Bruno Gelber: “Artista se nace, pianista se hace”

A sala llena, tocará el próximo fin de semana en Roca. Antes, dialogó en exclusiva con “Río Negro”.

Redacción

Por Redacción

Tal como se esperaba, ya no quedan localidades para los dos conciertos que el maestro Bruno Leonardo Gelber brindará en General Roca el fin de semana que viene. A más de treinta años de su presentación en la ciudad, que por aquél entonces organizó el Dr. Norberto Tilo Rajneri, el concertista argentino actuará el viernes y sábado a partir de las 21 en el Auditorio “Ciudad de las Artes” (Rivadavia 2263) de Fundación Cultural Patagonia, quien organizó las dos presentaciones exclusivas para la zona. Esta vez Gelber no estará solo ya que compartirá el escenario con la recientemente creada Orquesta Sinfónica de la Provincia de Río Negro, dirigida por el maestro Fabrizio Danei. La Orquesta inaugura así un año que promete no sólo actuaciones en General Roca sino también en otras ciudades de la provincia. Decíamos que la visita del maestro Gelber es posible gracias a la organización de la Fundación Cultural Patagonia, que repite así el sueño que tuvo el propio Dr. Rajneri, cuando en los años ochenta como director de Casa de la Cultura manifestaba su ferviente admiración por el concertista, a quien se lo considera uno de los cien pianistas más importantes del siglo XX y uno de los más fieles exponentes de la obra de Beethoven, compositor elegido para esta ocasión. El director de la Orquesta, Fabrizio Danei, se reunió semanas atrás con el pianista en Buenos Aires para ultimar detalles de los conciertos. “Me siento emocionado porque nadie mejor que Bruno Gelber para generar todo lo que demanda la obra de Beethoven. Vamos a recrear el concierto que hizo el genial compositor en marzo de 1807, en medio de un período de plenitud amorosa a través de su relación con Therese Von Brunsvick. Eso se demuestra en la ‘Sinfonía’, que es explosiva, fresca, alegre”, dijo. “En el caso del ‘Concierto para piano’, Beethoven transmite una alegría más introspectiva, menos gloriosa. Y allí, tal como ocurrió semanas atrás en el Teatro Colón de Buenos Aires, Bruno Gelber creará la intimidad que demanda esta obra maravillosa”, concluyó. A los dos conciertos programados en la ciudad se suma una clase magistral que ofrecerá Gelber para los estudiantes del IUPA. E​n una entrevista exclusiva con este diario, el artista dijo sentir una profunda emoción de volver a la ciudad que tanto cariño le demostró. Su memoria no falla. Recordó que en aquél entonces, el Dr. Tilo Rajneri, creador de Casa de la Cultura, el IUPA y Fundación Cultural Patagonia, no dejó escapar ningún detalle. “Organizó en su casa un almuerzo con algunos invitados. Era un hombre que amaba el arte y que conocía muy bien mi trabajo. Conversamos mucho, quería saber cómo era trabajar con los grandes directores que en los años setenta y ochenta brillaban. Fue una época esplendorosa en la que Tilo Rajneri fue un visionario y un gran hacedor. Ya en ese entonces hablaba de formar una orquesta. Por lo que la emoción es doble: volver a Roca y tocar con la propia orquesta de la provincia”. –Los años veinte fueron “esplendorosos” para la música. Si bien usted es posterior, ¿qué recibió de esa época? Bruno Gelber.–Por empezar la formación, la manera en que estudiábamos y cómo nos enseñaban. Fueron tan fantásticos esos años que su halo continuó un par de décadas más. Confluyeron en el mundo muchas cosas y que dieron a la música un lugar preponderante. No existía el fenómeno de internet. Las obras y sus intérpretes, como también los directores, gozábamos del misterio necesario que envuelve a los artistas. Nos conocían a partir de nuestro trabajo real. Es decir, no había aditamentos más que el lugar ganado desde lo que sabías hacer y cómo lo hacías. La radio fue una gran difusora en esos años. –Un nombre fundamental en su carrera fue el maestro Vincenzo Scaramuzza… –Absolutamente. Fue mi primer gran maestro, en Buenos Aires. No