Atrapame
Columna semanal
El disparador
Es la primera vez que me voy de vacaciones con mi familia. Debo tener seis años. Doy pasos cortitos en la playa. Hace mucho calor y no hay viento en Ostende. Sólo llevo puesto un slip como traje de baño. Alrededor mío está lleno de gente, pero no conozco a nadie.
Hace un rato estaba con mis hermanos. Ellos jugaban a la pelota, mientras mis padres dormían la siesta. Como soy el menor y bastante más chico que ellos, me hacían a un lado. Harto y aburrido, me metí y pateé la pelota bien lejos.
Ezequiel me empezó a correr como si fuera a atraparme y yo escapé lo más rápido que pude. No sé cuánto tiempo estuvo detrás mío, pero cuando me doy vuelta ya no está.
Camino entre adultos a los que todo el tiempo les veo las piernas. Cuando levanto la mirada no doy con ningún rostro familiar, y sigo andando.
Las voces a mi alrededor son extrañas, es un murmullo indefinido. ¿Ezequiel se habrá enojado conmigo o sólo me estaba queriendo asustar para que me dejara de molestar?
La primera semana de vacaciones había sido genial. En la casa alquilada por mis padres estábamos todos los hermanos juntos. En realidad, el más grande estaba con amigos, ahí cerca, pero era como si estuviera con nosotros. ¡Hasta había venido la abuela! Ella nunca quería ir a ningún lado, pero supongo que mamá la debe haber convencido.
Siempre había movimiento. Venían a cenar amigos de mis hermanos y a veces aparecía alguna amiga que yo nunca había visto. A mamá no le gustaba y a mí tampoco, porque se hacían las simpáticas y me hablaban con una voz tonta como si fuera un cachorrito. “¡Ay! Qué lindo nenito”. Pero después se iban con mis hermanos y yo no tenía con quién jugar.
Ahora tampoco tengo con quién jugar. Llevo un rato largo andando descalzo por la arena. Voy en zigzag, con el mar a mi izquierda. Por las dudas no me acerco demasiado al agua. Hace unos días me asusté porque me costó mucho salir. La corriente me llevaba, no me dejaba volver. Y a mi lo que me gusta es ir a donde quiero. Incluso en este momento, que no sé a dónde voy. Pero voy.
Tengo sed, tengo calor, empiezo a cansarme. Vuelvo a recordar lo que pasó hace unos días, cuando no podía salir del agua. Tampoco había nadie cerca. La gente me resulta cada vez más extraña y la playa ya no me parece divertida.
No importa en qué dirección camino. Me quiero acercar, pero siento que me alejo, cada vez más. Doy pasitos cortos, apurados. Me tropiezo, pero no me caigo. Me agito.
Hay gente que me empieza a mirar. Me habla. “¡Ay! Qué lindo nenito”. Alguien me pregunta cómo me llamo. No sé qué más me dice, pero se agacha y me alza.
De pronto, estoy más cerca del cielo, más arriba que todos. En los hombros de un desconocido. A mi alrededor cada vez más gente aplaude.
Paso un ratito ahí, viendo a las personas desde lo alto. Me distraigo, parece un juego divertido.
Reconozco una voz. Una exclamación. “¿¡Dónde te habías metido enano?!”. No sé si sonrío o lloro, o las dos cosas juntas. Enseguida llega un reto que no recuerdo y un abrazo que no olvido.
Juan Ignacio Pereyra