Drama en Nueva York

Redacción

Por Redacción

Como ya es habitual, la Asamblea General de las Naciones Unidas, con la asistencia de docenas de líderes mundiales, se vio dominada por el duelo entre el presidente norteamericano, en esta ocasión Barack Obama, y su homólogo iraní, Mahmoud Ahmadinejad. Mientras que Obama decepcionó a quienes preferirían que asumiera una postura más dura frente a un régimen que, además de apoyar a una variedad de agrupaciones terroristas, entre ellas Hamas y Hizbollah, parece estar por dotarse de un arsenal nuclear, eventualidad ésta que alarma no sólo a los israelíes sino también a muchos árabes, Ahmadinejad aprovechó la oportunidad para informar al mundo de que la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York, con la muerte de 3.000 personas, en septiembre del 2001, no fue obra de islamistas sino que “fue orquestado por un sector del gobierno norteamericano para revertir los problemas económicos domésticos de Estados Unidos y la pérdida de poder en Medio Oriente y para salvar al régimen sionista”. Huelga decir que tales afirmaciones, propias de un adicto a las teorías conspirativas más extravagantes, no ayudó a tranquilizar a quienes quisieran creer que en el fondo los teócratas iraníes son personas sensatas que nunca soñarían con provocar una guerra regional. En vista de lo que está en juego, la mentalidad de los líderes iraníes se ha convertido en un tema fundamental; si realmente creen que por motivos que podrían calificarse de religiosos tendrán que ir a cualquier extremo para eliminar “la entidad sionista” de la faz de la Tierra, el peligro planteado por su programa nuclear es mucho más grave de lo que suponen los persuadidos de que debería ser relativamente fácil solucionar el problema llegando a un acuerdo que sea mutuamente beneficioso. De todos modos, como si el discurso pronunciado ante la Asamblea por Ahmadinejad ya no fuera más que suficiente como para preocupar a los representantes de la “comunidad internacional” que lo escuchaban, algunas horas antes había dicho en una conferencia de prensa que los norteamericanos sencillamente no sabían lo que era una guerra de verdad, pero que de verse en una pronto descubrirían que “no hay límites”, dando a entender así que Irán está preparado para llevar a cabo ataques en territorio estadounidense en el caso de que estallare una guerra en el Medio Oriente. Aunque los norteamericanos siempre han sido plenamente conscientes de lo peligroso que sería tratar de destruir las instalaciones nucleares, o brindar la impresión de estar dispuestos a permitir que Israel lo hiciera, los tomó por sorpresa la voluntad de Ahmadinejad de amenazarlos en público, y de tal modo llamar la atención a la presunta debilidad de Obama en lo que pareció ser un intento de obligarlo a adoptar una actitud más agresiva, acaso por suponer que tratar con desprecio manifiesto al “hombre más poderoso del mundo” lo ayudaría a congraciarse con los sectores más combativos del mundo musulmán. En este conflicto, nuestro gobierno, a diferencia de los de Venezuela y Bolivia cuyos mandatarios no vacilan en hacer gala de su solidaridad con los iraníes contra “el imperio”, se ha alineado con Estados Unidos a causa de la presunta participación de integrantes del régimen teocrático iraní en el atentado terrorista contra la sede de la AMIA en 1994. Por lo tanto, nuestros representantes se retiraron del recinto antes de que Ahmadinejad se pusiera a hablar, mientras que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner protestó nuevamente contra la negativa de las autoridades iraníes a acceder a la extradición “de los ciudadanos iraníes que habían sido acusados por la Justicia argentina de haber participado en la perpetración de tan horrible crimen”, aunque sugirió que podría celebrarse el juicio correspondiente en un “país neutral”. Es una propuesta interesante, pero es virtualmente nula la posibilidad de que prospere, ya que uno de los acusados de estar involucrados es el actual ministro de Defensa de Irán, Ahmad Vahidi. Asimismo, Cristina parece tener una buena relación con Obama que, para su satisfacción, rindió homenaje a “las madres de los desaparecidos” en un tramo del discurso que pronunció en que subrayaba la importancia en países democráticos de “la prensa libre” y otras manifestaciones de la sociedad civil.


