Blanco móvil

Lejos de ser "víctima" de las pasiones políticas, Menem se vio más beneficiado por ellas que cualquier otro ciudadano del país.

Por Redacción

Toda vez que un político se encuentra en dificultades, se proclama víctima de una campaña de persecución puesta en marcha por sus enemigos a fin de desprestigiarlo a él, a su partido y, en ocasiones, al país en su conjunto. Si se tratara de una figura menor, afirmaciones de este tipo sólo servirían para motivar carcajadas, las cuales la perjudicarían todavía más, pero cuando la persona en cuestión fue hasta hace poco presidente de la Nación y sigue siendo el jefe formal del partido opositor principal, los resueltos a seguir investigando las denuncias en su contra tienen que tomarlas en cuenta. Pues bien: según los colaboradores de Carlos Menem, la SIDE y otros organismos de inteligencia oficiales están espiándolo, grabando sus conversaciones telefónicas privadas, en el contexto de una «ofensiva» general desatada por el gobierno del presidente Fernando de la Rúa, cuyo objetivo consistiría en «demonizar» al peronismo al mostrar «que la corrupción es una condición estructural a la dirigencia del PJ en todo el país». Para colmo, los menemistas dicen que el instigador de la «ofensiva de inteligencia» que se habrá puesto en marcha es el estadounidense Dick Morris, el consultor que trabaja para De la Rúa, al cual han prometido querellar por haber aseverado que el gobierno menemista «fue absolutamente corrupto».

Aunque la inquietud que sienten Menem y los integrantes de su círculo puede entenderse, pocos tomarán demasiado en serio la idea de que por motivos políticos el gobierno haya elegido perseguirlo. Por el contrario, los más -incluyendo, sin duda, a los menemistas mismos-, dan por descontado que por motivos netamente políticos la Alianza preferiría dejar a Menem por encima de toda sospecha para concentrarse en «emblemáticos» de origen no peronista cuya encarcelación no le causaría problemas significantes. Tanto De la Rúa como el ex presidente Raúl Alfonsín han insistido en lo escaso que es su interés en impulsar juicios que en su opinión podrían perjudicar a la presidencia como tal y provocar una grave crisis institucional. Lejos de ser «víctima» de las pasiones políticas, pues, Menem se ha visto más beneficiado por ellas que cualquier otro ciudadano del país.

Es de prever que si una cantidad suficiente de sus compañeros peronistas decide solidarizarse con él, Menem continuará disfrutando de su estatuto unipersonal de inmunidad, pero ya no parece tan evidente como antes que todo el movimiento que encabeza esté dispuesto a comprometerse con un estilo de conducta que hizo que buena parte del país compartiera la opinión de Morris en cuanto a la honestidad del ex presidente y de los miembros mejor conocidos de su entorno. Aunque muchos dirigentes peronistas -y radicales- saben que un esfuerzo auténtico por combatir la corrupción produciría muchas bajas en sus respectivas filas, también son conscientes de que al país no le convendría continuar figurando entre los más corruptos del planeta. Asimismo, no pueden sino entender que de intensificarse aún más el desprestigio de la clase política local a raíz de la corrupción sistemática, tarde o temprano podrían producirse aquí fenómenos similares a los que ya han convulsionado a países como Venezuela y Ecuador. Frente a la alternativa así supuesta, una depuración equiparable con la experimentada por Italia algunos años atrás resultaría decididamente menos dolorosa.

La verdad es que solamente a una minoría le gustaría que Menem quedara entre rejas por su presunto papel en la corrupción que para tantos fue uno de los rasgos más llamativos de su gobierno, pero a menos que la Alianza opte explícitamente por discriminar en su favor las diversas investigaciones que están en marcha, bien podrían redundar en su detención. Este no sería el caso si no existieran motivos suficientes como para sospechar que Menem no sólo estaba al tanto de los negociados atribuidos a personajes de su entorno, sino que también vio aumentar de forma difícilmente explicable su propio patrimonio, pero, mal que le pese, su «imagen» en este sentido es tan mala que ni siquiera ha logrado mejorarla el deseo indisimulado de los delarruistas de darle el beneficio de toda duda concebible.