El avance de los emergentes

Redacción

Por Redacción

Como muchos brasileños están subrayando, el que según una consultora londinense el producto bruto de su país haya superado al británico para que sea “la sexta economía” mundial –y que, tal y como están las cosas, pronto será la quinta, desplazando a Francia–, se debe más a sus dimensiones demográficas que a su productividad. A pesar del crecimiento reciente, el ingreso per cápita brasileño apenas llega al 30% del alcanzado por países europeos como el Reino Unido, Francia e Italia. Según el ministro de Hacienda, Guido Mantega, para que Brasil disfrutara de un nivel de vida equiparable con el de Europa occidental, tendrían que pasar “entre 10 y 20 años”. Siempre y cuando Brasil lograra anotarse una tasa de crecimiento decididamente mayor que el 2,5% previsto para el año que viene y no se recuperara la Unión Europea del bajón provocado por los problemas supuestos por el endeudamiento excesivo luego de una prolongada fiesta consumista y, desde luego, las dificultades enormes ocasionadas por el euro, la meta ambiciosa fijada por Mantega resultaría realista, pero, como sabe muy bien, no hay ninguna seguridad de que las tendencias actuales se perpetúen. Por cierto, de reducirse los precios de los commodities a raíz de la crisis europea y un eventual aterrizaje forzoso de China, Brasil también podría caer en recesión. Las modificaciones recientes más impactantes en la tabla de posiciones macroeconómicas confeccionada por las consultoras y organismos como el FMI han sido consecuencia del progreso de países con más de mil millones de habitantes como China y la India, o de Brasil que cuenta con casi 200 millones que, uno tras otro, están dejando atrás a países europeos de aproximadamente 60 millones o, en el caso de China, al Japón cuya población, de 127 millones, es más de diez veces menor que la china de 1.336 millones. Puesto que es muy difícil medir con exactitud las dimensiones relativas de las distintas economías en una época en la que “los servicios” aportan la parte del león, es posible que siga subestimándose el tamaño real de las economías de los dos gigantes asiáticos y de muchos otros. De todos modos, por ahora cuando menos, no tiene sentido suponer, como propenden a hacer muchos europeos y norteamericanos, que los “modelos” de los países emergentes sean intrínsecamente superiores a los europeos. Antes bien, sus proezas macroeconómicas pueden atribuirse al abandono por parte de sus dirigentes de los esquemas dirigistas y voluntaristas que hasta hace dos o tres décadas les impedían crecer y la incorporación de modalidades propias de los países desarrollados. El crecimiento espectacular de China comenzó cuando el régimen nominalmente comunista optó por una variante sui géneris del capitalismo liberal que en opinión de algunos observadores se asemeja bastante a la elegida en su momento por la dictadura chilena de Augusto Pinochet, mientras que en la India la aceleración del crecimiento se produjo al reducirse la influencia de una generación de líderes comprometidos con ideas heredadas del laborismo británico de mediados del siglo pasado. Asimismo, sucesivos gobiernos brasileños, incluyendo a los encabezados por Fernando Henrique Cardoso, Luiz Inácio “Lula” da Silva y Dilma Rousseff, decepcionaron a sus partidarios por su voluntad de aferrarse a la ortodoxia financiera. El gran desafío que enfrentan los líderes de los emergentes consiste en encontrar la forma de distribuir mejor la riqueza sin frenar el crecimiento macroeconómico. No les será fácil. A juicio de ciertos funcionarios chinos, programas sociales muy generosos, y por lo tanto muy costosos, han contribuido mucho al estancamiento europeo, un presunto error que no están dispuestos a cometer. Sin embargo, la alternativa de virtualmente obligar a todos a valerse por sí mismos no constituye una opción muy atractiva para sociedades como la china que envejecen con rapidez desconcertante. Por lo demás, para que casi todos puedan alcanzar un estándar de vida comparable con el de la clase media europea o norteamericana, sería necesario un gran esfuerzo educativo que en principio sería factible en China, país en que hasta los campesinos más pobres entienden muy bien la importancia del saber, pero que podría resultar problemático en Brasil –o en la Argentina– donde las tradiciones culturales son muy distintas.


