Aguantarse

Columna semanal

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EL DISPARADOR

Entra al furgón del tren. A su alrededor, los hombres la persiguen con la mirada. Ven flamear su falda, bastante por encima de sus rodillas. Tiene unas sandalias con plataforma de corcho que le dan, por lo menos, unos diez centímetros más de altura. Su pelo, rubio, le roza los hombros. En su cuello cuelgan unos auriculares que triplican el tamaño de sus orejas. Mastica chicle y cada tanto abre grande la boca, como un pez que intenta respirar afuera del agua. Camina decidida, con la mirada fija hacia adelante, y acomoda en un rincón del furgón su bicicleta inglesa -rosa, con canasto de mimbre y un sticker que dice: “Soy todo”-. El tren arranca. Ella se enfoca en su celular. Maneja la pantalla con destreza y hace una llamada.

-Hola, sí, ¿Pau? ¿Cómo estás, che? ¿Sabés si me respondieron?

-...

-Ah, ah, sos Paola, Pá-ola, no Paula... Ay, no te la puedo creer. Disculpe, Paula, ¿sabe si hubo devolución de mi requerimiento?

Mientras habla, se le caen unos papeles, y quedan fuera de su alcance. Parecen apuntes de la universidad, con párrafos resaltados en naranja. Quedan a los pies de un muchacho, que enseguida se los alcanza. Ella corta la llamada. Él sonríe, con timidez, como esperando que ella le agradezca y, también, como si le quisiera decir algo. Pero no le dice nada.

El tren se acerca a la estación terminal de Retiro. Ella busca su bicicleta y, en un movimiento algo brusco, la lleva hacia la puerta del vagón. En eso, raspa a alguien con uno de los pedales. “Ayyy”, se queja una señora. Ella no le responde. Tal vez no la escucha porque ya se puso los auriculares.

Está pegada a la puerta, para bajar en primer lugar, ni bien se detenga el tren. A su alrededor se amontonan varias personas con la misma intención. El muchacho que le había alcanzado las hojas del suelo le toca el hombro: “Disculpá, se te salió la cadena... de la bicicleta”.

Ella suspira, resopla. Mira hacia el cielo y se choca con el techo del tren. Suspira profundo. Pestañea un par de veces. Vuelve a resoplar, y esta vez se le inflan los cachetes. Parece que interrumpirá su mutismo soltando insultos al aire.

-Si tenés un papel, te ayudo a poner la cadena -se ofrece el muchacho.

-No. Yo sé cómo se pone la cadena, eh. ¿Qué? ¿Te parece que no voy a poder porque soy mujer?

Ella toma con sus manos el manubrio y da vuelta la bicicleta. La deja con las ruedas apuntando hacia arriba. En dos segundos la cadena está otra vez en su lugar. A ella le quedan las palmas negras, llenas de grasa. Gira su cabeza, ensaya una media sonrisa y le dice al muchacho, que la está mirando: “A esta altura, imaginate... ¿cómo no voy a saber poner la cadena? Ya estoy acostumbrada”. Él separa los labios, los mueve... pero no le salen palabras, se le quedan atascadas en la garganta. Traga saliva, insinúa una sonrisa.

El tren se detiene en Retiro. Las puertas se abren. Ella se baja y, guiñando un ojo, le dice: “Chau, nene”. El muchacho no le responde, ya ni la mira. Espera que ella se aleje unos metros y, recién entonces, le comenta a un hombre que tiene a su lado: “Uno la quiere ayudar y encima te habla así... Menos mal que no hay que aguantarse a una así en casa, ¿no?”.

Juan Ignacio Pereyra


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