sólo fue mi profesor, sino que lo fue para cuarenta excelentes pianistas, incluyendo a mi madre, que antes de ser mi maestra fue su alumna. Scaramuzza supo enseñarnos la gran estructura pianística. Formó una gran cantidad de pianistas como de profesores. Era muy riguroso. Su parte pedagógica no era la más ideal, era muy duro. Pero tenía como pocos una gran sabiduría anatómica del brazo y de la manera de tocar, de emplear los músculos necesarios. Su enseñanza fue completa porque le agregó a la forma de enseñar italiana parte de la escuela rusa. Fue también el profesor de Martha Argerich. Yo estuve junto a él trece años, pero antes mamá estuvo dieciséis. Ella en total estuvo veintinueve años. En la época en que me tocó a mí ser su alumno yo era muy chico y mamá debió oficiar en muchas ocasiones de mediadora ya que por momentos era muy severo. –Se sabe que su madre fue el eje fundamental en su vida, ¿por qué? –Porque fue quien estuvo desde que decidí ser quien soy. Ella fue quien me hizo pianista. Fue, es y será siempre en el recuerdo la base de mi vida. No podría ser quien soy si no la hubiera tenido a mi lado. Fue con quien la vida se transformó en una experiencia maravillosa. Los primeros conciertos, la exigencia, el amor por lo que hago, todo todo fue inculcado por mi madre. Cuando falleció no aprendí a vivir muy bien sin su presencia física. Te lo dije hace unos años: nunca la reemplacé, fue un amor que se fue y… se fue. –¿Qué recuerdos tiene de su padre? –Si mamá me hizo pianista, papá me hizo concertista. Era violinista en la orquesta del Teatro Colón. Cuando se resignó a que yo sería pianista, comenzó a disfrutarlo. Le gustaba lucirse conmigo porque tenía oído absoluto. Siempre me pedía que tocara cuando teníamos visitas. Papá me acostumbró a tocar delante de la gente. Tuve una casa donde sus pilares, mis padres, fueron mi ejemplo de estudio y dignidad, de amor por lo que hacíamos. –¿Tuvo algún momento en su vida en que dudó seguir con su carrera? –Jamás. Tenía siete años cuando me diagnosticaron poliomielitis. Ni siquiera eso me impidió ser quien quise ser. Recuerdo que vi a mi madre entrar al cuarto donde yo estaba en la cama sin saber porqué tenía el cuerpo inmovilizado. Cuando vi su cara comprendí que algo grave sucedía. La miré y le pregunté: ¿voy a poder seguir tocando el piano? Era el 31 de marzo, cumpleaños de papá. La enfermedad fue bajando, y pasé de tener todo el cuerpo inmovilizado a poder mover las manos. Con el tiempo recuperé gran parte de la movilidad, quedando afectada sólo una pierna. Puede que en aquél entonces haya sido un gran problema, pero eso no me impidió seguir tocando el piano que es lo que más miedo me daba perder. Seguramente me condicionó desde lo estético, pero no para dar casi 900 vueltas al mundo dando conciertos. No me privó más que de correr. El resto lo hice todo. –Hubo un antes y un después en su carrera tras el concierto que ofreció en Ginebra, con la orquesta Suisse Romande, bajo la dirección del suizo, Ernest Ansermet. ¿Qué ocurrió? –Yo era muy jovencito y acababa de tocar con Ansermet en Colonia. En ese momento me preguntó si había actuado en Suiza. Le respondí que no. A los quince días recibí un contrato para abrir el ciclo de abono de la orquesta bajo su dirección. Fue el 5 y 6 de octubre de 1965. Me presenté con un éxito descomunal. En ese momento tuve la sensación de haberlo dado todo en el concierto de Ginebra. Creí que había tocado como un rey. Ya en Colonia, en casa de un amigo, quien como buen alemán le encantaba la música clásica, me dijo que había invitado a amigos a cenar porque esa noche pasaban por la radio el concierto que yo había dado días atrás. Me puso contento saber que iba a poder escuchar lo que creí, había sido un concierto fantástico. Pensé que los invitados se quedarían bizcos al escucharme. El concierto estuvo muy bien, pero toda esa locura de pasión que yo había puesto en aquella interpretación, no estaba. Nunca olvidé ese aprendizaje que