Armen Grigorian: “La URSS no quería que se hablara de eso”

Profesor de danza clásica en el INSA, en General Roca, Armen Grigorian sostiene que recién con la Perestroika, que posibilitó que Armenia fuera un país libre, su población pudo construir un relato organizado sobre el genocidio del que fue blanco hace un siglo.

Por Redacción

ENTREVISTA

-En términos de sangre directa, ¿cómo lo toca el genocidio armenio?

-Mi abuelo paterno tenía doce hermanos… los turcos otomanos los asesinaron a todos.

-¿Y ese desgarro estaba en el relato familiar?

-Sí, claro, pero estaba muy constreñido a ese espacio.

-¿Qué quiere decir eso?

-Que en términos de la dimensión, de la proyección que tuvo el genocidio turco sobre el pueblo armenio, hubo varias generaciones de armenios que nos criamos con un relato fragmentado. La tragedia estaba, pero no había una cultura -digamos así- protagonista, activa, destinada a desgranar como tal lo sucedido.

-¿En referencia a qué se puede ilustrar esto?

-Bueno… el Holocausto, por ejemplo, o aquí mismo, en Argentina, con lo sucedido durante la dictadura militar. No comparo magnitudes, no, no. Genocidio es genocidio. Para un caso y otro surgió y se transmitió abiertamente un relato. Nada lo condicionó. Pero para el caso armenio sí hubo un impedimento: lo que fue la hoy ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Armenia formaba parte de la URSS. Y por razones políticas no le interesaba que Armenia hablase del genocidio del que había sido blanco.

-Genocidio que hacía a la identidad del pueblo armenio…

-Por supuesto.

-El hecho de que Turquía fuese aliado de la OTAN y primera línea de contacto con la URSS en que incluso había misiles nucleares hasta la crisis de Cuba del 62, ¿cómo jugaba para los soviéticos en relación con el relato del genocidio?

-Y, era un espacio político-estratégico de cuidado. A Moscú no le interesaba que los armenios tuviésemos una cultura del relato del genocidio que nos galvanizara, nos fortaleciera en términos de identidad e irritáramos a Turquía que, si hoy se resiste a reconocer que ejecutó un genocidio, imagínese los términos en que lo negaba durante la Guerra Fría.

-Usted es un armenio de generación intermedia…

-Lo somos todos aquellos a los que hace más de una década nos trajo Norberto “Tilo” Rajneri a Roca, al INSA. Estamos doblando los 40.

-Es decir, apelando al sistema de Ortega y Gasset para periodizar generaciones, la de ustedes sería la quinta tras el genocidio. ¿Cómo definir en términos muy certeros el conocimiento en que fue creciendo su generación en relación con ese horror?

-Y, era un tema tabú. No se hablaba mucho.

-¿Hay un momento en que para esa generación y las que siguen se libera un relato orgánico, activo, de lo sucedido?

-Cuando avanza la década del 80, con Mikhail Gorbachov como mecánico que va tornillo por tornillo desarmando la URSS, Perestroika mediante. Ahí se comenzó a hablar más y más y con detalles, precisiones. Se suelta el relato familiar, se junta con otros relatos familiares, con otros espacios y así y así, uniendo cabos, dejando silencios, se fueron zurciendo las partes y tejiendo el relato total. Yo vivía en la capital de Armenia y… y… (N. de la R.: aquí la voz de Armen parece suavemente ganada por simbiosis de emociones y recuerdos)

-¿Y qué?

-Y, éramos adolescentes en un país que revolvía su historia… mucho querer saber más y más. Espíritus inquietos, claro. Yo ya había tenido un tiempo de estremecimientos con el tema de nuestro genocidio. Fue cuando mi padre comenzó a contarme lo que le había sucedido a su familia, 12 hermanos de su papá, asesinados… ¡12! Mientras me contaba, todo mi cuerpo era temblor. Y fue en ese tiempo de relato que comencé a sentirme muy orgulloso de ser armenio, de tener esa identidad que sobrevivía al genocidio. Recuerdo que pensaba en mi abuelo, al que no conocí… murió en el 67 y yo soy del 72. Pensaba en él… si perder un hermano es todo un tema, perder 12… Hoy tengo una especie de memorias que iba escribiendo. La familia de mi madre no sufrió la persecución turca porque vivía en la Armenia rusa.

-¿Nunca le reprochó a su padre el no haberle dado un relato firme de lo sucedido?

-Reproche no, pero hablamos mucho del tema, sí. Es un tema complicado. Mi abuelo había sido -con la URSS- primer secretario del PC en dos provincias, algo así como un gobernador. Y, además, había estado en la Corte Suprema de Justicia de la República de Armenia de entonces. O sea, tenía conocimiento de lo sucedido pero no podía hablar mucho, y en ese marco se crió mi padre. Pero mi abuelo dejó una especie de memorias en libretas para nosotros y tienen un gran valor, claro.

-¿De pibe tuvo amigos turcos?

-No, no. Pero mi papá trabajó con turcos. En realidad, hubo momentos en que en distintas zonas no había problemas entre turcos y armenios, pero el pasado estaba.

-De los relatos con que fue construyendo ese pasado, el horror, ¿hay alguna figura que lo sigue estremeciendo?

-Sí, sí: el encierro de familias y familias armenias en galpones… prenderles fuego.

-¿Odia a los turcos?

-No, pero no pueden seguir negando el genocidio que cometieron.

-Y un día, Argentina…

-…y Río Negro y Neuquén, a los que quiero mucho.

El largo cinismo

Tiene razón el sociólogo Gabriel Sivinian en sus trabajos sobre el genocidio armenio: esa sangría sólo fue posible vía la complicidad de las máximas potencias europeas del tiempo en turno.

Y, al margen de este juicio ajustado sin más a realidad, cabe acotar que Turquía logró construir la negación de su responsabilidad en la matanza vía el respaldo de las potencias y superpotencias que derrotaron al Tercer Reich en la Segunda Guerra.

Toda una complicidad fundada en razones de intereses que, si algo los define, es su extremo cinismo.

Señala Sivinian, por caso: “En tiempos del genocidio armenio, y aun en fases de planificación previa y negación posterior, las burguesías euro-occidentales y sus Estados imperiales se asociaron, financiaron, asesoraron y protegieron diplomáticamente al Estado turco. La forma en los que los Estados europeos, junto a los imperios austro-húngaro y ruso, repartirían áreas de influencia destruido Imperio Otomano fue un eje central en la política occidental en el siglo XIX. Las potencias alentaron sucesivamente fuerzas centralistas y autonomistas en un mosaico multiétnico y multiconfesional”.

Así acunaron las potencias europeas a Turquía.

Y ya en la Guerra Fría, con Estados Unidos como poder excluyente en el tramo occidental y Moscú en el oriental, un acuerdo: Turquía era necesaria para los dos. Era un punto que las dos se mostraban los colmillos. Pero lo querían preservar, no pegar el tarascón para un lado o el restante.

Valía su posición geográfica. El que rompía las reglas, las rompía a lo largo de todas las fronteras de la Guerra Fría.

¿Para qué, entonces, mirar con ojos acusadores a Turquía por el asesinato de 1.500.000 armenios?

Cinismo, depurado cinismo.