Asunto no prioritario

Por Redacción

Puesto que el presidente Néstor Kirchner ya había dicho que por su condición de santacruceño le importaba mucho el destino de las Malvinas, no fue exactamente una sorpresa la decisión de su gobierno de reafirmar en términos contundentes el reclamo de soberanía sobre las islas. Y en efecto, en el transcurso de su alocución ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, el canciller Rafael Bielsa se aseveró molesto y ofendido por la actitud del Reino Unido y reiteró que el reclamo de soberanía es «irrenunciable», mientras que en la conferencia de prensa posterior hizo hincapié en su propia vocación bélica al aludir a su deseo de participar como voluntario en la guerra emprendida por el general Leopoldo Fortunato Galtieri. Como es lógico, la pasión manifestada por Bielsa y el interés evidente de Kirchner, un político que conforme a sus propias palabras se cree «imbuido de una cultura malvinera» en reanudar un conflicto que el presidente Carlos Menem optó por eludir por entender que sería inoportuno agitarlo, entusiasmaron a los partidarios de la remalvinización de la política exterior y alarmaron a los convencidos de que, por ahora cuando menos, le convendría al país que sus autoridades se concentraran en cuestiones un tanto más urgentes. Desde el punto de vista del gobierno, dedicarse a hostigar a los británicos en el ámbito diplomático internacional podría resultar ser una táctica provechosa, sobre todo en una etapa que se ve signada por cierto nacionalismo rencoroso dirigido contra Estados Unidos y su aliado principal, Gran Bretaña, pero así y todo sería positivo que tomara en cuenta los costos concretos que le supondrían al país gestos destinados al consumo interno.

Es que aun cuando a Londres no se le ocurriera contraatacar verbal o diplomáticamente con un vigor comparable al exhibido últimamente por Bielsa y Kirchner, de ganar terreno la idea de que a pesar de todo lo ocurrido en los años últimos la Argentina siga siendo un país irremediablemente hostil al Reino Unido, sería extraño que el clima así supuesto no incidiera de forma muy negativa en nuestras relaciones con la Unión Europea, con Estados Unidos y con instituciones como el Fondo Monetario Internacional, lo que entorpecería los intentos del gobierno de «reinsertarnos» en el mundo y haría todavía más difícil la renegociación de la deuda externa. Asimismo, como Bielsa parece entender muy bien, es necesario difundir la impresión de que tanto el país mismo como su gobierno actual son «maduros» y por lo tanto «confiables». Sin embargo, si Kirchner se entrega de manera demasiado agresiva a una causa nacionalista que, por respetable que fuera, no es tomada muy en serio por la mayoría de los países en una época en la que abundan conflictos violentos muchísimo más graves que tienen que ver con millones de personas de carne y hueso, no con diferendos meramente territoriales o jurídicos, su «cultura malvinera» no contribuirá en absoluto a mejorar la reputación de la Argentina.

Otro factor que debería tomar en cuenta el presidente es el planteado por su condición de militante peronista. Con razón o sin ella, en Europa y Estados Unidos los más suponen que el peronismo es una variante sudamericana del fascismo -los críticos más vehementes del primer ministro italiano Silvio Berlusconi regularmente lo acusan de hacer gala de un estilo de gobierno «peronista»-, de suerte que en el exterior un rebrote nacionalista protagonizado por Kirchner sería interpretado como una señal de que, una vez más, un populista se ha propuesto desviar la atención de sus compatriotas de los problemas internos, provocando un conflicto con un país extranjero. Puede que ésta no haya sido la intención de Kirchner, pero en vista de que no le faltan problemas que son decididamente más urgentes que el planteado por la disputa en torno de la soberanía sobre las islas Malvinas, que una serie de escaramuzas diplomáticas con el Reino Unidos sólo serviría para agravarlos, convendría que actuara con más cautela en el escenario internacional que en el local, reconociendo que en última instancia un eventual acuerdo con los británicos seguirá siendo imposible hasta que la Argentina haya demostrado con hechos que realmente es una democracia madura merecedora de la plena confianza no sólo de sus propios ciudadanos sino también de los malvinenses.


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