Sin aventuras

Redacción

Por Redacción

Para algunos mandatarios, la política es un gran drama en el que ellos desempeñan el papel protagónico, mientras que el país que gobiernan sólo sirve de escenario para sus hazañas. Para otros, supone asumir la responsabilidad por el bienestar del conjunto, lo que los obliga a colaborar con los demás dirigentes en un esfuerzo por solucionar los problemas de la mejor manera posible. Felizmente para los uruguayos, desde 1985, el año en que recuperaron la democracia, sus presidentes no han procurado actuar como si se imaginaran héroes de una epopeya. Si bien a veces algunos han hecho gala de sus dotes histriónicas, no olvidaron que de su gestión dependía el destino de millones de personas. Al iniciar su presidencia, José “Pepe” Mujica se comprometió a ser fiel a esta tradición saludable. Aunque su propia trayectoria ha sido mucho más llamativa que las de los demás mandatarios de la región, insiste en que tanto él como sus compañeros tupamaros “aprendimos que las batallas por el todo o nada son el mejor camino para que nada cambie y para que todo se estanque”. Por las palabras que eligió, parecería que Mujica tenía en mente la situación triste en que se encuentra nuestro país a causa de la actitud insensatamente agresiva de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y su cónyuge, el ex presidente Néstor Kirchner. La pareja está tan obsesionada con su propia batalla por el todo o la nada que ya no le importan en absoluto las consecuencias para el país y para sus más de 40 millones de habitantes de sus maniobras improvisadas. A Mujica no le atrae la idea de encabezar una rebelión testimonial, y totalmente inútil, contra el sistema económico internacional existente. Como dijo, la ortodoxia macroeconómica “tiene reglas ingratas pero obligatorias”. Quienes las violan sistemáticamente luego de denunciarlas por inmorales siempre provocan desastres. Por razones comprensibles, asustan a los inversores en potencia, incluyendo a los locales, que, al igual que los ahorristas más pudientes, prefieren llevar su dinero a otra parte. Es lo que ha sucedido en la Argentina, donde merced al manejo arbitrario de la economía por los Kirchner los capitales huyen y los empresarios optan por postergar proyectos hasta que por fin el panorama se haya aclarado. Aunque a Uruguay le convendría más que nuestro país disfrutara de una etapa muy larga de crecimiento sustentable y la prosperidad resultante, es innegable que se ha visto beneficiado por el deseo de muchos empresarios argentinos de aprovechar las oportunidades brindadas por un vecino para el que hablar de “seguridad jurídica” no es tomado por una afrenta y el respeto por ciertos derechos básicos es considerado perfectamente normal. Por cierto, a Mujica no se le ocurriría oponerse frontalmente a la Justicia por creerla un obstáculo en el camino de su “proyecto” personal. Por ser el presidente uruguayo el hombre que es, no es demasiado probable que su gestión sea aburrida, pero sí lo es que los momentos emocionantes se deban a su forma desprejuiciada de expresarse, no a su eventual voluntad de tomar medidas espectaculares con el propósito de desconcertar, o de castigar, a sus críticos. A juzgar por las declaraciones que ha formulado desde que se convirtió en candidato para suceder a otro izquierdista moderado, Tabaré Vázquez, en la presidencia de su país, Mujica no tiene ninguna intención de anteponer su propia figuración al bienestar de sus compatriotas, ya que a esta altura de su vida no tiene que probar nada a nadie. Puesto que a pesar de las dificultades ocasionadas por una crisis financiera internacional cataclísmica la gestión de Vázquez fue claramente exitosa, Mujica se afirma resuelto a continuar por el rumbo trazado por su antecesor y por los otros presidentes democráticos del último cuarto de siglo. “Hereda” de Vázquez una economía en plena expansión que ha proporcionado a los uruguayos un ingreso per cápita equiparable con el nuestro que está entre los más altos de la región y una tasa de inflación inferior incluso a la inventada aquí por el Indec. Por lo tanto, es factible que durante la gestión de Mujica se cumpla su promesa de eliminar la indigencia y reducir la pobreza a la mitad, objetivos que parecerían utópicos en nuestro país porque a quienes lo gobiernan les importan mucho más las apariencias que la realidad.


