“Al mejor estilo de la dictadura”

La investigadora argentina radicada en México, experta en violencia y DD. HH., visitó el país para presentar su libro “Violencias de Estado”. Su conferencia coincidió con la difusión de torturas policiales en Salta y comentó que esas conductas son un “ajuste” de históricas prácticas represivas en la globalización.

Redacción

Por Redacción

–Llegó justo… –¿Justo en relación con qué? –Con que esta semana la violencia policial trepó un escalón más. Las torturas de la policía de Salta a dos jóvenes, el caso Solano en Río Negro… –Al mejor estilo de la dictadura… sólo faltaba la picana; por lo demás, asfixia con bolsas de polietileno, golpes, manos atadas –responde Pilar Calveiro a este diario. –¿Y entonces? –Inevitable: el sesgo que va adquiriendo el discurso de la seguridad libera la tortura, la violencia policial sin control. Un sistema, una cultura… –señala Calveiro mientras saluda a varias caras conocidas que llegan a la Biblioteca Nacional para asistir a la presentación de su libro “Violencias de Estado. La guerra antiterrorista y la guerra contra el crimen como medios de control global”, editado por Siglo XXI. Argentina, detenida durante un año en la ESMA, Calveiro se exilió en México en 1979, donde vive y se doctoró en Ciencias Políticas en la UNAM. Dedicada de lleno a la investigación de la violencia política, historia reciente y memoria, individualmente ha publicado, entre otras investigaciones, “Poder y desaparición”, quizá el trabajo más logrado sobre el alcance que tuvo, desde esas perspectivas, la violencia que signó a la última dictadura militar argentina. También ha publicado “Redes familiares de sumisión y resistencia” y “Familia y poder”. En su más reciente libro, Calveiro pasa revista al cariz que está adoptando la violencia estatal ante los nuevos desafíos a la seguridad y a la intensidad que adquieren las nuevas formas de penalización y castigo tanto en el ámbito nacional como internacional. Reflexiona así, por caso, sobre la tortura. Advierte entonces que el hecho de que la tortura pueda ser procesada por sus perpetradores como “juego” o “diversión” no permite explicarla a partir de una suerte de sadismo gratuito (“juguetón”) o una patología psicológica. Por el contrario, el torturador puede y suele ser un hombre o una mujer “normal” y su violencia, instigada y desarrollada institucionalmente, tiene finalidades y utilidades precisas. Siguiendo este razonamiento, la investigadora destaca que algunas prácticas de la tortura, como la desnudez (N. de la R.: en el caso de los torturados por la policía salteña) y la capucha, aumentan la indefensión del prisionero para hacerlo más vulnerable en el interrogatorio pero también le arrebatan, con el rostro y los signos culturales del vestido, su humanidad; son parte del proceso de deshumanización que facilita su destrucción por parte del sistema y allanan el trabajo de los “interrogadores”. Otro tanto ocurre con todas las formas de humillación, incluidas las sexuales. Y precisa la investigadora: • Mediante los mecanismos de encierro y tormento el dispositivo logra también su autoconfirmación. Los hombres “confiesan” dándole realidad a la sospecha que pesaba sobre ellos. Confiesan lo que han hecho y lo que no con tal de detener el castigo y la dificultad de discriminar una cosa de la otra se magnifica por la distancia cultural y la torpeza militar (o policial). • El castigo se concentra sobre personas pobres, miembros de grupos sociales excluidos que han cometido algún delito y a quienes se presenta como criminales potenciales. • A pesar de sus obvias implicaciones sociales, esta política se sustenta en el desconocimiento de los componentes socioeconómicos e incluso políticos del delito, para presentarlo como una disfunción de carácter individual que se debe detener desde sus primeras manifestaciones. La comisión de delitos pequeños no sería sino el preanuncio de un futuro criminal, peligroso para la sociedad y a quien se debe aleccionar y neutralizar desde un principio, encerrándolo. Para Calveiro, el corolario de esa política justifica así la aplicación de penas importantes contra infractores e infracciones menores propiciando, entre otras cosas, la reducción de la edad penal. Ya no se trata de rehabilitarlos como de aislar a los grupos o sujetos considerados peligrosos. Es decir, se reformulan los objetivos de la pena, que sigue siendo retributiva (castigo del delincuente) y disuasiva (para la población en general) pero a la que se agrega un componente de “incapacitación” orientado simplemente a “inhabilitar al infractor para cometer más delitos durante el tiempo que dure el encierro” –acota Calveiro citando para el caso investigaciones de uno de los más rigurosos especialistas en prevención del delito en Latinoamérica, el costarricense Elías Carranza. –En el caso de Salta las torturas nos hablan de nuestra propia historia, pero no son nada más ni nada menos que el ajuste, aunque esos torturadores lo ignoren, que se da en todo el continente de cara a los retos que enfrenta el mundo globalizado –señala la analista, saluda y se marcha a presentar su libro.