Como ya es habitual, la Asamblea General de las Naciones Unidas, con la asistencia de docenas de líderes mundiales, se vio dominada por el duelo entre el presidente norteamericano, en esta ocasión Barack Obama, y su homólogo iraní, Mahmoud Ahmadinejad. Mientras que Obama decepcionó a quienes preferirían que asumiera una postura más dura frente a un régimen que, además de apoyar a una variedad de agrupaciones terroristas, entre ellas Hamas y Hizbollah, parece estar por dotarse de un arsenal nuclear, eventualidad ésta que alarma no sólo a los israelíes sino también a muchos árabes, Ahmadinejad aprovechó la oportunidad para informar al mundo de que la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York, con la muerte de 3.000 personas, en septiembre del 2001, no fue obra de islamistas sino que “fue orquestado por un sector del gobierno norteamericano para revertir los problemas económicos domésticos de Estados Unidos y la pérdida de poder en Medio Oriente y para salvar al régimen sionista”. Huelga decir que tales afirmaciones, propias de un adicto a las teorías conspirativas más extravagantes, no ayudó a tranquilizar a quienes quisieran creer que en el fondo los teócratas iraníes son personas sensatas que nunca soñarían con provocar una guerra regional. En vista de lo que está en juego, la mentalidad de los líderes iraníes se ha convertido en un tema fundamental; si realmente creen que por motivos que podrían calificarse de religiosos tendrán que ir a cualquier extremo para eliminar “la entidad sionista” de la faz de la Tierra, el peligro planteado por su programa nuclear es mucho más grave de lo que suponen los persuadidos de que debería ser relativamente fácil solucionar el problema llegando a un acuerdo que sea mutuamente beneficioso. De todos modos, como si el discurso pronunciado ante la Asamblea por Ahmadinejad ya no fuera más que suficiente como para preocupar a los representantes de la “comunidad internacional” que lo escuchaban, algunas horas antes había dicho en una conferencia de prensa que los norteamericanos sencillamente no sabían lo que era una guerra de verdad, pero que de verse en una pronto descubrirían que “no hay límites”, dando a entender así que Irán está preparado para llevar a cabo ataques en territorio estadounidense en el caso de que estallare una guerra en el Medio Oriente. Aunque los norteamericanos siempre han sido plenamente conscientes de lo peligroso que sería tratar de destruir las instalaciones nucleares, o brindar la impresión de estar dispuestos a permitir que Israel lo hiciera, los tomó por sorpresa la voluntad de Ahmadinejad de amenazarlos en público, y de tal modo llamar la atención a la presunta debilidad de Obama en lo que pareció ser un intento de obligarlo a adoptar una actitud más agresiva, acaso por suponer que tratar con desprecio manifiesto al “hombre más poderoso del mundo” lo ayudaría a congraciarse con los sectores más combativos del mundo musulmán. En este conflicto, nuestro gobierno, a diferencia de los de Venezuela y Bolivia cuyos mandatarios no vacilan en hacer gala de su solidaridad con los iraníes contra “el imperio”, se ha alineado con Estados Unidos a causa de la presunta participación de integrantes del régimen teocrático iraní en el atentado terrorista contra la sede de la AMIA en 1994. Por lo tanto, nuestros representantes se retiraron del recinto antes de que Ahmadinejad se pusiera a hablar, mientras que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner protestó nuevamente contra la negativa de las autoridades iraníes a acceder a la extradición “de los ciudadanos iraníes que habían sido acusados por la Justicia argentina de haber participado en la perpetración de tan horrible crimen”, aunque sugirió que podría celebrarse el juicio correspondiente en un “país neutral”. Es una propuesta interesante, pero es virtualmente nula la posibilidad de que prospere, ya que uno de los acusados de estar involucrados es el actual ministro de Defensa de Irán, Ahmad Vahidi. Asimismo, Cristina parece tener una buena relación con Obama que, para su satisfacción, rindió homenaje a “las madres de los desaparecidos” en un tramo del discurso que pronunció en que subrayaba la importancia en países democráticos de “la prensa libre” y otras manifestaciones de la sociedad civil.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora