Chile sacudido
Hasta hace muy poco la presidenta saliente chilena, Michelle Bachelet, contaba con un índice de aprobación extraordinariamente elevado, superior al 80%, pero según las encuestas de opinión su reacción frente al devastador terremoto del 27 de febrero la ha privado de una parte del aura de autoridad que le habían supuesto casi cuatro años de gestión competente, lo que podría incidir en su propio futuro ya que se preveía que por ser la dueña de una imagen envidiable esperaría volver al poder luego de un interregno conservador. A juicio de algunos de sus compatriotas, en las horas que siguieron a la catástrofe Bachelet se mostró vacilante, demasiado propensa a minimizar los alcances de lo que había ocurrido y, por lo tanto, reacia a pedir asistencia extranjera y a ordenar el despliegue de fuerzas militares no sólo para poner fin a los saqueos que pronto comenzaron a darse sino también para que se aprovechara su capacidad para organizar y repartir ayuda humanitaria. Puede que muchas críticas hayan sido injustas, ya que es comprensible que por algunas horas Bachelet se haya negado a entender que su país acababa de sufrir uno de los terremotos más fuertes de los tiempos modernos y que era insensato proponerse prescindir de la ayuda que podrían proporcionar otros países, como el nuestro. También lo es que, en vista de la historia reciente de Chile, hubiera preferido no tener que militarizar las zonas densamente pobladas más afectadas, pero sucede que en la actualidad es normal exigirles a los mandatarios saber reaccionar con gran eficacia ante cualquier desastre natural. Por lo demás, es inevitable que los adversarios políticos del gobierno procuren exagerar las deficiencias de las operaciones de rescate, dando a entender que ellos mismos hubieran superado la prueba con relativa facilidad. Asimismo, como sucedió cuando el huracán Katrina devastó la ciudad de Nueva Orleans en Estados Unidos, muchos afirman que el terremoto sirvió para revelar las lacras sociales del “modelo chileno” porque los peor golpeados eran los más pobres cuyas viviendas precarias no pudieron resistir a los choques y que, de todos modos, tardaron en recibir ayuda básica. Que éste haya resultado ser el caso no es del todo sorprendente, ya que nadie ignoraba que a pesar de los logros de las últimas décadas la sociedad chilena sigue siendo muy poco equitativa y aún hay amplios sectores que carecen del acceso a recursos que para otros son imprescindibles. Tampoco fue sorprendente la conducta de los saqueadores, personas que, como sus equivalentes de Nueva Orleans, aprovecharon la confusión para robar televisores plasma y otros artefactos costosos. Se equivocan quienes insisten en que tales episodios probaron que fue una ilusión creer que, merced al desarrollo económico sostenido, Chile estaba en vías de convertirse en un país del “Primer Mundo”, puesto que en circunstancias similares algo parecido puede ocurrir en cualquier lugar del planeta. Hace algunos años, las grandes ciudades de Francia, que no había sufrido ningún desastre natural, vieron escenas de saqueo y vandalismo que fueron decididamente peores que las que se produjeron en Concepción después del terremoto. Tanto en Chile como en el resto del mundo ya está discutiéndose el presunto impacto del terremoto en la gestión de Sebastián Piñera que se iniciará hoy. Se prevé que se destacará por la austeridad y por la disciplina y que, por algunos meses por lo menos, la oposición centroizquierdista colaborará con el nuevo gobierno. Aunque Piñera hubiera preferido asumir en circunstancias menos dramáticas, el que le haya tocado ser el presidente de la reconstrucción podría resultarle ventajoso porque, además de obligarlo a concentrarse en las tareas prácticas que todos saben son prioritarias, le sería más fácil llevar a cabo aquellas reformas que cree necesarias para modificar estructuras burocráticas anquilosadas que, en Chile como en muchos otros países, sirven para frenar el progreso. Siempre y cuando no se produzcan más terremotos gigantescos en los próximos meses, los chilenos, conscientes como están de lo importante que es esforzarse aún más que antes, deberían estar en condiciones de superar el desafío que la naturaleza les ha planteado en un lapso más breve de lo que muchos pronostican. Si logran hacerlo, Piñera estará entre los beneficiados.