Bola de nieve
A menos que las autoridades tanto municipales como nacionales tengan mucho cuidado, las tomas de colegios y manifestaciones públicas que fueron iniciadas por alumnos secundarios de la capital federal que se quejaban por la condición nada satisfactoria de algunos edificios escolares continuarán proliferando hasta que nos encontremos en una situación parecida a la que se dio en Chile hace un par de años, cuando, para asombro del gobierno de la entonces presidenta Michelle Bachelet, luego de algunas semanas de agitación más de medio millón de jóvenes salieron a la calle para protestar contra el sistema educativo de su país. Ya no es cuestión de algunos episodios aislados atribuibles a un puñado de activistas juveniles de ideas categóricas sino de un movimiento que propende a adquirir dimensiones cada vez más grandes debido al llamado efecto bola de nieve. Por cierto, de difundirse la sensación de que a “todos” los jóvenes les corresponde participar de una lucha por una causa determinada, en especial de una que tiene por objetivo una “política educativa diferente”, lo que comienza siendo una preocupación minoritaria puede convertirse con rapidez en una que la mayoría encuentre irresistible. Puede que algo así esté gestándose. En las semanas últimas se han sumado a los alumnos secundarios muchos estudiantes universitarios, además, como era de prever, de militantes de distintas agrupaciones de consignas izquierdistas que siempre están dispuestas a aprovechar oportunidades para provocar desmanes. No fue del todo sorprendente, pues, que el jueves pasado las marchas celebradas para recordar la infame “noche de los lápices” de 1976 hayan sido llamativamente más grandes que en años anteriores, con la participación de decenas de miles de personas. El intento de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner de congraciarse con los estudiantes que tomaban sus colegios, con la presunta esperanza de incomodar al jefe del gobierno porteño, Mauricio Macri, no parece haberle servido para mucho; a juicio de ciertos dirigentes juveniles, la presidenta “hace demagogia barata”. Por lo demás, no es del interés del gobierno nacional permitir que las protestas sigan multiplicándose; en tal caso correría el riesgo de que no sólo se extiendan al resto del país sino que también se transformen en manifestaciones antikirchneristas, aunque sólo fuere porque sería natural que jóvenes rebeldes se opusieran al gobierno que a su entender representa el statu quo. Al fin y al cabo, para quienes tienen menos de 18 años la Casa Rosada siempre ha sido ocupada por un Kirchner. En cuanto a Macri, se ha visto convertido en el blanco preferido de los militantes de las pequeñas sectas izquierdistas, y de los kirchneristas, que lo acusan de querer privatizar la educación, de estar a favor de la precarización laboral y así, largamente, por el estilo. Aunque es posible que la agitación permanente, y los esfuerzos del gobierno nacional por aprovecharla, molesten tanto a los porteños adultos que Macri resulte beneficiado por lo que está sucediendo, por ahora no puede hacer mucho más que rezar para que las pasiones se agoten antes de que se vea frente a un estallido estudiantil de proporciones. A esta altura, tranquilizar a los alumnos secundarios, a los estudiantes universitarios y a sus simpatizantes coyunturales de la izquierda contestataria no será sencillo en absoluto. Si las autoridades parecen ceder, como en cierto modo hicieron al aceptar dialogar con los fogosos dirigentes secundarios, brindan la impresión de estar batiéndose en retirada, invitando así a sus interlocutores a adoptar una actitud aún más agresiva. Si asumen una postura intransigente, informándoles que tendrán que cumplir los 180 días de clase aun cuando como resultado pierdan las vacaciones de verano, podrían provocar una reacción aún más dura. Si tenemos suerte, lo que se ha puesto en marcha se desinflará pronto al darse cuenta los chicos y sus padres que es insensato manifestarse a favor de la educación negándose a estudiar, pero también es factible que lo que estamos presenciando sea el comienzo de un período prolongado de agitación escolar, muy similar al experimentado por Chile en el 2008, que acaso sirva para que los participantes se desahoguen pero que no contribuirá del todo a mejorar un sistema educativo cuyas deficiencias son notorias.