Para algunos mandatarios, la política es un gran drama en el que ellos desempeñan el papel protagónico, mientras que el país que gobiernan sólo sirve de escenario para sus hazañas. Para otros, supone asumir la responsabilidad por el bienestar del conjunto, lo que los obliga a colaborar con los demás dirigentes en un esfuerzo por solucionar los problemas de la mejor manera posible. Felizmente para los uruguayos, desde 1985, el año en que recuperaron la democracia, sus presidentes no han procurado actuar como si se imaginaran héroes de una epopeya. Si bien a veces algunos han hecho gala de sus dotes histriónicas, no olvidaron que de su gestión dependía el destino de millones de personas. Al iniciar su presidencia, José “Pepe” Mujica se comprometió a ser fiel a esta tradición saludable. Aunque su propia trayectoria ha sido mucho más llamativa que las de los demás mandatarios de la región, insiste en que tanto él como sus compañeros tupamaros “aprendimos que las batallas por el todo o nada son el mejor camino para que nada cambie y para que todo se estanque”. Por las palabras que eligió, parecería que Mujica tenía en mente la situación triste en que se encuentra nuestro país a causa de la actitud insensatamente agresiva de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y su cónyuge, el ex presidente Néstor Kirchner. La pareja está tan obsesionada con su propia batalla por el todo o la nada que ya no le importan en absoluto las consecuencias para el país y para sus más de 40 millones de habitantes de sus maniobras improvisadas. A Mujica no le atrae la idea de encabezar una rebelión testimonial, y totalmente inútil, contra el sistema económico internacional existente. Como dijo, la ortodoxia macroeconómica “tiene reglas ingratas pero obligatorias”. Quienes las violan sistemáticamente luego de denunciarlas por inmorales siempre provocan desastres. Por razones comprensibles, asustan a los inversores en potencia, incluyendo a los locales, que, al igual que los ahorristas más pudientes, prefieren llevar su dinero a otra parte. Es lo que ha sucedido en la Argentina, donde merced al manejo arbitrario de la economía por los Kirchner los capitales huyen y los empresarios optan por postergar proyectos hasta que por fin el panorama se haya aclarado. Aunque a Uruguay le convendría más que nuestro país disfrutara de una etapa muy larga de crecimiento sustentable y la prosperidad resultante, es innegable que se ha visto beneficiado por el deseo de muchos empresarios argentinos de aprovechar las oportunidades brindadas por un vecino para el que hablar de “seguridad jurídica” no es tomado por una afrenta y el respeto por ciertos derechos básicos es considerado perfectamente normal. Por cierto, a Mujica no se le ocurriría oponerse frontalmente a la Justicia por creerla un obstáculo en el camino de su “proyecto” personal. Por ser el presidente uruguayo el hombre que es, no es demasiado probable que su gestión sea aburrida, pero sí lo es que los momentos emocionantes se deban a su forma desprejuiciada de expresarse, no a su eventual voluntad de tomar medidas espectaculares con el propósito de desconcertar, o de castigar, a sus críticos. A juzgar por las declaraciones que ha formulado desde que se convirtió en candidato para suceder a otro izquierdista moderado, Tabaré Vázquez, en la presidencia de su país, Mujica no tiene ninguna intención de anteponer su propia figuración al bienestar de sus compatriotas, ya que a esta altura de su vida no tiene que probar nada a nadie. Puesto que a pesar de las dificultades ocasionadas por una crisis financiera internacional cataclísmica la gestión de Vázquez fue claramente exitosa, Mujica se afirma resuelto a continuar por el rumbo trazado por su antecesor y por los otros presidentes democráticos del último cuarto de siglo. “Hereda” de Vázquez una economía en plena expansión que ha proporcionado a los uruguayos un ingreso per cápita equiparable con el nuestro que está entre los más altos de la región y una tasa de inflación inferior incluso a la inventada aquí por el Indec. Por lo tanto, es factible que durante la gestión de Mujica se cumpla su promesa de eliminar la indigencia y reducir la pobreza a la mitad, objetivos que parecerían utópicos en nuestro país porque a quienes lo gobiernan les importan mucho más las apariencias que la realidad.

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