tuve conmigo mismo. –¿Por qué fue revelador? –Porque aprendí que no hay que perder jamás la conciencia para quién estamos tocando, el registro del otro. Los intérpretes no podemos quedarnos sólo en esa pasión que sentimos por la obra de los grandes compositores, sino que tenemos la difícil tarea de transmitirla al público. Eso es lo que nos hace artistas. Podés hacer un concierto maravilloso, pero si la gente no lo sintió así, todo ese frenesí, ese ardor, quedó encapsulado. Uno toca para el público. Uno es el transmisor de la obra de un genio. Desde ese momento aprendí que debía brindarme, a no quedarme pasmado ante la emoción que siento al interpretar sino que debo pasarlo a los demás. La música está viva gracias a los intérpretes. Por eso hay que estar en estado de gracia para poder transmitirla. –¿Las obras maduran con el artista? –Absolutamente. La obra de un compositor genial es insondable. Uno avanza en el tiempo con ellas, porque siempre podemos descubrir algo nuevo. Es maravilloso poder seguir profundizando en las interpretaciones, como profundizamos con la vida misma. –Nombró a Martha Argerich. ¿Por qué se los considera en Argentina, a ella y a usted, los últimos exponentes de una época? –Porque lo somos. Recorrimos el mundo centenas de veces. Yo toqué en 54 países, he dado más de cinco mil conciertos. Y Martha otros tanto. Hemos estado en casi todos los grandes festivales, tocando con los mejores directores del mundo. En lo que a música se refiere, lo hicimos todo. Si bien somos coetáneos, nos llevamos dos meses de diferencia en edad, somos muy diferentes en todos los sentidos. Tenemos una mutua admiración. Cuando éramos chicos, y nos cruzábamos en las clases, ella me decía: “¿Vos cómo soñás?”. A lo que yo respondía: sueño como todo el mundo, no sé. Entonces me decía: “Yo sueño en colores”. Martha siempre fue original, tenía algo que la hacía distinta. Es una persona a la que quiero profundamente. –¿Cómo convive con la demanda actual por los artistas, de los medios de comunicación? –Me considero un artista de mi época porque respeto mucho mi profesión. Cuido mi imagen, estoy en detalles que hoy por hoy no se tienen muy en cuenta. No me gusta hablar de los demás, detesto los escándalos, la vulgaridad, el bochorno. No asisto a lugares por el simple hecho de aparecer en las fotos. Nada de eso me interesa. Sé poner un freno a lo que veo poco serio, a lo que puede afectar mi bienestar, mi imagen. No me brindo así nomás. Me llevo bien con los medios de comunicación siempre y cuando entienden que este es mi trabajo y por el que siento mucho respeto. Soy yo el que lo lleva adelante, y sé cuidarlo muy bien. Lo hice toda mi vida, no veo por qué deba abandonarlo ahora. –¿Cree que internet favoreció a su trabajo, poniendo la información al alcance de nuevas generaciones? –Claro que sí. Es un medio necesario hoy en día, de gran utilidad. Pero también guardo cierto recelo cuando veo que se lo usa de manera equívoca. Lógicamente es genial tener acceso a partituras, a discos, a entrevistas, a conciertos históricos. Yo mismo me asombro de todo lo que hay mío allí, pero se vive con una idea errónea de lo que es el mundo ya que se cree tenerlo al alcance de las manos, pero en realidad no perteneces a ese mundo. Para lograrlo hay que trabajar mucho. Soy una persona que le gusta guardar cierto misterio, la elegancia en lo que hace. No me agrada para nada saber que no sólo puede estar mi fecha de nacimiento, sino que también en cualquier momento pueden aparecer fotos hasta del día en que nací. Si bien estoy agradecido de que mediante internet mucha gente tuvo la posibilidad de saber quién soy, creo que hay un exceso de curiosidad que muchas veces juega en contra del artista. –¿Todo pianista es un artista? –Uno no toca para profesionales, sino para el público. No hay nada más importante para mí que llegar con mi mensaje a su sensibilidad. Sólo cuando eso ocurre mi labor está cumplida. Pianista se hace, pero artista se nace.

