Alejandro Centeno, el bombero que sacó los cuerpos de las cenizas, no encuentra alivio: «Cuando cierro los ojos todavía veo sus caritas»
VIEDMA (AV)- Alejandro Centeno tiene 19 años de policía y ocho de bombero rentado. Pero nunca vivió un hecho tan desgarrador como el del domingo a la mañana. La imagen permanece en su retina aun cuando cierra los ojos e intenta conciliar el sueño. La muerte de los dos hermanitos de un año y medio y 4, en una precaria casilla de madera, marcará un antes y un después en su vida.
Y sabe que debe ser fuerte para contener a su dotación y para seguir desarrollando su trabajo, en el que, tristemente, estos hechos pueden repetirse.
«Nos queda un grado de culpa, no me hago cargo de todo, pero sí de no poder responder más rápido ante una necesidad como ésta. Si hubiéramos llegado cinco minutos antes tal vez se habrían salvado», dice el sargento primero Centeno con impotencia. «Tal vez nos hubiéramos quemado nosotros también, pero nos hubiéramos mandado. Si hubiese habido gritos, uno se manda, pero ya no había nada que hacer. Estaba todo prendido y la gente gritaba ¡están adentro!», relata con un dolor que estremece.
Daiana y Emanuel, los dos chiquitos que el domingo al mediodía murieron calcinados en la casita de cantonera y cartón, revestida con nailon, buscaron refugio entre las ropas acomodadas en un armario de madera, pretendiendo torcer el destino. «Cuando llegamos -luego de los seis minutos más largos de su vida- quedaba una pila de ropa, la salamandra puesta -con dos troncos encendidos-, la cocina con una garrafa -echando fuego como un soplete-, la cama de una plaza y media donde dormían los tres, al costado un roperito con toda la ropa. Lo primero fue apagar el fuego y no pensar que estaban adentro. Al ver todo así tratábamos de convencernos de que los vecinos los habían sacado. Pero cuando mi compañero abrió el chorro tipo niebla para despejar un poco el humo se vio a la bebé y eso fue terrible», relata.
Malvina, la madre de los pequeños había salido unos minutos antes dejándolos solos con la cocina y la salamandra encendida. Los tres habían sido protagonistas hace un mes de una cruda nota del diario local Al Día en la que la mujer de 26 años mostraba sus carencias y pedía ayuda.
«Hace casi dos años que estoy viviendo acá, no tengo luz, no tengo gas, tengo agua solamente, y acá adentro se llueve todo, hace mucho frío, por ahí tengo para darles de comer a mis chicos, a veces no», decía en aquella entrevista del 17 de mayo pasado. «No tengo trabajo, pero estoy dispuesta a planchar o cualquier cosa con tal de tener plata en el día.
Puedo cuidar chicos, lavar, limpiar casas. A veces hasta consigo changuitas, saco yuyos de los terrenos», dijo la madre entonces. Aseguró que su necesidad primordial era contar al menos con luz, zapatillas, pañales y leche para los chicos, y un trabajo, por supuesto, que supliera los 225 pesos por mes con los que subsistía.
Desde el domingo todas esas carencias pasaron a ser nada. Sus sueños se hicieron cenizas. Y los indefensos nenitos murieron
abrazados dentro del infierno en el que se transformó la pequeña casilla del loteo Silva, donde la Municipalidad les había asignado el terreno que ocupaban.
«Cuando me acuesto y cierro los ojos veo esas caritas que están ahí. Qué paradoja, alguna vez llegué a tiempo y pude rescatar un nene de las llamas y el humo. Y me dieron un diploma por eso. Pero esta vez no pude hacer nada», se culpa Centeno, buscando refugio en su familia que lo acompañará mientras recupera fuerzas para volver mañana a la guardia.
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