Antisemitismo en Chubut

Redacción

Por Redacción

Aunque se informa que ya están a disposición de la Justicia los integrantes de la banda de antisemitas violentos, de mentalidad neonazi, que hace poco agredieron a turistas israelíes en la localidad chubutense de Lago Puelo, acusándolos de ser soldados que se proponían conquistar la Patagonia, no será del todo fácil curar al país del mal del cual aquellos sujetos son un síntoma. Lo mismo que en otras partes del mundo, aquí la hostilidad hacia los judíos, una obsesión que desde hace milenios se alimenta de teorías conspirativas delirantes, parece inmune a los argumentos racionales. Se atribuye a Vladimir Lenin la definición del antisemitismo como “el socialismo de los imbéciles”; hasta cierto punto tenía razón pero, por desgracia, comparten el prejuicio así calificado no sólo individuos lumpen como sería de esperar sino también otros, entre ellos clérigos reaccionarios que se oponen al cambio de actitud reciente del Vaticano, políticos de bajo vuelo y algunos intelectuales marginales. Por sus propios motivos, tales personajes se dedican a aprovechar el antisemitismo de los “imbéciles”. A través de los años, en algunos países han conseguido el poder suficiente como para organizar pogromos brutales e incluso, en el caso de la Alemania nazi, para asesinar sistemáticamente, con métodos industriales, a millones de hombres, mujeres y niños. Si bien en la Argentina el antisemitismo nunca ha alcanzado las proporciones genocidas que tuvo en Europa antes de la derrota del nazismo, o que en la actualidad tiene en casi todo el mundo musulmán en el que quedan muy pocos judíos, siempre ha sido motivo de preocupación. Es de temer que las repercusiones políticas y por lo tanto sociales de la muerte difícilmente explicable del fiscal a cargo de la causa AMIA, Alberto Nisman, sirvan para alentar a antisemitas profesionales que últimamente han mantenido un perfil bajo. Entre los acusados de colaborar con el intento de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner de pasar por alto, por razones comerciales, la presunta participación de miembros de la elite gobernante de la República Islámica de Irán en el asesinato de 85 compatriotas en la voladura del centro comunitario judío, están no sólo el canciller Héctor Timerman sino también el piquetero Luis D’Elía y el líder de Quebracho Fernando Esteche que, con el pretexto de sentirse solidarios con los palestinos, suelen participar con fervor en manifestaciones supuestamente antisionistas, o sea, contra todo cuanto puede vincularse con Israel y, por extensión, con el pueblo judío. Así las cosas, no extrañaría en absoluto que los antisemitas vieran en la crisis política provocada por las denuncias de encubrimiento que fueron formuladas por Nisman y que fueron seguidas algunos días después por su muerte en circunstancias aún no aclaradas, una oportunidad para fomentar el odio religioso y étnico. En todos los países –incluyendo a algunos que, como el Japón, nunca han contado con comunidades judías significantes–, el antisemitismo ha adquirido características locales; en el nuestro, a menudo tiene que ver con el plan fantasioso que les es imputado de hacer de la Patagonia una alternativa a Israel. Con todo, se trata de un fenómeno internacional en que episodios en un país determinado suelen incidir directamente y, gracias a la proliferación de medios sociales, hoy en día instantáneamente, en los demás. Así, pues, los ataques contra los turistas en Chubut contribuirán, sobre todo en Israel, a la sensación de que, una vez más, el antisemitismo pone en peligro la vida y bienestar de virtualmente todos los judíos, puesto que han coincidido con la brutal agresión yihadista contra los clientes de un almacén kosher en París en que murieron cuatro y con una serie de incidentes menos truculentos, pero muy preocupantes, en Suecia, el Reino Unido, Bélgica y otros países europeos. Puede que sea exagerado el miedo que sienten muchos judíos en diversas partes del mundo, incluyendo la Argentina, pero el que miles de franceses se crean más seguros en Israel, un pequeño país rodeado de enemigos desalmados, que en Francia, y que en el resto del mundo tantos estén preguntándose si les convendría irse antes de que sea demasiado tarde, hace pensar que sea cuestión de algo más que una psicosis colectiva.


