América Latina no puede seguir viviendo a corto plazo

A fines de marzo del año pasado llamé a mis padres en Bolivia para pedirles que usaran barbijo, tomaran precauciones al salir a la calle y evitaran las reuniones sociales; me escucharon extrañados, pues para entonces los casos eran muy pocos.  


Les insistí que, así como a nosotros en Nueva York el virus nos estaba golpeando con todas sus fuerzas tal como había ocurrido antes en Italia y al principio en China, era solo cuestión de tiempo para que aterrizara al sur del continente.


Seguro que soné alarmista, pero poco después aparecieron los primeros casos en el país y, con ellos, el pánico: barrios que querían expulsar a los afectados por el virus, hospitales que no los recibían, etc.
En las redes sociales, la gotera inicial se convirtió en lluvia de pedidos de espacio en los hospitales y las clínicas privadas, ruegos de plasma y tanques de oxígeno. Luego comenzaron a llegar las necrológicas.


Lo que ha ocurrido en Bolivia se replicó en la mayoría de los países de América, el continente más vapuleado por la crisis sanitaria.
Hubo excepciones iniciales y países cuyos gobiernos reaccionaron razonablemente bien en la primera ola, pero la tónica general fue de falta de preparación para la pandemia.


Llegó a haber ciudades con muertos en las calles y necesitadas de expandir sus cementerios (Guayaquil, y la ciudad de Manaos en Brasil).
Así, un continente crispado por la exacerbación de las desigualdades (las protestas en Chile), la crisis política y de derechos humanos (en Bolivia, Venezuela, Nicaragua, Cuba, Perú, etcétera), la violencia contra sus líderes sociales (en Colombia) y la crisis migratoria en el país venezolano, recibió desprevenido la llegada del virus.


Casi un año después, la devastación abruma: informes de las organizaciones internacionales señalan que la pandemia producirá 45 millones de nuevos pobres en América Latina y que el Producto Interno Bruto ha tenido su mayor descenso en más de un siglo.
No obstante la llegada de las variadas vacunas, todavía cuesta comenzar a pensar en  una salida.


El continente sufre, en este mismo instante, una segunda ola brutal de la pandemia, con récords de muertes y contagios desde México hasta Brasil, y con el agregado de gobernantes negacionistas tanto de la derecha (Jair Bolsonaro en Brasil) como de la izquierda (Daniel Ortega en Nicaragua).
 Sí se puede intuir que, cuando baje la marea, nuestras sociedades tendrán como prioridad buscar un mejor contrato social que fortalezca lo que se ha visto superado.

Reordenamiento
Los gobiernos deberán enfrentarse a estas demandas con el descontento en las calles, en medio de la deuda y la contracción económica continental y global, y con una ciudadanía dispuesta a tomar la iniciativa, cansada de los dirigentes y partidos mediocres que no han dado la talla.


El reordenamiento debe pasar por la necesidad de fuertes inversiones para mejorar las infraestructuras de salud, educación y comunicaciones.
Pese a la lucha heroica de los doctores y las enfermeras, los sistemas de salud pública se han visto precarios y obsoletos, y han mostrado qué puede ocurrir cuando los gobiernos no los priorizan.


El reordenamiento debe pasar por la necesidad de fuertes inversiones para mejorar las infraestructuras de salud, educación y comunicaciones.



Sin acceso a un buen servicio de internet, las diferencias de por sí notables en la calidad de la educación entre colegios privados y públicos, y zonas urbanas y rurales, no han hecho más que exacerbarse.


Para paliar la desigualdad social será necesaria la intervención del Estado.
El virus ha acaparado casi toda la discusión, pero también ha habido noticias positivas, desde la salida a la crisis política en Bolivia a través de elecciones hasta la aprobación en la Argentina del derecho al aborto −una victoria de los movimientos feministas− y la convocatoria en Chile a una Asamblea Constituyente para discutir la redacción de una nueva constitución.

Sociedades más justas
Los cambios apuntalan la necesidad de construir sociedades más justas y democráticas para la región, con justicia y democracia duradera que no dependan de un solo gobierno ni de una sola generación, y que no puedan desmoronarse con las crisis futuras que todavía nos queda por sobrellevar.
 En un continente dado al corto plazo, no es poco.


En medio de la crisis sanitaria hubo incendios forestales en Brasil y Argentina, y tanto la deforestación como la explotación de los recursos naturales y la expansión de nuestras fronteras agrícolas siguieron avanzando, imparables.


Con nuestro accionar afectamos el equilibrio de los ecosistemas; estamos viviendo ya en un estado permanente de emergencia.
Algunos dirán que eso no es nuevo para los ciudadanos latinoamericanos, acostumbrados a saltar sin transiciones de una crisis a otra.


 Sin embargo, en este momento de reconfiguración de las fuerzas geopolíticas, tenemos una gran oportunidad para impulsar las reestructuraciones que nos gustaría ver en la región de América Latina.
 Si no es después de una pandemia que nos ha obligado a ver la profundidad de nuestras carencias, ¿cuándo?

* Escritor boliviano y profesor de literatura latinoamericana en la universidad de Cornell (Nueva York). Servicio de The Washington Post.


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