricultor”. Llegó a tener 300 millones de pesos en la calle, deudores a lo que no pudo cobrarles nunca más. Y los acreedores le cayeron encima. Ese año todo el sistema frutícola dejó de pagar por la crisis. Estimó que saldría en tres años, pero le llevó 15 recuperarse económicamente.

“Una vez que se equilibra lo financiero, todo fluye y la vida te sonríe”, lanza hoy Pinto. Cuenta que extraña a Diana, la perra que le regalaron luego de que le entraran a robar. El día que el hombre sufrió el segundo ACV, la ovejera alemana murió de un paro cardíaco.


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