Oscar Sarhan

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“Scaramuzza supo enseñarnos la gran estructura pianística. Formó una gran cantidad de pianistas como de profesores”.

“Uno no toca para profesionales, sino para el público. No hay nada más importante para mí que llegar con mi mensaje a su sensibilidad”

Todo es interpretar Ante la pregunta de si cree que todo tiempo pasado fue mejor, el maestro Bruno Gelber, considerado por Arthur Rubinstein como uno de los mejores de su generación, manifestó su preferencia por vivir en el presente, por mirar hacia adelante y ver todo lo que aún le queda por realizar. “He tenido siempre la sensación de ir en un trineo, en ese viaje que es la vida donde me nutro de todo lo que va aconteciendo alrededor. Yo me dejé llevar y fui eligiendo lo que me proponían. Luego vino el encuentro con todos los que ayudaron a que mi vida fuera totalmente plena y llena de aciertos en lo profesional”, dijo. Y nombra a su maestra Marguerite Long, a Arthur Rubinstein, a directores como George Szell y Colin Davis, entre otros. “Yo me casé con ese señor de frac y dientes blancos, que es el piano. Le soy fiel desde que tengo cinco años, en que di mi primer concierto. Desde entonces mi vida personal comienza a partir de haber cumplido con la música durante el día. Nunca le robé tiempo para hacer otra cosa. Para mí la música es mi idioma natural, convivo cotidianamente con eso, y me encanta poder transmitirlo a los alumnos, a los amigos, al público. La música es la razón de mi existencia”. Respecto a las nuevas generaciones de pianistas, Gelber dijo que es muy difícil ser un genio hoy en día, porque toca atravesar una era que es muy técnica, exigida desde el punto de vista de la performance. “Yo soy de una época donde lo que más se subrayaba era la expresión, el brindarse desde adentro a través de un virtuosismo necesario. Pero no desde una exhibición de técnica para asustar a la gente. No critico a nadie. Cada cosa en su momento. Lo que fue bueno para mí no quiere decir que lo sea para los demás pianistas, en este caso los nuevos concertistas que les toca otro tiempo por desarrollarse. Uno encuentra eco en quien aprecia. Creo saber transmitir lo que interpreto. Es decir las obras que tienen un gran contenido, romántico o clásico, de gran profundidad y mensaje. “Mi motivo es seguir llevando adelante esa luz, estar bien para tocar el piano, brindar ese don que me fue dado. Es una gran responsabilidad pero lo hago con profunda devoción. Es mi forma de aportar algo a este mundo. Obviamente no es fácil. Muchos factores juegan juntos para que eso llegue limpio y claro al alma del público. Es una entrada en religión donde interviene una conjunción de nervios, angustias, placer e inspiración. Todo eso es interpretar. De nada sirve tener una buena técnica sino está puesta en ella la vida, lo que te ha sucedido, lo que sos y todo aquello que aún querés ser. No debe ser menos porque no hay que olvidar que la inspiración divina de los grandes genios pasa por nuestra esencia”, concluyó. (O.S.)

