Batlle furioso
Eliminados los agravios compadrescos, en las palabras de Batlle podría encontrarse un análisis útil de las causas de la crisis.
Que el presidente uruguayo Jorge Batlle se haya sentido sumamente molesto por el «contagio» de nuestra crisis, puede entenderse. Uruguay es un país pequeño, de economía poco eficaz, que depende en buena medida de la evolución de sus dos grandes vecinos, de suerte que gracias a la ineptitud de la dirigencia argentina ya se ha visto privado de miles de millones de dólares y corre el riesgo de verse arrastrado hacia un default. Para el Uruguay, el colapso argentino ha sido una catástrofe: según las cifras más recientes, más del 25% de la población ya se ha hundido en la pobreza. Si bien sería legítimo argüir que los uruguayos, que siempre han tenido motivos de sobra para preocuparse por el peligro que les planteaban las extravagancias de la clase política de la Argentina, deberían haber hecho mucho más por «modernizarse» e integrarse con el resto del mundo con el propósito de alcanzar cierta autonomía, la verdad es que muy pocos pudieron prever que nuestro país se convertiría en una especie de agujero negro financiero cuya implosión ocasionaría daños gravísimos a su vecino más vulnerable.
Con todo, si bien hay atenuantes, los exabruptos que Batlle se permitió en el transcurso de una entrevista presuntamente «off the record» con representantes de la cadena norteamericana Bloomberg Televisión fueron a un tiempo imperdonables e insensatos: imperdonables, porque afirmar que «todos» los argentinos, «del primero al último», son ladrones, no es formular un comentario acaso «duro» sino insultar de manera casi racista; insensatos porque sus manifestaciones no habrán contribuido en absoluto a mejorar las perspectivas frente a su propio país. Por el contrario, al difundir la impresión de que el presidente del Uruguay es presa del pánico debido a las dificultades financieras de su país, los inversores internacionales ya tienen más motivos para desconfiar de su capacidad para mantenerse a flote en un mar que amenaza con volverse cada vez más tormentoso. Asimismo, el intento de Batlle de excusarse criticando ferozmente a los periodistas de Bloomberg era infantil. Puesto que la política es una actividad de tiempo completo, no le es dado distinguir entre lo que dice como presidente y lo que dice a título personal, si bien la diferencia hipotética así supuesta le ha permitido amortiguar las repercusiones diplomáticas de sus palabras.
Sin embargo, en última instancia la «combustión instantánea», o sea, la propensión irresponsable a hablar sin pensar en las consecuencias, que Batlle se atribuye es un problema uruguayo. En cambio, el hecho innegable de que en América Latina y en el resto del planeta sean tantos los dirigentes que piensan como él debería obligarnos a reflexionar. Aunque pocos dirían que «todos los argentinos» son iguales, muchos comparten la opinión nada halagadora de Batlle sobre las cualidades éticas e intelectuales de nuestra clase política y las dotes de liderazgo del presidente Eduardo Duhalde. Huelga decir que no se trata de un mero prejuicio extranjero: la popularidad del eslogan «que se vayan todos» sirve para recordarnos que de haber sido Batlle un dirigente argentino, pocos se hubieran sentido demasiado heridos por sus declaraciones aun cuando no hubiera tomado la precaución de aclarar que entre los 37 millones de habitantes del país podría haber algunas personas honestas.
Eliminados los agravios compadrescos, en las palabras de Batlle podría encontrarse un análisis útil de las causas de la crisis. El mandatario uruguayo tiene razón al decir que aquí la corrupción ha alcanzado un «volumen» y una «magnitud» gigantescos. También lo tiene cuando señala que los dirigentes «se la pasan hablando de quién es el culpable de no ayudarlos» y de no darse cuenta de que «el idioma que hablan no existe más en el mundo». Asimismo, es evidente que, como dice, Duhalde «no tiene fuerza política, no tiene respaldo, no sabe adónde va». Sin embargo, al agregar a tales comentarios algunos insultos burdos, Batlle se las ingenió para asegurar que pocos prestarían mucha atención a la parte más importante de su «mensaje» que, sin duda alguna, podrían repetir, en lenguaje decididamente más diplomático y en privado, los presidentes y primeros ministros de muchos otros países de América Latina y Europa.
Que el presidente uruguayo Jorge Batlle se haya sentido sumamente molesto por el "contagio" de nuestra crisis, puede entenderse. Uruguay es un país pequeño, de economía poco eficaz, que depende en buena medida de la evolución de sus dos grandes vecinos, de suerte que gracias a la ineptitud de la dirigencia argentina ya se ha visto privado de miles de millones de dólares y corre el riesgo de verse arrastrado hacia un default. Para el Uruguay, el colapso argentino ha sido una catástrofe: según las cifras más recientes, más del 25% de la población ya se ha hundido en la pobreza. Si bien sería legítimo argüir que los uruguayos, que siempre han tenido motivos de sobra para preocuparse por el peligro que les planteaban las extravagancias de la clase política de la Argentina, deberían haber hecho mucho más por "modernizarse" e integrarse con el resto del mundo con el propósito de alcanzar cierta autonomía, la verdad es que muy pocos pudieron prever que nuestro país se convertiría en una especie de agujero negro financiero cuya implosión ocasionaría daños gravísimos a su vecino más vulnerable.
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