A menos que las autoridades tanto municipales como nacionales tengan mucho cuidado, las tomas de colegios y manifestaciones públicas que fueron iniciadas por alumnos secundarios de la capital federal que se quejaban por la condición nada satisfactoria de algunos edificios escolares continuarán proliferando hasta que nos encontremos en una situación parecida a la que se dio en Chile hace un par de años, cuando, para asombro del gobierno de la entonces presidenta Michelle Bachelet, luego de algunas semanas de agitación más de medio millón de jóvenes salieron a la calle para protestar contra el sistema educativo de su país. Ya no es cuestión de algunos episodios aislados atribuibles a un puñado de activistas juveniles de ideas categóricas sino de un movimiento que propende a adquirir dimensiones cada vez más grandes debido al llamado efecto bola de nieve. Por cierto, de difundirse la sensación de que a “todos” los jóvenes les corresponde participar de una lucha por una causa determinada, en especial de una que tiene por objetivo una “política educativa diferente”, lo que comienza siendo una preocupación minoritaria puede convertirse con rapidez en una que la mayoría encuentre irresistible. Puede que algo así esté gestándose. En las semanas últimas se han sumado a los alumnos secundarios muchos estudiantes universitarios, además, como era de prever, de militantes de distintas agrupaciones de consignas izquierdistas que siempre están dispuestas a aprovechar oportunidades para provocar desmanes. No fue del todo sorprendente, pues, que el jueves pasado las marchas celebradas para recordar la infame “noche de los lápices” de 1976 hayan sido llamativamente más grandes que en años anteriores, con la participación de decenas de miles de personas. El intento de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner de congraciarse con los estudiantes que tomaban sus colegios, con la presunta esperanza de incomodar al jefe del gobierno porteño, Mauricio Macri, no parece haberle servido para mucho; a juicio de ciertos dirigentes juveniles, la presidenta “hace demagogia barata”. Por lo demás, no es del interés del gobierno nacional permitir que las protestas sigan multiplicándose; en tal caso correría el riesgo de que no sólo se extiendan al resto del país sino que también se transformen en manifestaciones antikirchneristas, aunque sólo fuere porque sería natural que jóvenes rebeldes se opusieran al gobierno que a su entender representa el statu quo. Al fin y al cabo, para quienes tienen menos de 18 años la Casa Rosada siempre ha sido ocupada por un Kirchner. En cuanto a Macri, se ha visto convertido en el blanco preferido de los militantes de las pequeñas sectas izquierdistas, y de los kirchneristas, que lo acusan de querer privatizar la educación, de estar a favor de la precarización laboral y así, largamente, por el estilo. Aunque es posible que la agitación permanente, y los esfuerzos del gobierno nacional por aprovecharla, molesten tanto a los porteños adultos que Macri resulte beneficiado por lo que está sucediendo, por ahora no puede hacer mucho más que rezar para que las pasiones se agoten antes de que se vea frente a un estallido estudiantil de proporciones. A esta altura, tranquilizar a los alumnos secundarios, a los estudiantes universitarios y a sus simpatizantes coyunturales de la izquierda contestataria no será sencillo en absoluto. Si las autoridades parecen ceder, como en cierto modo hicieron al aceptar dialogar con los fogosos dirigentes secundarios, brindan la impresión de estar batiéndose en retirada, invitando así a sus interlocutores a adoptar una actitud aún más agresiva. Si asumen una postura intransigente, informándoles que tendrán que cumplir los 180 días de clase aun cuando como resultado pierdan las vacaciones de verano, podrían provocar una reacción aún más dura. Si tenemos suerte, lo que se ha puesto en marcha se desinflará pronto al darse cuenta los chicos y sus padres que es insensato manifestarse a favor de la educación negándose a estudiar, pero también es factible que lo que estamos presenciando sea el comienzo de un período prolongado de agitación escolar, muy similar al experimentado por Chile en el 2008, que acaso sirva para que los participantes se desahoguen pero que no contribuirá del todo a mejorar un sistema educativo cuyas deficiencias son notorias.
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