El drama norteamericano

Redacción

Por Redacción

Los dirigentes políticos norteamericanos se encuentran en una situación que sus homólogos argentinos conocen muy bien. La mayoría no puede sino entender que a menos que logre frenar el aumento constante del gasto público su país terminará enfrentando una gran crisis financiera, pero no se anima a tomar las medidas draconianas necesarias por entender que los costos políticos serían insoportables. Aunque para desazón de sus partidarios, el presidente Barack Obama acaba de comprometerse con un plan para reducir el déficit fiscal gigantesco –ya supera 14 billones de dólares estadounidenses– en 4 billones en el transcurso de los 12 años próximos, recortando algunos gastos y haciendo subir los impuestos de los más ricos, el FMI, organismo que no suele criticar con severidad la política monetaria del país que le suministra una proporción importante de los recursos que necesita, lamenta la falta de una estrategia creíble para estabilizar la colosal deuda pública que, prevé, pronto llegará al 114% del producto bruto anual. Comparten la opinión de los tecnócratas del FMI los líderes del Partido Republicano, algunos de los cuales han reclamado cortes mucho más profundos que los sugeridos por Obama, pero con las elecciones presidenciales del año próximo en el horizonte son reacios a proponer medidas que perjudicarían a los jubilados al reducir los beneficios que perciben u obligarlos a pagar más si se enferman o afectarían a programas sociales considerados imprescindibles. Lo más probable, pues, es que la deuda pública de Estados Unidos siga aumentando hasta que un día “los mercados” se nieguen a continuar financiándola. En tal caso, la superpotencia tendría que optar entre un default explícito y uno implícito, pidiendo la “reestructuración” de sus compromisos y, por las dudas, impulsando la inflación a fin de devaluar el dólar. La resistencia de tantos políticos norteamericanos a reconocer la gravedad de los problemas planteados por el endeudamiento excesivo puede entenderse. Como sus equivalentes en otras partes del mundo, no les gusta para nada verse constreñidos a informar a los votantes que será imposible respetar todos sus derechos adquiridos. Tampoco han tomado muy en serio el desafío supuesto por el envejecimiento de la población y el aumento consiguiente de la proporción de “pasivos”. Por lo demás, si bien como resultado de los cambios causados por el avance vertiginoso de la tecnología la economía norteamericana está haciéndose cada vez más productiva, la revolución así supuesta ha privado de empleos a millones de personas que antes percibían salarios más que adecuados. Es fácil decirles a los perjudicados que deberían reeducarse para encontrar puestos dignos en una economía “de conocimiento” más sofisticada que la del pasado reciente, pero escasean quienes están en condiciones de transformarse en expertos en informática, ingeniería y otras materias que por ahora cuando menos ofrecen “salidas laborales” atractivas. De todos modos, mientras que el impacto internacional de nuestras recurrentes crisis ha sido menor, la eventual incapacidad de Estados Unidos para honrar sus obligaciones tendría repercusiones geopolíticas sísmicas aún mayores que las provocadas por el estallido de la burbuja inmobiliaria norteamericana que precedió a la debacle financiera mundial del 2008. Estados Unidos ya está batiéndose en retirada en el Medio Oriente por no contar con los medios económicos necesarios para seguir gastando muchísimo dinero interviniendo militarmente en los países de aquella región convulsionada, de ahí la decisión de dejar el operativo contra el dictador libio Muammar Gaddafi mayormente en manos de la OTAN, o sea, de los europeos. Parecería que Estados Unidos, sus líderes preocupados por los problemas internos, sobre todo los relacionados con la economía, se ha cansado de desempeñar el papel forzosamente ingrato de gendarme internacional y que en adelante el gobierno de Obama, y los de quienes lo sucedan en la Casa Blanca, querrá concentrarse en tratar de mantener vivo el “sueño norteamericano” sin prestar tanta atención como antes al resto del planeta, pero sus dirigentes podrían descubrir que en un mundo globalizado gracias en buena medida al poder, dinamismo y creatividad de su país, el aislacionismo al que tantos aspiran ya no constituye una opción realista.