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“Scaramuzza supo enseñarnos la gran estructura pianística. Formó una gran cantidad de pianistas como de profesores”.
“Uno no toca para profesionales, sino para el público. No hay nada más importante para mí que llegar con mi mensaje a su sensibilidad”

Tal como se esperaba, ya no quedan localidades para los dos conciertos que el maestro Bruno Leonardo Gelber brindará en General Roca el fin de semana que viene. A más de treinta años de su presentación en la ciudad, que por aquél entonces organizó el Dr. Norberto Tilo Rajneri, el concertista argentino actuará el viernes y sábado a partir de las 21 en el Auditorio “Ciudad de las Artes” (Rivadavia 2263) de Fundación Cultural Patagonia, quien organizó las dos presentaciones exclusivas para la zona. Esta vez Gelber no estará solo ya que compartirá el escenario con la recientemente creada Orquesta Sinfónica de la Provincia de Río Negro, dirigida por el maestro Fabrizio Danei. La Orquesta inaugura así un año que promete no sólo actuaciones en General Roca sino también en otras ciudades de la provincia. Decíamos que la visita del maestro Gelber es posible gracias a la organización de la Fundación Cultural Patagonia, que repite así el sueño que tuvo el propio Dr. Rajneri, cuando en los años ochenta como director de Casa de la Cultura manifestaba su ferviente admiración por el concertista, a quien se lo considera uno de los cien pianistas más importantes del siglo XX y uno de los más fieles exponentes de la obra de Beethoven, compositor elegido para esta ocasión. El director de la Orquesta, Fabrizio Danei, se reunió semanas atrás con el pianista en Buenos Aires para ultimar detalles de los conciertos. “Me siento emocionado porque nadie mejor que Bruno Gelber para generar todo lo que demanda la obra de Beethoven. Vamos a recrear el concierto que hizo el genial compositor en marzo de 1807, en medio de un período de plenitud amorosa a través de su relación con Therese Von Brunsvick. Eso se demuestra en la ‘Sinfonía’, que es explosiva, fresca, alegre”, dijo. “En el caso del ‘Concierto para piano’, Beethoven transmite una alegría más introspectiva, menos gloriosa. Y allí, tal como ocurrió semanas atrás en el Teatro Colón de Buenos Aires, Bruno Gelber creará la intimidad que demanda esta obra maravillosa”, concluyó. A los dos conciertos programados en la ciudad se suma una clase magistral que ofrecerá Gelber para los estudiantes del IUPA. E​n una entrevista exclusiva con este diario, el artista dijo sentir una profunda emoción de volver a la ciudad que tanto cariño le demostró. Su memoria no falla. Recordó que en aquél entonces, el Dr. Tilo Rajneri, creador de Casa de la Cultura, el IUPA y Fundación Cultural Patagonia, no dejó escapar ningún detalle. “Organizó en su casa un almuerzo con algunos invitados. Era un hombre que amaba el arte y que conocía muy bien mi trabajo. Conversamos mucho, quería saber cómo era trabajar con los grandes directores que en los años setenta y ochenta brillaban. Fue una época esplendorosa en la que Tilo Rajneri fue un visionario y un gran hacedor. Ya en ese entonces hablaba de formar una orquesta. Por lo que la emoción es doble: volver a Roca y tocar con la propia orquesta de la provincia”. –Los años veinte fueron “esplendorosos” para la música. Si bien usted es posterior, ¿qué recibió de esa época? Bruno Gelber.