Como muchos brasileños están subrayando, el que según una consultora londinense el producto bruto de su país haya superado al británico para que sea “la sexta economía” mundial –y que, tal y como están las cosas, pronto será la quinta, desplazando a Francia–, se debe más a sus dimensiones demográficas que a su productividad. A pesar del crecimiento reciente, el ingreso per cápita brasileño apenas llega al 30% del alcanzado por países europeos como el Reino Unido, Francia e Italia. Según el ministro de Hacienda, Guido Mantega, para que Brasil disfrutara de un nivel de vida equiparable con el de Europa occidental, tendrían que pasar “entre 10 y 20 años”. Siempre y cuando Brasil lograra anotarse una tasa de crecimiento decididamente mayor que el 2,5% previsto para el año que viene y no se recuperara la Unión Europea del bajón provocado por los problemas supuestos por el endeudamiento excesivo luego de una prolongada fiesta consumista y, desde luego, las dificultades enormes ocasionadas por el euro, la meta ambiciosa fijada por Mantega resultaría realista, pero, como sabe muy bien, no hay ninguna seguridad de que las tendencias actuales se perpetúen. Por cierto, de reducirse los precios de los commodities a raíz de la crisis europea y un eventual aterrizaje forzoso de China, Brasil también podría caer en recesión. Las modificaciones recientes más impactantes en la tabla de posiciones macroeconómicas confeccionada por las consultoras y organismos como el FMI han sido consecuencia del progreso de países con más de mil millones de habitantes como China y la India, o de Brasil que cuenta con casi 200 millones que, uno tras otro, están dejando atrás a países europeos de aproximadamente 60 millones o, en el caso de China, al Japón cuya población, de 127 millones, es más de diez veces menor que la china de 1.336 millones. Puesto que es muy difícil medir con exactitud las dimensiones relativas de las distintas economías en una época en la que “los servicios” aportan la parte del león, es posible que siga subestimándose el tamaño real de las economías de los dos gigantes asiáticos y de muchos otros. De todos modos, por ahora cuando menos, no tiene sentido suponer, como propenden a hacer muchos europeos y norteamericanos, que los “modelos” de los países emergentes sean intrínsecamente superiores a los europeos. Antes bien, sus proezas macroeconómicas pueden atribuirse al abandono por parte de sus dirigentes de los esquemas dirigistas y voluntaristas que hasta hace dos o tres décadas les impedían crecer y la incorporación de modalidades propias de los países desarrollados. El crecimiento espectacular de China comenzó cuando el régimen nominalmente comunista optó por una variante sui géneris del capitalismo liberal que en opinión de algunos observadores se asemeja bastante a la elegida en su momento por la dictadura chilena de Augusto Pinochet, mientras que en la India la aceleración del crecimiento se produjo al reducirse la influencia de una generación de líderes comprometidos con ideas heredadas del laborismo británico de mediados del siglo pasado. Asimismo, sucesivos gobiernos brasileños, incluyendo a los encabezados por Fernando Henrique Cardoso, Luiz Inácio “Lula” da Silva y Dilma Rousseff, decepcionaron a sus partidarios por su voluntad de aferrarse a la ortodoxia financiera. El gran desafío que enfrentan los líderes de los emergentes consiste en encontrar la forma de distribuir mejor la riqueza sin frenar el crecimiento macroeconómico. No les será fácil. A juicio de ciertos funcionarios chinos, programas sociales muy generosos, y por lo tanto muy costosos, han contribuido mucho al estancamiento europeo, un presunto error que no están dispuestos a cometer. Sin embargo, la alternativa de virtualmente obligar a todos a valerse por sí mismos no constituye una opción muy atractiva para sociedades como la china que envejecen con rapidez desconcertante. Por lo demás, para que casi todos puedan alcanzar un estándar de vida comparable con el de la clase media europea o norteamericana, sería necesario un gran esfuerzo educativo que en principio sería factible en China, país en que hasta los campesinos más pobres entienden muy bien la importancia del saber, pero que podría resultar problemático en Brasil –o en la Argentina– donde las tradiciones culturales son muy distintas.

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