Los dirigentes políticos norteamericanos se encuentran en una situación que sus homólogos argentinos conocen muy bien. La mayoría no puede sino entender que a menos que logre frenar el aumento constante del gasto público su país terminará enfrentando una gran crisis financiera, pero no se anima a tomar las medidas draconianas necesarias por entender que los costos políticos serían insoportables. Aunque para desazón de sus partidarios, el presidente Barack Obama acaba de comprometerse con un plan para reducir el déficit fiscal gigantesco –ya supera 14 billones de dólares estadounidenses– en 4 billones en el transcurso de los 12 años próximos, recortando algunos gastos y haciendo subir los impuestos de los más ricos, el FMI, organismo que no suele criticar con severidad la política monetaria del país que le suministra una proporción importante de los recursos que necesita, lamenta la falta de una estrategia creíble para estabilizar la colosal deuda pública que, prevé, pronto llegará al 114% del producto bruto anual. Comparten la opinión de los tecnócratas del FMI los líderes del Partido Republicano, algunos de los cuales han reclamado cortes mucho más profundos que los sugeridos por Obama, pero con las elecciones presidenciales del año próximo en el horizonte son reacios a proponer medidas que perjudicarían a los jubilados al reducir los beneficios que perciben u obligarlos a pagar más si se enferman o afectarían a programas sociales considerados imprescindibles. Lo más probable, pues, es que la deuda pública de Estados Unidos siga aumentando hasta que un día “los mercados” se nieguen a continuar financiándola. En tal caso, la superpotencia tendría que optar entre un default explícito y uno implícito, pidiendo la “reestructuración” de sus compromisos y, por las dudas, impulsando la inflación a fin de devaluar el dólar. La resistencia de tantos políticos norteamericanos a reconocer la gravedad de los problemas planteados por el endeudamiento excesivo puede entenderse. Como sus equivalentes en otras partes del mundo, no les gusta para nada verse constreñidos a informar a los votantes que será imposible respetar todos sus derechos adquiridos. Tampoco han tomado muy en serio el desafío supuesto por el envejecimiento de la población y el aumento consiguiente de la proporción de “pasivos”. Por lo demás, si bien como resultado de los cambios causados por el avance vertiginoso de la tecnología la economía norteamericana está haciéndose cada vez más productiva, la revolución así supuesta ha privado de empleos a millones de personas que antes percibían salarios más que adecuados. Es fácil decirles a los perjudicados que deberían reeducarse para encontrar puestos dignos en una economía “de conocimiento” más sofisticada que la del pasado reciente, pero escasean quienes están en condiciones de transformarse en expertos en informática, ingeniería y otras materias que por ahora cuando menos ofrecen “salidas laborales” atractivas. De todos modos, mientras que el impacto internacional de nuestras recurrentes crisis ha sido menor, la eventual incapacidad de Estados Unidos para honrar sus obligaciones tendría repercusiones geopolíticas sísmicas aún mayores que las provocadas por el estallido de la burbuja inmobiliaria norteamericana que precedió a la debacle financiera mundial del 2008. Estados Unidos ya está batiéndose en retirada en el Medio Oriente por no contar con los medios económicos necesarios para seguir gastando muchísimo dinero interviniendo militarmente en los países de aquella región convulsionada, de ahí la decisión de dejar el operativo contra el dictador libio Muammar Gaddafi mayormente en manos de la OTAN, o sea, de los europeos. Parecería que Estados Unidos, sus líderes preocupados por los problemas internos, sobre todo los relacionados con la economía, se ha cansado de desempeñar el papel forzosamente ingrato de gendarme internacional y que en adelante el gobierno de Obama, y los de quienes lo sucedan en la Casa Blanca, querrá concentrarse en tratar de mantener vivo el “sueño norteamericano” sin prestar tanta atención como antes al resto del planeta, pero sus dirigentes podrían descubrir que en un mundo globalizado gracias en buena medida al poder, dinamismo y creatividad de su país, el aislacionismo al que tantos aspiran ya no constituye una opción realista.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora