Empezó en el garaje de su casa y hoy lidera una fábrica de muebles sustentables: la historia de «La Chica del Plástico»
Con solo una trituradora manual y un horno doméstico, la marplatense Josefina Diez comenzó a experimentar con residuos en 2020. Hoy maneja una planta industrial, tiene más de 130 mil seguidores en redes y demuestra que la ecología también puede ser un negocio viable.

Toda gran idea suele tener un comienzo modesto, y la historia de Josefina Diez no es la excepción. En 2020, en plena pandemia, esta licenciada en Gestión Ambiental egresada de la Universidad Tecnológica Nacional (UTN) pasaba sus días observando con preocupación la cantidad de residuos plásticos de un solo uso que contaminaban las playas de La Perla, el barrio norte de Mar del Plata donde se crió. Convencida de que el diagnóstico académico no alcanzaba, decidió actuar.
El primer laboratorio de lo que hoy es MarSinPlast no fue un complejo parque industrial, sino el propio hogar familiar. Con la ayuda de sus padres, Gabriela y Hugo, Diez instaló una pequeña trituradora manual y un horno doméstico adaptado. Allí, entre pruebas y errores, empezó a fundir las tapitas y envases de plástico que les pedía a sus propios vecinos.
Seis años después, aquel ensayo casero se transformó en una fábrica a escala urbana que procesa toneladas de plástico al año, consolidando a su creadora en el mundo digital como «La Chica del Plástico», un fenómeno que ya supera los 130 mil seguidores en Instagram.
De los primeros llaveros a las placas de alta resistencia
Al principio, el taller familiar producía objetos pequeños: llaveros, macetas y bebederos para mascotas. Sin embargo, el objetivo de la joven profesional siempre fue ir más allá del souvenir ecológico. Diez sabía que para generar un impacto real en el medioambiente necesitaba retirar del circuito volúmenes masivos de basura.
Para lograrlo, el proyecto tuvo que salir del garaje. MarSinPlast se mudó a una planta industrial y tecnificó sus procesos. Hoy en día, la fábrica recibe rezagos industriales, plástico recuperado de campañas de limpieza de playas y aportes de una red comunitaria cada vez más grande.


El corazón del negocio actual es la fabricación de paneles plásticos ecológicos. A través de un proceso de termofusión controlada —que calienta el material sin quemarlo para evitar la emisión de gases tóxicos—, el plástico triturado se convierte en placas rígidas de alta densidad. Estas placas se cortan y ensamblan para transformarse en muebles de diseño: desde cómodas y estanterías para el hogar hasta mobiliario urbano.
La ventaja del material: A diferencia de la madera tradicional, estos muebles de plástico reciclado son inmunes al agua, no se corroen con el salitre marítimo y tienen una durabilidad de décadas, cerrando de manera perfecta el ciclo del residuo.
El «boom» digital: una comunidad que tracciona la producción
La escala industrial de MarSinPlast no se explica sin el éxito de Josefina en las redes sociales. Bajo el lema «mejor hecho que perfecto», «La Chica del Plástico» logró construir una audiencia masiva que conecta con un ecologismo realista y alejado de los discursos prohibitivos.

Esa comunidad no es pasiva: es la que alimenta la materia prima de la fábrica y la que consume sus productos. Además, su perfil la convirtió en una referente de consulta para escuelas, universidades y corporaciones que buscan asesoramiento para reducir su huella de carbono.
La historia de Josefina Diez demuestra que el camino de la sustentabilidad no se reduce a una acción romántica de limpieza de playas. Con visión comercial, rigor técnico y constancia, la joven marplatense logró demostrar que el cuidado del planeta puede convertirse en un motor de empleo verde y en una industria con sello local.

Toda gran idea suele tener un comienzo modesto, y la historia de Josefina Diez no es la excepción. En 2020, en plena pandemia, esta licenciada en Gestión Ambiental egresada de la Universidad Tecnológica Nacional (UTN) pasaba sus días observando con preocupación la cantidad de residuos plásticos de un solo uso que contaminaban las playas de La Perla, el barrio norte de Mar del Plata donde se crió. Convencida de que el diagnóstico académico no alcanzaba, decidió actuar.
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