Belleza indómita
Recorrimos Puerto Deseado, uno de los puntos que inspiraron a Charles Darwin para esbozar su teoría de la evolución. Un hermoso paraje al que cada año llegan a anidar los pingüinos de penacho amarillo.
“No creo haber visto en mi vida lugar más aislado del resto del mundo que esta grieta rocosa en medio de tan dilatada llanura”, escribió Charles Darwin en su libro “Viaje de un naturalista alrededor del mundo”, cuando llegó a Puerto Deseado en 1833, a bordo de la fragata HMS Beagle, al mando del capitán Robert Fitz Roy.
Este paraje santacruceño de belleza indómita, situado 304 km al sur de Comodoro Rivadavia, fue uno de los tantos puntos en los que ancló Darwin durante su periplo patagónico, uno de esos sitios remotos e inhóspitos a los que solo algunos locos aventureros se atrevían, y al que no todos sobrevivían. Un lugar estratégico, que le sirvió al gran naturalista inglés para comenzar a esbozar su futura Teoría de las Especies que redondearía, tiempo después en las Islas Galápagos. Un lugar extremo que lo cautivó, tal como describe en su diario de viaje.
En la entrada del 23 de diciembre, Darwin apuntaba: “…Llegamos a Puerto Deseado, en la Costa de la Patagonia, a los 47 de Latitud Sur. La Bahía, de anchura muy variable, penetra una veinte millas frente a las ruinas de un establecimiento español. Salto inmediatamente a tierra. Desembarcar por primera vez en un país siempre tiene un interés muy vivo, y mucho más cuando, como sucede aquí, presenta el paisaje de caracteres especiales muy marcados…”.
Los miradores
“Darwin llega a la Patagonia siguiendo la expedición de Fitz Roy, que venía haciendo un trabajo cartográfico. Todos los mapas que podemos ver los hizo el”, asegura Jorge Cis, en referencia al capitán de la fragata, que era cartógrafo. Cis es guía de la agencia Cis Tours, y conoce la historia deseadense de punta a punta, de los míticos navegantes y la naturaleza apabullante; de los vaivenes de la pesca y la minería, de las eras geológicas y más. Si usted quiere saber algo de Puerto Deseado, búsquelo a Jorge Cis.
Partimos temprano en una mañana de sol, rumbo a los Miradores de Darwin, un sitio de inmensa belleza, el punto exacto donde habría escrito buena parte del diario, un pedazo de tierra con vista privilegiada a la ría Deseado, la única del continente, la que desorientó a tantos navegantes en busca del paso al oeste. En 1520 Hernando de Magallanes navegaba buscando un paso para dar la vuelta al mundo, y creyó descubrirlo aquí, cuando encontró este curso de agua salada en dirección oeste. Pero se confundió, este sitio no era un estrecho ni un canal, era una ría. Diez mil años atrás, durante la última glaciación, el río Deseado abandonó su cauce natural, y el mar lo invadió, formando así la Ría Deseado, única en Sudamérica, hoy Reserva Natural Provincial, declarada Natural Intangible.
Surcamos la estepa infinita, donde cada tanto aparece algún guanaco solitario, animales en los que Darwin reparó.
“… El guanaco o llama silvestre es el cuadrúpedo característico de las llanuras de la Patagonia… En estado natural, con su cuello largo y sus finas patas un animal muy esbelto. Es muy común en todos los lugares templados del continente y se extiende hasta las islas cercanas al Cabo de Hornos. Vive en pequeños rebaños, formados por seis a treinta individuos, por más que a orillas del Santa Cruz hemos visto uno que debía componerse por lo menos de quinientos…”.
La flora autóctona es baja y rastrera, y en el trayecto podemos distinguir calafate, coirón, mata negra, mata verde y poa, el alimento preferido de las ovejas.
“… En todo el paisaje no hay más que soledad y desolación; no se ve un solo árbol… y sin embargo se siente como un placer intenso, aunque no bien definido, al atravesar estas llanuras, donde ni un solo objeto atrae nuestra atención, nuestras miradas, y nos preguntamos: ¿Desde cuándo existirá así esta llanura? ¿Cuánto tiempo durará aún esta desolación?”, escribió Darwin.
Existen dos maneras de llegar a los miradores: por tierra o por agua, en una incursión por la ría en medio de los cañadones. El camino del agua, adentrándose en el espectacular cañón del río Deseado, es más complejo: depende del ritmo fluctuante de las mareas. Es una excursión larga que permite acceder a las cuevas donde hay pinturas rupestres, para luego subir andando hasta los miradores.
El punto justo
La “puerta” de ingreso terrestre a los Miradores es a través de la estancia La Aurora, un campo de ocho leguas que no deja otra alternativa. Aquellos que vayan por cuenta propia deben contactarse antes con Matilde Wilson, su propietaria, quien cobra alrededor de $ 180 la “entrada”.
Un buen rato después llegamos al tope de los miradores, el punto justo donde Darwin se sentó a contemplar esta paisaje, tan bello como inhóspito. Estamos a la altura del kilómetro 40, sobre el final de los 45 que tiene en total el curso de agua. Un ñandú pasa raudo y se confunde entre la vegetación, atrás viene la cría, un chulenguito huidizo que lo sigue a toda velocidad. La vista es, sencillamente, espectacular. La ría, ahora seca, serpentea por el cañadón de piedras rojizas dejando a la vista un terreno arcilloso. Caminamos para encontrar la mejor panorámica, aquella que pintó Edward Martens, el dibujante de la expedición, quien eternizó este paisaje en su pintura La Ventana, una gran roca que se divisa a lo lejos. Pero no hay una vista mejor que otra, cualquier punto donde uno se detenga regala un panorama memorable.
Por los cañadones
La fauna marina es, sin dudas, uno de los atractivos más deseados. Una buena opción para su avistaje consiste en hacer una excursión embarcada. Partimos por la tarde desde la boca de la ría en la embarcación de la empresa “Los Vikingos”.
Nos adentramos en dirección a la desembocadura, hacia la Isla Chaffers. “En realidad no es una isla, es una península que en marea alta forma una isla, y así figura en las cartas”, explica Chantall Torlaschi, bióloga marina y guía. Nos acompañan, de a ratos, un par de escurridizas toninas overas. Allí avistamos una numerosa colonia de pingüinos de Magallanes, la más grande de toda la ría, donde se cuentan unos 30 mil ejemplares, que sumados a los que se están reproduciendo, llegarán a unos 45 mil, según estima la bióloga. “Todas las colonias de pingüinos son mixtas. Hay ostreros, gaviota cocinera, patos vapor y pato crestón” señala.
Continuamos navegando ahora rumbo al interior de la ría, hacia la isla Elena, conocida también como la “Barranca de los Cormoranes” un acantilado donde nidifican el cormorán gris y el roquero. La embarcación se acerca y baja la velocidad, así podemos contemplarlos mejor y fotografiarlos. El gris, endémico de Santa Cruz, tiene el pico amarillo, las patas rojas y unos ojos cautivantes, contenidos dentro de una circunferencia celeste que les da una sensación de brillo permanente. También se puede ver el cormorán Imperial, que tiene la colonia más grande de Sudamérica, de unos doce mil ejemplares, en la isla Chata, y cada tanto se acercan a alimentarse hasta aquí. Además hay ostrero negro, gaviota gris, y garza bruja, un ave “tímida”, y difícil de avistar, según Chantall.
Pasamos después por la Isla Larga, donde hay una pequeña colonia de gaviotines sudamericanos, que interactúan con los cormoranes y donde reposan los lobos marinos. Finalmente, llegamos a la Isla de los Pájaros, desembarcamos en su playa de canto rodado y caminamos por la costa. Al frente se ve la ciudad-pueblo, el puerto, sus embarcaciones. Y al lado, un sinfín de pingüinos de Magallanes que aprovechan la zampa, un arbusto que cubre la mayor parte de la isla, para construir sus nidos.
Sobrevuelan un montón da gaviotas, y entre la escasa vegetación se ven algunos ostreros que se destacan fácilmente por su pico rojo anaranjado. La excursión culmina con mate y bizcochos en la playa, rodeados de pingüinos curiosos.
La ría se puede disfrutar también por tierra, en un circuito por los cañadones, que se puede recorrer en bicicleta, caminando o en vehículos. Arrancamos tempranito, una vez más con el sol de nuestro lado y el viento que parece nunca abandonar los senderos de la Patagonia. Ahora vamos en camioneta, y nos acompaña Chantall una vez más. Pasamos primero por el cañadón del Paraguayo, cuyo nombre homenajea a un personaje singular. Nos detenemos unos instantes en su hogar, una casa de chapa blanca típica, con un jardín precioso, donde se filmaron algunas escenas de la Patagonia Rebelde. El paraguayo resulta ser un tipo amable y charlatán, que enseguida desenfunda un acordeón y ensaya un par de chamamés. Nos vamos con la promesa de volver para conversar largo y tendido.