Aunque se informa que ya están a disposición de la Justicia los integrantes de la banda de antisemitas violentos, de mentalidad neonazi, que hace poco agredieron a turistas israelíes en la localidad chubutense de Lago Puelo, acusándolos de ser soldados que se proponían conquistar la Patagonia, no será del todo fácil curar al país del mal del cual aquellos sujetos son un síntoma. Lo mismo que en otras partes del mundo, aquí la hostilidad hacia los judíos, una obsesión que desde hace milenios se alimenta de teorías conspirativas delirantes, parece inmune a los argumentos racionales. Se atribuye a Vladimir Lenin la definición del antisemitismo como “el socialismo de los imbéciles”; hasta cierto punto tenía razón pero, por desgracia, comparten el prejuicio así calificado no sólo individuos lumpen como sería de esperar sino también otros, entre ellos clérigos reaccionarios que se oponen al cambio de actitud reciente del Vaticano, políticos de bajo vuelo y algunos intelectuales marginales. Por sus propios motivos, tales personajes se dedican a aprovechar el antisemitismo de los “imbéciles”. A través de los años, en algunos países han conseguido el poder suficiente como para organizar pogromos brutales e incluso, en el caso de la Alemania nazi, para asesinar sistemáticamente, con métodos industriales, a millones de hombres, mujeres y niños. Si bien en la Argentina el antisemitismo nunca ha alcanzado las proporciones genocidas que tuvo en Europa antes de la derrota del nazismo, o que en la actualidad tiene en casi todo el mundo musulmán en el que quedan muy pocos judíos, siempre ha sido motivo de preocupación. Es de temer que las repercusiones políticas y por lo tanto sociales de la muerte difícilmente explicable del fiscal a cargo de la causa AMIA, Alberto Nisman, sirvan para alentar a antisemitas profesionales que últimamente han mantenido un perfil bajo. Entre los acusados de colaborar con el intento de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner de pasar por alto, por razones comerciales, la presunta participación de miembros de la elite gobernante de la República Islámica de Irán en el asesinato de 85 compatriotas en la voladura del centro comunitario judío, están no sólo el canciller Héctor Timerman sino también el piquetero Luis D’Elía y el líder de Quebracho Fernando Esteche que, con el pretexto de sentirse solidarios con los palestinos, suelen participar con fervor en manifestaciones supuestamente antisionistas, o sea, contra todo cuanto puede vincularse con Israel y, por extensión, con el pueblo judío. Así las cosas, no extrañaría en absoluto que los antisemitas vieran en la crisis política provocada por las denuncias de encubrimiento que fueron formuladas por Nisman y que fueron seguidas algunos días después por su muerte en circunstancias aún no aclaradas, una oportunidad para fomentar el odio religioso y étnico. En todos los países –incluyendo a algunos que, como el Japón, nunca han contado con comunidades judías significantes–, el antisemitismo ha adquirido características locales; en el nuestro, a menudo tiene que ver con el plan fantasioso que les es imputado de hacer de la Patagonia una alternativa a Israel. Con todo, se trata de un fenómeno internacional en que episodios en un país determinado suelen incidir directamente y, gracias a la proliferación de medios sociales, hoy en día instantáneamente, en los demás. Así, pues, los ataques contra los turistas en Chubut contribuirán, sobre todo en Israel, a la sensación de que, una vez más, el antisemitismo pone en peligro la vida y bienestar de virtualmente todos los judíos, puesto que han coincidido con la brutal agresión yihadista contra los clientes de un almacén kosher en París en que murieron cuatro y con una serie de incidentes menos truculentos, pero muy preocupantes, en Suecia, el Reino Unido, Bélgica y otros países europeos. Puede que sea exagerado el miedo que sienten muchos judíos en diversas partes del mundo, incluyendo la Argentina, pero el que miles de franceses se crean más seguros en Israel, un pequeño país rodeado de enemigos desalmados, que en Francia, y que en el resto del mundo tantos estén preguntándose si les convendría irse antes de que sea demasiado tarde, hace pensar que sea cuestión de algo más que una psicosis colectiva.

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