Alberto Fernández y la difícil construcción de un presidente

El presidente pareció plantearlo sobre dos premisas definidas: un llamado a dejar atrás la grieta que divide a la Argentina (habló de “odio” y de “rencor”) y la necesidad de una reparación del tejido social, dañado por una crisis profunda y resistente.



La imagen limpia del traspaso del poder entre Macri y Fernández tiene una fuerte carga simbólica para una sociedad ferozmente dividida.  También fue un símbolo el protagonismo del presidente, respetado desde bancas y tribunas, dada la anomalía original de candidatura y el liderazgo, igual de incuestionable, de Cristina Kirchner en la coalición peronista que llegó al poder. Ella, con todo  sigue anclada en su etapa, como pudo verse. 

En el mensaje de Fernández hubo alusiones a Raúl Alfonsín, a Arturo Frondizi y a Néstor Kirchner, lo que tal vez sea -busque ser- una genealogía del pensamiento del nuevo presidente. Sobre el gobierno de Kirchner pareció establecer continuidades y también algunas rupturas.

Desde esos modelos Fernández comenzó ayer la difícil tarea de construir su liderazgo. El presidente pareció plantearlo sobre dos premisas definidas: un llamado a dejar atrás la grieta que divide a la Argentina (habló de “odio” y de “rencor”) y la necesidad de una reparación del tejido social, dañado por una crisis profunda y resistente.

Hay un dato del mensaje de ayer que tal vez ilustre el ánimo con el que parece abordar Fernández estos dos desafíos. Su caracterización del paisaje social que deja el gobierno saliente fue descarnada, construida en base a las estadísticas que, como dijo, proporciona el propio gobierno saliente. Fernández mencionó los índices de pobreza e indigencia; de desempleo y  caída de la actividad; el derrumbe de la actividad industrial, el cierre de empresas, el crecimiento de la deuda en términos de PBI, la profundidad de la devaluación de la moneda. Sin embargo Fernández no hundió el dedo en esa llaga viva que se lleva Macri. No es una señal menor.

El presidente evitó dar precisiones acerca de con qué instrumentos hará frente a este escenario ni cuáles serán sus primeras medidas. Reiteró sin embargo su propuesta conformar una mesa intersectorial para la lucha contra el hambre, anunció créditos a tasas subsidiadas para familias y pymes asfixiadas por deudas y un programa de reactivación de la obra pública. El esfuerzo recaerá en los sectores con mayor capacidad contributiva, dijo. ¿Otra pulseada por las retenciones?

Fernández también conceptualizó la cuestión del abordaje de la deuda. Su propuesta básicamente sigue la narrativa forjada en la recordada frase de Kirchner ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, donde advirtió  que “los muertos no pagan”. El presidente volvió sobre una consigna que ha empleado otras veces: “Para poder pagar hay que crecer”. Ya había anticipado –el viernes pasado, durante la presentación de su gabinete- que su equipo mantenía negociaciones “silenciosas” con el Fondo Monetario Internacional. No avanzó acerca cuál es el plan para enfrentar los compromisos con los acreedores privados, aunque se ha insistido en que contempla un reprogramación de los pagos de capital e intereses. El plan está en manos de flamante ministro de Economía, Martín Guzmán.  

El acuerdo con los privados dependerá en buena medida del grado de solvencia fiscal que demuestre el programa económico y de las negociaciones con el Fondo. Una muñeca dentro de la otra, para un avance  de las discusiones con el Fondo Fernández requerirá del apoyo de la secretaría del Tesoro de los Estados Unidos, el principal accionista del organismo multilateral.

El inesperado retiro del enviado de Washington de los actos de ayer es una señal que Fernández debería ver con preocupación. Mauricio Calver- Carone, asesor para la región del presidente Donald Trump y con quien el presidente se reunió durante su reciente visita a México abandonó el país y levantó una serie de encuentros previstos para hoy con funcionarios del nuevo gobierno. Lo hizo disgustado por la presencia en la Argentina del ecuatoriano Rafael Correa, con un pedido de captura en su país, y la del ministro de Comunicación de Venezuela, Jorge Rodríguez, que tiene formalmente prohibido el ingreso a la Argentina y a otros países. El disgusto es extensible a Trump. Venezuela es una cuestión sobre la que el presidente republicano, en el umbral de su campaña por la reelección, se sabe no reconocerá ambigüedades al nuevo gobierno. Lo demostró desde la hora cero.

Entre los anuncios que dejó su mensaje ante la Asamblea Legislativa, Alberto Fernández ratificó su promesa de impulsar una profunda reforma de la justicia federal, con el envío de un proyecto de ley al Congreso, a lo que agregó su iniciativa de intervenir la Agencia Federal de Inteligencia. Fernández dio un registro de reivindicación a esas decisiones y sentenció un “Nunca Más” (en mayúsculas en el original que distribuyó su equipo de comunicación) a las “persecuciones indebidas y  a las detenciones arbitrarias inducidas por los gobernantes y silenciadas por cierta complacencia mediática”. Fue una señal en varias direcciones, pero especialmente, destinada a los jueces, sobre lo que el presidente esperar de las causas que comprometen a Cristina Kirchner.

No es claro cómo Fernández va a armonizar su interpretación sobre esos procesos –muchos avanzados- con su obligación de no interferir en la actuación de la justicia. En las últimas semanas pasó de objetar cuestiones procedimentales a desconocer la legitimidad de todos los juicios en marcha. Como sea, cada vez es más visible que este reclamo del presidente es un capítulo constitutivo del acuerdo al que llegó con la hoy vicepresidenta para sellar primero su reconciliación y luego la alianza estratégica que los devolvió al poder.

Es inevitable mencionar la inquietud con el que la expresidenta pareció seguir el discurso leído de presidente. Parecía además desconocer su contenido. Allí recogió una única mención, sobre el final, de agradecimiento su “generosidad” y reconocimiento a su “visión estratégica”. No fue reconocida sin embargo como modelo, como los expresidentes Alfonsín y Kirchner: Fernández ha sido un despiadado crítico de la gestión de la expresidenta y hubiera sido inverosímil que lo hiciera. Los archivos están disponibles para cualquiera. Finalmente, el abrazo con Macri y el llamado a superar odios y rencores son señales alentadoras para la nueva etapa. Lograr una Argentina unida será sin embargo un desafío tan difícil para el nuevo presidente como mantener unido al peronismo. Aunque tal vez no tanto.


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