Ante el dolor de los demás

Por Redacción

Un tren llamado con justicia La Bestia recorre de sur a norte el territorio mexicano. Lleva cientos de centroamericanos pobres que anhelan llegar a Estados Unidos. Atraviesan miles de kilómetros con calores y fríos extenuantes, son víctimas de asaltos, pasan hambre y sed. Buscando eludir los controles migratorios, viajan hasta en el techo de los vagones de carga. Muchos caen del tren en marcha; los más afortunados pierden una pierna; los menos, la vida. Niños, mujeres, hombres, jóvenes, hay noticias de ellos a diario. Cuando son noticia, como ocurrió estos días, es porque los encuentran muertos. Diez perecieron asfixiados en San Antonio, Texas, en un camión sin ventilación adonde los traficantes los dejaron encerrados. Desaparecidos del noticiero, desaparecen de nuestra atención. Hay más noticias. Sobre migrantes africanos ahogados en el Mediterráneo, por ejemplo. Y sobre gente que duerme en la calle.

Desde una distancia contemplativa, participamos del dolor del mundo como espectadores. Las imágenes de la violencia ¿nos conmueven, nos indignan o nos vuelven insensibles? A propósito de las representaciones del desastre, particularmente de la fotografía de guerras, hambrunas y catástrofes, Susan Sontag escribió el ensayo “Ante el dolor de los demás” (2003). “Hace falta estoicismo en provisión suficiente cada mañana para llegar al final de ‘The New York Times’, dada la probabilidad de ver fotos que podrían provocar el llanto”, dice en referencia a la publicación en tapa de tres fotos a todo color de soldados muertos en Kabul en 2001.

Atribuye a las fotografías dos condiciones contradictorias: ser objetivas y tener, al mismo tiempo, un punto de vista. Son registro imparcial de lo real –hay una máquina que lo registra pero hay una persona que encuadra la escena–. Impone así su subjetividad.

Quienes contemplamos esas imágenes somos tan subjetivos como el que más y, mientras las miramos y después de verlas, componemos en palabras las emociones que nos suscita esa contemplación. En palabras damos nuestro propio encuadre a lo que vemos.

Anda en uso estos tiempos una expresión curiosa para designar a personas en o de determinada condición. Es una forma de comportamiento verbal que suaviza los rigores de la realidad; posiblemente originada en las ciencias sociales, consiste en anteponer “en situación de” a la existencia de seres humanos afectados por circunstancias vitales por lo común desfavorables. Así, se habla de personas “en situación de”. De calle, de vulnerabilidad, de encierro, de maltrato, de discapacidad, de violencia, de prostitución, de trata… Es un giro lingüístico que se puede asimilar al eufemismo.

Eufemismo: manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante, según el diccionario. ¿Dura para quién? ¿Para quienes están de día en la calle buscando qué comer, para quienes duermen en la calle a la noche, estas noches implacables de invierno? La suavidad y el decoro ¿vendrían a ser la compensación, por vía de la palabra, de tanta falta, de tanto olvido? Como ante la contemplación de imágenes de guerra que relata Susan Sontag, dan ganas de llorar. También las palabras representan. Parece un gesto compasivo enunciar “personas en situación de calle” antes que asumir que habitamos el mismo tiempo y el mismo espacio con niñas, niños, mujeres, viejos y jóvenes “de la calle”, como se decía antes con menos elegancia académica. De acuerdo con este tratamiento, a los centroamericanos y africanos que perecen en su desesperación por vivir ¿deberíamos llamarlos “en situación de migración”, “en situación de hambre”, “en situación de descartables”?

Estar “en situación de” disuelve en espuma una condición áspera y dura como una piedra. A favor de su uso se puede conceder que esas personas atraviesan una circunstancia lamentable que superarán pronto. Un mientras tanto. Están en esa situación como quien hace una parada técnica en un viaje cuyo destino es la felicidad. Pero sabemos que no es así. Los gobernantes y los políticos y los periodistas y los cientistas sociales y los hablantes de español, todos deberíamos afrontar la infamia que encubren nuestras palabras y aceptar que nos confortamos en el disimulo con que nombramos. “En situación de” habla menos de esperanza que de un continuo presente irremediable. Quizás encierra una discreta expresión de deseos. Y quizás nos consuela pensar que el sufrimiento de nuestro prójimo –ese remoto otro para nuestra experiencia de espectadores– sea tan pasajero como un dolor de muelas. No sé. Mientras escribo, no dejan de resonarme estos viejos versos de Rainer Maria Rilke, estas otras palabras:

No estoy solo jamás.

Muchos de los que vivieron antes que yo

y de mí huyeron

tejieron,

tejieron lo que soy.

Y si me siento a tu lado

y dulcemente te digo: he sufrido

¿me oyes?

Quién sabe quién

lo murmurará conmigo.

*Periodista

Desde una distancia contemplativa, participamos del dolor como espectadores. Las imágenes de la violencia ¿nos conmueven, nos indignan o nos vuelven insensibles?

Quizás nos consuela pensar que el sufrimiento de nuestro prójimo –ese remoto otro para nuestra experiencia de espectadores– sea pasajero.

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Desde una distancia contemplativa, participamos del dolor como espectadores. Las imágenes de la violencia ¿nos conmueven, nos indignan o nos vuelven insensibles?
Quizás nos consuela pensar que el sufrimiento de nuestro prójimo –ese remoto otro para nuestra experiencia de espectadores– sea pasajero.

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