–Por empezar la formación, la manera en que estudiábamos y cómo nos enseñaban. Fueron tan fantásticos esos años que su halo continuó un par de décadas más. Confluyeron en el mundo muchas cosas y que dieron a la música un lugar preponderante. No existía el fenómeno de internet. Las obras y sus intérpretes, como también los directores, gozábamos del misterio necesario que envuelve a los artistas. Nos conocían a partir de nuestro trabajo real. Es decir, no había aditamentos más que el lugar ganado desde lo que sabías hacer y cómo lo hacías. La radio fue una gran difusora en esos años. –Un nombre fundamental en su carrera fue el maestro Vincenzo Scaramuzza… –Absolutamente. Fue mi primer gran maestro, en Buenos Aires. No sólo fue mi profesor, sino que lo fue para cuarenta excelentes pianistas, incluyendo a mi madre, que antes de ser mi maestra fue su alumna. Scaramuzza supo enseñarnos la gran estructura pianística. Formó una gran cantidad de pianistas como de profesores. Era muy riguroso. Su parte pedagógica no era la más ideal, era muy duro. Pero tenía como pocos una gran sabiduría anatómica del brazo y de la manera de tocar, de emplear los músculos necesarios. Su enseñanza fue completa porque le agregó a la forma de enseñar italiana parte de la escuela rusa. Fue también el profesor de Martha Argerich. Yo estuve junto a él trece años, pero antes mamá estuvo dieciséis. Ella en total estuvo veintinueve años. En la época en que me tocó a mí ser su alumno yo era muy chico y mamá debió oficiar en muchas ocasiones de mediadora ya que por momentos era muy severo. –Se sabe que su madre fue el eje fundamental en su vida, ¿por qué? –Porque fue quien estuvo desde que decidí ser quien soy. Ella fue quien me hizo pianista. Fue, es y será siempre en el recuerdo la base de mi vida. No podría ser quien soy si no la hubiera tenido a mi lado. Fue con quien la vida se transformó en una experiencia maravillosa. Los primeros conciertos, la exigencia, el amor por lo que hago, todo todo fue inculcado por mi madre. Cuando falleció no aprendí a vivir muy bien sin su presencia física. Te lo dije hace unos años: nunca la reemplacé, fue un amor que se fue y… se fue. –¿Qué recuerdos tiene de su padre? –Si mamá me hizo pianista, papá me hizo concertista. Era violinista en la orquesta del Teatro Colón. Cuando se resignó a que yo sería pianista, comenzó a disfrutarlo. Le gustaba lucirse conmigo porque tenía oído absoluto. Siempre me pedía que tocara cuando teníamos visitas. Papá me acostumbró a tocar delante de la gente. Tuve una casa donde sus pilares, mis padres, fueron mi ejemplo de estudio y dignidad, de amor por lo que hacíamos. –¿Tuvo algún momento en su vida en que dudó seguir con su carrera? –Jamás. Tenía siete años cuando me diagnosticaron poliomielitis. Ni siquiera eso me impidió ser quien quise ser. Recuerdo que vi a mi madre entrar al cuarto donde yo estaba en la cama sin saber porqué tenía el cuerpo inmovilizado. Cuando vi su cara comprendí que algo grave sucedía. La miré y le pregunté: ¿voy a poder seguir tocando el piano? Era el 31 de marzo, cumpleaños de papá. La enfermedad fue bajando, y pasé de tener todo el cuerpo inmovilizado a poder mover las manos. Con el tiempo recuperé gran parte de la movilidad, quedando afectada sólo una pierna. Puede que en aquél entonces haya sido un gran problema, pero eso no me impidió seguir tocando el piano que es lo que más miedo me daba perder. Seguramente me condicionó desde lo estético, pero no para dar casi 900 vueltas al mundo dando conciertos. No me privó más que de correr. El resto lo hice todo. –Hubo un antes y un después en su carrera tras el concierto que ofreció en Ginebra, con la orquesta Suisse Romande, bajo la dirección del suizo, Ernest Ansermet. ¿Qué ocurrió? –Yo era muy jovencito y acababa de tocar con Ansermet en Colonia. En ese momento me preguntó si había actuado en Suiza. Le respondí que no. A los quince días recibí un contrato para abrir el ciclo de abono de la orquesta bajo su dirección. Fue el 5 y 6 de octubre de 1965. Me