Brasil en el espejo del Mundial
El gobierno brasileño ya sabe que el Mundial de fútbol que comienza no lo ayudará a impresionar a los demás pueblos con la supuesta transformación de su país en una gran potencia económica no sólo regional sino también planetaria. Teme que, lejos de concentrarse en el progreso que se ha anotado en los años últimos, los medios internacionales aprovechen la oportunidad que les ha sido brindada para llamar la atención sobre la brecha enorme que se da entre la retórica oficial y la dura realidad de un país relativamente atrasado en que una proporción sustancial de la población vive en pobreza. Para colmo, Brasil dejó hace tiempo de crecer a un ritmo vigoroso; antes bien, podría estar por entrar en recesión. La preocupación que sienten la presidenta Dilma Rousseff y otros funcionarios brasileños por el impacto propagandístico que tenga el campeonato del deporte más popular de todos es lógica. Además de tener que tratar de minimizar la importancia de las manifestaciones callejeras masivas, en buena medida espontáneas, de quienes están protestando en contra de la voluntad del gobierno de priorizar las obras públicas costosas exigidas por la FIFA, gastando así más de 10.000 millones de dólares que a juicio de muchos deberían invertirse en educación, salud o viviendas, entenderán que las deficiencias del transporte público, las comunicaciones electrónicas y los hoteles podrían resultar ser tan flagrantes que la reputación internacional de Brasil quedaría irremediablemente dañada y ni siquiera un eventual triunfo de la selección local en el campo de juego les serviría de consuelo. Como otros gobiernos que han apostado a que, a la larga, el prestigio que les reportaría organizar un Mundial de fútbol o los Juegos Olímpicos justificaría los costos económicos enormes que tendrían que asumir, el brasileño insiste en las obras de infraestructura que está procurando completar beneficiarán a todos. Sin embargo en algunos casos, como el de Grecia, los estadios y otros complejos deportivos que fueron construidos para una competencia determinada han quedado como monumentos al optimismo exagerado de dirigentes ambiciosos, ya que, una vez terminada la competencia, pocos los usarían. Asimismo, mientras que países ricos, como Alemania y el Reino Unido, ya cuentan con muchas instalaciones adecuadas y están en condiciones de agregarles otras nuevas a un costo que para ellos puede considerarse razonable, los más pobres se ven obligados a comprometerse a gastar montos muy superiores en un esfuerzo por emularlos. Pudo hacerlo con impunidad el régimen comunista chino, pero Brasil es una democracia en que, para desconcierto de un gobierno que había previsto que el fervor futbolero lo eximiría de tener que rendir cuentas, a muchos les parece insensato gastar muchísimo dinero en lo que, al fin y al cabo, es nada más que un espectáculo pasajero. En el inicio de esta edición del Mundial los brasileños aún no han terminado los preparativos para recibir a los centenares de miles de visitantes de Europa, Asia y otras partes de América, que ya han comenzado a llegar. Algunos proyectos han sido abandonados. Según se informa, los encargados del trabajo no lograrán poner el toque final a tiempo a las obras en varios aeropuertos y estadios, en los sistemas de transporte urbano de Río de Janeiro, Recife, Salvador y Brasilia, o asegurar las conexiones informáticas en seis de los doce estadios en los que se celebrarán partidos. Aunque las molestias ocasionadas por tales deficiencias no motiven problemas realmente graves –algunos las encontrarían agradablemente exóticas–, recordarán a quienes las sufran que Brasil sigue siendo un país subdesarrollado en el que muy poco funciona como sería de esperar en Europa occidental, América del Norte o el Japón, difundiéndose así un mensaje muy distinto del ideado por las autoridades brasileñas cuando ofrecieron ser anfitriones de un torneo que, durante un mes, atrapará la atención de más de 1.000 millones de personas en el mundo entero y que, como si los dolores de cabeza provocados por el Mundial ya no fueran más que suficientes, tendrán que prepararse para los Juegos Olímpicos del 2016 que, siempre y cuando no ocurra nada imprevisto, tendrán lugar en Río de Janeiro.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Jueves 12 de junio de 2014