CARLOS TORRENGO carlostorrengo@hotmail.com

ENTREVISTA: Pilar Calveiro, doctora en ciencias políticas


–Llegó justo... –¿Justo en relación con qué? –Con que esta semana la violencia policial trepó un escalón más. Las torturas de la policía de Salta a dos jóvenes, el caso Solano en Río Negro... –Al mejor estilo de la dictadura... sólo faltaba la picana; por lo demás, asfixia con bolsas de polietileno, golpes, manos atadas –responde Pilar Calveiro a este diario. –¿Y entonces? –Inevitable: el sesgo que va adquiriendo el discurso de la seguridad libera la tortura, la violencia policial sin control. Un sistema, una cultura... –señala Calveiro mientras saluda a varias caras conocidas que llegan a la Biblioteca Nacional para asistir a la presentación de su libro “Violencias de Estado. La guerra antiterrorista y la guerra contra el crimen como medios de control global”, editado por Siglo XXI. Argentina, detenida durante un año en la ESMA, Calveiro se exilió en México en 1979, donde vive y se doctoró en Ciencias Políticas en la UNAM. Dedicada de lleno a la investigación de la violencia política, historia reciente y memoria, individualmente ha publicado, entre otras investigaciones, “Poder y desaparición”, quizá el trabajo más logrado sobre el alcance que tuvo, desde esas perspectivas, la violencia que signó a la última dictadura militar argentina. También ha publicado “Redes familiares de sumisión y resistencia” y “Familia y poder”. En su más reciente libro, Calveiro pasa revista al cariz que está adoptando la violencia estatal ante los nuevos desafíos a la seguridad y a la intensidad que adquieren las nuevas formas de penalización y castigo tanto en el ámbito nacional como internacional. Reflexiona así, por caso, sobre la tortura. Advierte entonces que el hecho de que la tortura pueda ser procesada por sus perpetradores como “juego” o “diversión” no permite explicarla a partir de una suerte de sadismo gratuito (“juguetón”) o una patología psicológica. Por el contrario, el torturador puede y suele ser un hombre o una mujer “normal” y su violencia, instigada y desarrollada institucionalmente, tiene finalidades y utilidades precisas. Siguiendo este razonamiento, la investigadora destaca que algunas prácticas de la tortura, como la desnudez (N. de la R.: en el caso de los torturados por la policía salteña) y la capucha, aumentan la indefensión del prisionero para hacerlo más vulnerable en el interrogatorio pero también le arrebatan, con el rostro y los signos culturales del vestido, su humanidad; son parte del proceso de deshumanización que facilita su destrucción por parte del sistema y allanan el trabajo de los “interrogadores”. Otro tanto ocurre con todas las formas de humillación, incluidas las sexuales. Y precisa la investigadora: • Mediante los mecanismos de encierro y tormento el dispositivo logra también su autoconfirmación. Los hombres “confiesan” dándole realidad a la sospecha que pesaba sobre ellos. Confiesan lo que han hecho y lo que no con tal de detener el castigo y la dificultad de discriminar una cosa de la otra se magnifica por la distancia cultural y la torpeza militar (o policial). • El castigo se concentra sobre personas pobres, miembros de grupos sociales excluidos que han cometido algún delito y a quienes se presenta como criminales potenciales. • A pesar de sus obvias implicaciones sociales, esta política se sustenta en el desconocimiento de los componentes socioeconómicos e incluso políticos del delito, para presentarlo como una disfunción de carácter individual que se debe detener desde sus primeras manifestaciones. La comisión de delitos pequeños no sería sino el preanuncio de un futuro criminal, peligroso para la sociedad y a quien se debe aleccionar y neutralizar desde un principio, encerrándolo. Para Calveiro, el corolario de esa política justifica así la aplicación de penas importantes contra infractores e infracciones menores propiciando, entre otras cosas, la reducción de la edad penal. Ya no se trata de rehabilitarlos como de aislar a los grupos o sujetos considerados peligrosos. Es decir, se reformulan los objetivos de la pena, que sigue siendo retributiva (castigo del delincuente) y disuasiva (para la población en general) pero a la que se agrega un componente de “incapacitación” orientado simplemente a “inhabilitar al infractor para cometer más delitos durante el tiempo que dure el encierro” –acota Calveiro citando para el caso investigaciones de uno de los más rigurosos especialistas en prevención del delito en Latinoamérica, el costarricense Elías Carranza. –En el caso de Salta las torturas nos hablan de nuestra propia historia, pero no son nada más ni nada menos que el ajuste, aunque esos torturadores lo ignoren, que se da en todo el continente de cara a los retos que enfrenta el mundo globalizado –señala la analista, saluda y se marcha a presentar su libro.

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