Así son las obras de teatro que ganaron en Río Negro
El telón de cuatro intensos días cayó sobre el Encuentro de Teatro Rionegrino. Los actores, directores y técnicos demostraron que encontrarse todavía vale la pena y que todos salen ganando cuando el intercambio ayuda al crecimiento.
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ROCA (AR).- A pesar de algunas ausencias como la del grupo barilochense El Brote y de los integrantes de La murga Guacha de El Bolsón debido a que por su número no se le otorgaron los transportes que la provincia de Río Negro debía haber aportado, los teatreros rionegrinos demostraron que son muchos y que les gusta estar juntos y compartir experiencias.
Eso se notó en la presencia de todos en todos los espectáculos, en los calurosos aplausos, en los debates de las asambleas que se realizaban por las mañana, en las devoluciones a los grupos que se hacían temprano en las tardes, y en la cenas con final de batucadas que los unían hasta la madrugada.
Pero al margen del encuentro, aquí hubo una cuestión fundamental: una competencia cuyos resultados tuvo que asumir el jurado integrado por los teatreros Pablo Otazú y Francisco Giménez y la coreógrafa Mariana Sirote. Los resultados marcaron las diferencias bastante notables entre los grupo más consolidados, con directores inquietos y con experiencias en distintas formas teatrales y los que aún están haciendo camino.
Si bien la calidad lo justificó en los dos casos, y chequeando entre los mismos teatreros y el público antes de conocerse el resultado saltaba a la vista que los dos trabajos dirigidos por Aristimuño eran junto a Casa tomada de Nuestramérica de Regina, lo mejor que se vio, se dudaba si un mismo grupo podía llevarse dos premios. Pero el jurado no tuvo dudas al respecto y justicieramente se los otorgó.
El juego de «Casa cerrada»
Basándose en el texto de A. Gray y trabajándola como creación colectiva bajo la dirección de Luis Sarlinga, las tres actrices de «Casa cerrada» revelan sus condiciones en una obra donde el teatro dentro del teatro cubre todos los matices que van desde la farsa hasta el tono dramático que se desliza por debajo del melodrama, llevando los sentimientos del público de aquí para allá con sólo un toque que cambia el recuerdo real por el presente de estas tres mujeres para las que el tiempo se ha detenido en un hecho trágico.
El texto, sutil, desliza verdaderos dardos sobre una sociedad hipócrita sobre la cual se construye una moral rígida que recae en la generación de las mujeres afectadas.
Refugiadas en su casa después que el padre mata -al encontrarla con su amante- a la madre, que intentaba así sobrevivir a la constante infidelidad a la que el esposo la ha sometido desde siempre, las mujeres recuerdan una y otra vez el hecho que las desarmó como seres cuando eran adolescentes. Sus vidas fragmentadas se reflejan en la frustración de sus aspiraciones, en el mandato impuesto por la conducta anterior de sus padres de tapar la realidad, en la asfixia que las devuelve una y otra vez a ese momento. Así, perdidas en sus recuerdos, machacan una y otra vez y, para aliviar el dolor, la tragedia se va convirtiendo en un juego perverso que juegan con toques de humor y una ironía que va invadiendo todo el ambiente de la casa. Por eso, todo termina convertido en esa macabra sombra de la vida que se muestra en los fragmentos de cosas inútiles que guardan y sacan a relucir en cada uno de esos momentos de juego.
Los roles se van rotando y en ellos cada personaje es uno y los otros a la vez. En esta mecánica, la tarea de Silvana Giustincich la revela como una actriz con recursos genuinos, trabajados con hondura, mientras que la de Alejandra Codesal está peligrosamente sobreactuada y la labor de Graciela Cabaza mantiene un equilibrio mesurado con momentos muy logrados.
Un importante papel ha jugado en el todo la escenografía y los objetos que acompañan el viciado ambiente en que esta casa encierra secretos, perversidades alimentadas por años y obcenidades surgidas por el amordazamiento de los sentimientos.
Una buena dramaturgia tiene sus ventajas
Abordar un texto que va más allá de las dos horas no es común en el teatro actual. Hacerlo desde un trabajo consciente de incorporación desde lo interno, justificando las acciones que acompañan cada tono a lo largo de un parlamento realmente complejo, tampoco lo es. Y que ese texto se convierta en algo vivo, pleno de claves para toda una generación, con guiños muy argentinos introducidos en la historia completa del comunismo desde su apogeo a su caída, es un mérito aún mayor que se logró en «El cerco de Leningrado».
Así lo comprendieron los integrantes del jurado, que evaluaron este gesto de Hugo Aristimuño de comprometerse por primera vez con una obra cuya dramaturgia pasa por el eje del texto y no por lo visual como supo hacerlo frecuentemente, y del que salió airoso gracias a que contó con dos actrices de garra.
Si bien se notó a los ojos más experimentados que ambos trabajos habían seguido distintos caminos en su proceso creativo y que en Alejandra Lehner lo corporal estaba más motivado por el texto que en Silvia Gentile, ambas demostraron condiciones poco frecuentes en el teatro actual: conciencia de trabajo, muchas horas de memorización y una tenacidad que las mantuvo inquebrantables a lo largo de seis meses de ensayos hasta el estreno.
Si bien se le puede achacar al autor -José Sanchis Sinisterra- por momentos una falta de síntesis en el relato de los acontecimientos, al director un exceso de textualidad, y algunos desbordes vocales y físicos -a las actrices- sobre todo en Lehner, que no da el tipo físico del personaje que por las referencias concretas de la historia debería tener alrededor de 80 años, la obra tiene aciertos indudables.
Se nota en la escenografía la marca que llevan desde hace años los trabajos del director, Hugo Aristimuño, donde los objetos siempre están en función de la dramaturgia y no son meros «adornos» en el escenario y un manejo del espacio que trabaja sobre dos ejes muy claros, que «limpian» las acciones en esta obra en la que el español Sinisterra le sacó partido a una historia muy argentina: la de Leónidas Barletta y su Teatro del Pueblo, inserta en la historia internacional del comunismo.
En definitiva, un buen producto que refuerza la idea de que para hacer un teatro creativo, no siempre se debe apelar a la creación colectiva en desmedro de una buena dramaturgia. Cuando hay esmero, esta fórmula funciona bien
Clara Vouillat
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