El gobierno brasileño ya sabe que el Mundial de fútbol que comienza no lo ayudará a impresionar a los demás pueblos con la supuesta transformación de su país en una gran potencia económica no sólo regional sino también planetaria. Teme que, lejos de concentrarse en el progreso que se ha anotado en los años últimos, los medios internacionales aprovechen la oportunidad que les ha sido brindada para llamar la atención sobre la brecha enorme que se da entre la retórica oficial y la dura realidad de un país relativamente atrasado en que una proporción sustancial de la población vive en pobreza. Para colmo, Brasil dejó hace tiempo de crecer a un ritmo vigoroso; antes bien, podría estar por entrar en recesión. La preocupación que sienten la presidenta Dilma Rousseff y otros funcionarios brasileños por el impacto propagandístico que tenga el campeonato del deporte más popular de todos es lógica. Además de tener que tratar de minimizar la importancia de las manifestaciones callejeras masivas, en buena medida espontáneas, de quienes están protestando en contra de la voluntad del gobierno de priorizar las obras públicas costosas exigidas por la FIFA, gastando así más de 10.000 millones de dólares que a juicio de muchos deberían invertirse en educación, salud o viviendas, entenderán que las deficiencias del transporte público, las comunicaciones electrónicas y los hoteles podrían resultar ser tan flagrantes que la reputación internacional de Brasil quedaría irremediablemente dañada y ni siquiera un eventual triunfo de la selección local en el campo de juego les serviría de consuelo. Como otros gobiernos que han apostado a que, a la larga, el prestigio que les reportaría organizar un Mundial de fútbol o los Juegos Olímpicos justificaría los costos económicos enormes que tendrían que asumir, el brasileño insiste en las obras de infraestructura que está procurando completar beneficiarán a todos. Sin embargo en algunos casos, como el de Grecia, los estadios y otros complejos deportivos que fueron construidos para una competencia determinada han quedado como monumentos al optimismo exagerado de dirigentes ambiciosos, ya que, una vez terminada la competencia, pocos los usarían. Asimismo, mientras que países ricos, como Alemania y el Reino Unido, ya cuentan con muchas instalaciones adecuadas y están en condiciones de agregarles otras nuevas a un costo que para ellos puede considerarse razonable, los más pobres se ven obligados a comprometerse a gastar montos muy superiores en un esfuerzo por emularlos. Pudo hacerlo con impunidad el régimen comunista chino, pero Brasil es una democracia en que, para desconcierto de un gobierno que había previsto que el fervor futbolero lo eximiría de tener que rendir cuentas, a muchos les parece insensato gastar muchísimo dinero en lo que, al fin y al cabo, es nada más que un espectáculo pasajero. En el inicio de esta edición del Mundial los brasileños aún no han terminado los preparativos para recibir a los centenares de miles de visitantes de Europa, Asia y otras partes de América, que ya han comenzado a llegar. Algunos proyectos han sido abandonados. Según se informa, los encargados del trabajo no lograrán poner el toque final a tiempo a las obras en varios aeropuertos y estadios, en los sistemas de transporte urbano de Río de Janeiro, Recife, Salvador y Brasilia, o asegurar las conexiones informáticas en seis de los doce estadios en los que se celebrarán partidos. Aunque las molestias ocasionadas por tales deficiencias no motiven problemas realmente graves –algunos las encontrarían agradablemente exóticas–, recordarán a quienes las sufran que Brasil sigue siendo un país subdesarrollado en el que muy poco funciona como sería de esperar en Europa occidental, América del Norte o el Japón, difundiéndose así un mensaje muy distinto del ideado por las autoridades brasileñas cuando ofrecieron ser anfitriones de un torneo que, durante un mes, atrapará la atención de más de 1.000 millones de personas en el mundo entero y que, como si los dolores de cabeza provocados por el Mundial ya no fueran más que suficientes, tendrán que prepararse para los Juegos Olímpicos del 2016 que, siempre y cuando no ocurra nada imprevisto, tendrán lugar en Río de Janeiro.
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