El paseo sigue por el cañadón Torcido, que tiene una linda panorámica de la ría y termina en el cañadón del Indio, donde hay una colonia de cormoranes. Chantall cuenta que existe un proyecto para armar un circuito interpretativo de aves. “Para la gente son todos patos, entonces vamos a poner un cartel que diga: ‘No todos somos patos’”.
la isla pingüino
Una vez más, el sol y el viento nos acompañan. La isla Pingüino, hacia donde nos dirigimos ahora, fue declarada Parque Interjurisdiccional Marino el 15 de febrero de 2010.
Y aquí llegan, año tras años los peculiares pingüinos de Penacho Amarillo, que se destacan por su cresta, las cejas amarilla, el pico naranja y sus ojos rojo fuego. Ellos son las mascotas oficiales de Puerto Deseado, las figuras indiscutidas en medio de este vergel de fauna marina.
Navegamos en el semirrígido de Darwin Expediciones, al mando de los guías Javier Fernández y Ricardo Pérez. Vamos atentos a la aparición de alguna tonina overa o delfín antártico, que hoy no se dejarán ver. A una hora de zarpar estamos frente al faro. Nos detenemos primero en un promontorio rocoso para ver una colonia de lobos marinos.
Poco después, desembarcamos en este lugar inhóspito donde los navegantes de la Real Compañía Marítima española llegaron a matar más de 30 mil lobos. El aceite, que se utilizaba para encender velas en una época en que no había corriente eléctrica, era un negocio muy redituable.
Veo el faro rojo y blanco, ajado, desteñido; la caldera que usaban los navegantes de la Real Compañía, ahora oxidada; la casa del torrero, abandonada. Caminamos entre un sinfín de pingüinos de Magallanes que parecen más que habituados a la presencia del hombre. Despreocupados, se cruzan en el camino, pasan por al lado, por delante y por detrás. Más allá, un grupo en hilera surca una praderita rumbo al mar, mientras al borde del sendero algunos otros cuidan sus huevos de las temibles skúas.
El guía Javier Fernández comenta que Magallanes y Francis Drake, el legendario pirata inglés, “se dieron una panzada de pingüinos y lobos”. “Y después vino la venganza del pingüino, porque parece que la carne se descompuso, y se lleno el barco de gusanos”. Seguimos andando hacia el cañadón donde anidan los penachos. Andamos con paso firme entre las rocas, de un rojo desteñido, cubiertas con manchones de huano.
De este lado de la isla, el mar refleja un azul mucho más intenso. Unos pasos más, y ahora si, aparece un nutrido grupo de penachos. Hay quien se atreve a estirar la mano y ensayar una caricia. Hay quien posa a su lado haciendo la “V” de la Victoria. Hay quien contempla en silencio, emocionado. Hay quien se revuelca en las rocas a menos de un metro para fotografiarlos. Hay quien se asusta con las escaramuzas que arman entre ellos, celosos de su territorio.
La colonia del pingüino más pequeño de la especie, tiene alrededor de tres mil ejemplares que vienen a copular y dar a luz en estas tierras, hasta el mes de abril, cuando se sumergirán, una vez más, mar adentro.
Caminamos ahora hacia una caleta que alberga un apostadero de lobos marinos de un pelo, entre el vuelo rasante de las skúas, alertas a los huevos de algún pingüinos desprevenido, y el planeo de un cauquén silencioso. Poco después, almuerzo y vuelta al pueblo, al puerto.
Como Darwin y su capitán Fitz Roy. Como Hernando de Magallanes. Como Francis Drake y Thomas Cavendish, míticos navegantes que surcaron los siete mares y anclaron en este rincón patagónico. Llegué a buen puerto. Llegué al sitio elegido. Llegué a Puerto Deseado.
Santa
Cruz
Macho y hembra en pleno cortejo. Hay unos 3.000 ejemplares entre noviembre y abril, época en la que los pingüinos de penacho amarillo van a procrear.
Guido Piotrkowski
Guido Piotrkowski