Ajuste revolucionario
Mientras que en otras partes del mundo los fundamentalistas de la izquierda están luchando denodadamente contra los ajustes que han emprendido muchos gobiernos con el fin de impresionar a los mercados, en Cuba el régimen castrista acaba de anunciar la eliminación casi inmediata de medio millón de empleos en el ubicuo sector público. Según un documento del Partido Comunista de Cuba, los despedidos podrán mantenerse a flote formando cooperativas o trabajando por cuenta propia. Dicho de otro modo, tendrán que procurar emular a aquellos ex empleados estatales argentinos que en los años noventa abrieron quioscos, de los que pocos sobrevivieron por mucho tiempo. Como centenares de miles de cubanos están por aprender, prosperar en el sector privado requiere aptitudes que no suelen poseer los habituados a vivir en sociedades comunistas en que el Estado se encarga de virtualmente todo, razón por la que la transición hacia el capitalismo, porque es de eso que se trata, resultó ser tan traumática en Rusia y en otros países, incluyendo Alemania oriental, que formaron parte del imperio soviético. Si bien en la actualidad los cubanos perciben ingresos sumamente bajos y es de suponer que a esta altura la mayoría entiende que el “modelo” que tanto les costó construir ha sido un fracaso rotundo, es natural que muchos teman que los cambios que se han anunciado los hagan aún más pobres de lo que ya son. El régimen castrista se ha sentido obligado a ordenar un ajuste tan feroz que ni siquiera los halcones neoliberales más decididos se hubieran animado a proponerlo porque, como dijo en una entrevista reciente Fidel Castro, el “modelo cubano” sencillamente no funciona. Aunque el mayor de los hermanos Castro ha procurado suavizar sus declaraciones, acusando a la prensa mundial de no haberlas interpretado debidamente, las autoridades de la isla no han vacilado en confirmar que han llegado a la conclusión de que la presunta “alternativa” supuesta por el estatismo a ultranza no sirve para brindar a la gente un estándar de vida tolerable. Con todo, reformar de golpe el sistema existente no les será nada fácil, aunque, felizmente para los cubanos de a pie, la proximidad de una próspera colectividad de exiliados que están plenamente consustanciados con la versión norteamericana del capitalismo liberal podría suponerles una ventaja que fue negada a los rusos. Siempre y cuando se produzca una apertura auténtica, los cubanos que viven en Estados Unidos podrían desempeñar un papel equiparable con el de los millones de chinos de ultramar, además de los de Taiwán y Hong Kong, en la transformación de China en una potencia comercial de primer orden después de que décadas de comunismo redujeran el ingreso per cápita a niveles que, según los historiadores, eran parecidos a los alcanzados mil años antes. Puede suponerse que el régimen cubano apuesta a que las reformas previstas le permitan mantener el control político, como hasta ahora han hecho sus correligionarios chinos, pero no es muy probable que lo logren. Modificar un sistema tan notoriamente rígido como el cubano es una empresa riesgosa, ya que en cualquier momento podría derrumbarse sin que el régimen resultara capaz de impedirlo. Es lo que sucedió en la Unión Soviética cuando los esfuerzos por liberalizarlo de Mijail Gorbachov pusieron en marcha un proceso incontrolable que, con rapidez desconcertante, desembocó no sólo en el colapso del comunismo sino también en la desintegración de lo que hasta entonces había sido una “superpotencia” totalitaria, si bien una cuyo poderío militar se basaba en una economía fabulosamente ineficaz: “Burkina Faso con cohetes”, según el juicio lapidario de un experto occidental en las vicisitudes del “experimento soviético”. De todas maneras la revolución cubana, que a pesar de las violaciones rutinarias de los derechos humanos y el estado lamentable de una economía que antes había sido de las más prósperas de América Latina aún cuenta con una multitud de adherentes en la región, está por entrar en una fase nueva que con toda seguridad nos deparará muchas sorpresas. Todo hace pensar que su ciclo está acercándose a su fin y que será derrotada no por sus enemigos sino de resultas de lo que en otros tiempos comunistas como Friedrich Engels llamaban “contradicciones internas” que siempre la han caracterizado.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 860.988 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Viernes 17 de septiembre de 2010
Mientras que en otras partes del mundo los fundamentalistas de la izquierda están luchando denodadamente contra los ajustes que han emprendido muchos gobiernos con el fin de impresionar a los mercados, en Cuba el régimen castrista acaba de anunciar la eliminación casi inmediata de medio millón de empleos en el ubicuo sector público. Según un documento del Partido Comunista de Cuba, los despedidos podrán mantenerse a flote formando cooperativas o trabajando por cuenta propia. Dicho de otro modo, tendrán que procurar emular a aquellos ex empleados estatales argentinos que en los años noventa abrieron quioscos, de los que pocos sobrevivieron por mucho tiempo. Como centenares de miles de cubanos están por aprender, prosperar en el sector privado requiere aptitudes que no suelen poseer los habituados a vivir en sociedades comunistas en que el Estado se encarga de virtualmente todo, razón por la que la transición hacia el capitalismo, porque es de eso que se trata, resultó ser tan traumática en Rusia y en otros países, incluyendo Alemania oriental, que formaron parte del imperio soviético. Si bien en la actualidad los cubanos perciben ingresos sumamente bajos y es de suponer que a esta altura la mayoría entiende que el “modelo” que tanto les costó construir ha sido un fracaso rotundo, es natural que muchos teman que los cambios que se han anunciado los hagan aún más pobres de lo que ya son. El régimen castrista se ha sentido obligado a ordenar un ajuste tan feroz que ni siquiera los halcones neoliberales más decididos se hubieran animado a proponerlo porque, como dijo en una entrevista reciente Fidel Castro, el “modelo cubano” sencillamente no funciona. Aunque el mayor de los hermanos Castro ha procurado suavizar sus declaraciones, acusando a la prensa mundial de no haberlas interpretado debidamente, las autoridades de la isla no han vacilado en confirmar que han llegado a la conclusión de que la presunta “alternativa” supuesta por el estatismo a ultranza no sirve para brindar a la gente un estándar de vida tolerable. Con todo, reformar de golpe el sistema existente no les será nada fácil, aunque, felizmente para los cubanos de a pie, la proximidad de una próspera colectividad de exiliados que están plenamente consustanciados con la versión norteamericana del capitalismo liberal podría suponerles una ventaja que fue negada a los rusos. Siempre y cuando se produzca una apertura auténtica, los cubanos que viven en Estados Unidos podrían desempeñar un papel equiparable con el de los millones de chinos de ultramar, además de los de Taiwán y Hong Kong, en la transformación de China en una potencia comercial de primer orden después de que décadas de comunismo redujeran el ingreso per cápita a niveles que, según los historiadores, eran parecidos a los alcanzados mil años antes. Puede suponerse que el régimen cubano apuesta a que las reformas previstas le permitan mantener el control político, como hasta ahora han hecho sus correligionarios chinos, pero no es muy probable que lo logren. Modificar un sistema tan notoriamente rígido como el cubano es una empresa riesgosa, ya que en cualquier momento podría derrumbarse sin que el régimen resultara capaz de impedirlo. Es lo que sucedió en la Unión Soviética cuando los esfuerzos por liberalizarlo de Mijail Gorbachov pusieron en marcha un proceso incontrolable que, con rapidez desconcertante, desembocó no sólo en el colapso del comunismo sino también en la desintegración de lo que hasta entonces había sido una “superpotencia” totalitaria, si bien una cuyo poderío militar se basaba en una economía fabulosamente ineficaz: “Burkina Faso con cohetes”, según el juicio lapidario de un experto occidental en las vicisitudes del “experimento soviético”. De todas maneras la revolución cubana, que a pesar de las violaciones rutinarias de los derechos humanos y el estado lamentable de una economía que antes había sido de las más prósperas de América Latina aún cuenta con una multitud de adherentes en la región, está por entrar en una fase nueva que con toda seguridad nos deparará muchas sorpresas. Todo hace pensar que su ciclo está acercándose a su fin y que será derrotada no por sus enemigos sino de resultas de lo que en otros tiempos comunistas como Friedrich Engels llamaban “contradicciones internas” que siempre la han caracterizado.
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