presenté con un éxito descomunal. En ese momento tuve la sensación de haberlo dado todo en el concierto de Ginebra. Creí que había tocado como un rey. Ya en Colonia, en casa de un amigo, quien como buen alemán le encantaba la música clásica, me dijo que había invitado a amigos a cenar porque esa noche pasaban por la radio el concierto que yo había dado días atrás. Me puso contento saber que iba a poder escuchar lo que creí, había sido un concierto fantástico. Pensé que los invitados se quedarían bizcos al escucharme. El concierto estuvo muy bien, pero toda esa locura de pasión que yo había puesto en aquella interpretación, no estaba. Nunca olvidé ese aprendizaje que tuve conmigo mismo. –¿Por qué fue revelador? –Porque aprendí que no hay que perder jamás la conciencia para quién estamos tocando, el registro del otro. Los intérpretes no podemos quedarnos sólo en esa pasión que sentimos por la obra de los grandes compositores, sino que tenemos la difícil tarea de transmitirla al público. Eso es lo que nos hace artistas. Podés hacer un concierto maravilloso, pero si la gente no lo sintió así, todo ese frenesí, ese ardor, quedó encapsulado. Uno toca para el público. Uno es el transmisor de la obra de un genio. Desde ese momento aprendí que debía brindarme, a no quedarme pasmado ante la emoción que siento al interpretar sino que debo pasarlo a los demás. La música está viva gracias a los intérpretes. Por eso hay que estar en estado de gracia para poder transmitirla. –¿Las obras maduran con el artista? –Absolutamente. La obra de un compositor genial es insondable. Uno avanza en el tiempo con ellas, porque siempre podemos descubrir algo nuevo. Es maravilloso poder seguir profundizando en las interpretaciones, como profundizamos con la vida misma. –Nombró a Martha Argerich. ¿Por qué se los considera en Argentina, a ella y a usted, los últimos exponentes de una época? –Porque lo somos. Recorrimos el mundo centenas de veces. Yo toqué en 54 países, he dado más de cinco mil conciertos. Y Martha otros tanto. Hemos estado en casi todos los grandes festivales, tocando con los mejores directores del mundo. En lo que a música se refiere, lo hicimos todo. Si bien somos coetáneos, nos llevamos dos meses de diferencia en edad, somos muy diferentes en todos los sentidos. Tenemos una mutua admiración. Cuando éramos chicos, y nos cruzábamos en las clases, ella me decía: “¿Vos cómo soñás?”. A lo que yo respondía: sueño como todo el mundo, no sé. Entonces me decía: “Yo sueño en colores”. Martha siempre fue original, tenía algo que la hacía distinta. Es una persona a la que quiero profundamente. –¿Cómo convive con la demanda actual por los artistas, de los medios de comunicación? –Me considero un artista de mi época porque respeto mucho mi profesión. Cuido mi imagen, estoy en detalles que hoy por hoy no se tienen muy en cuenta. No me gusta hablar de los demás, detesto los escándalos, la vulgaridad, el bochorno. No asisto a lugares por el simple hecho de aparecer en las fotos. Nada de eso me interesa. Sé poner un freno a lo que veo poco serio, a lo que puede afectar mi bienestar, mi imagen. No me brindo así nomás. Me llevo bien con los medios de comunicación siempre y cuando entienden que este es mi trabajo y por el que siento mucho respeto. Soy yo el que lo lleva adelante, y sé cuidarlo muy bien. Lo hice toda mi vida, no veo por qué deba abandonarlo ahora. –¿Cree que internet favoreció a su trabajo, poniendo la información al alcance de nuevas generaciones? –Claro que sí. Es un medio necesario hoy en día, de gran utilidad. Pero también guardo cierto recelo cuando veo que se lo usa de manera equívoca. Lógicamente es genial tener acceso a partituras, a discos, a entrevistas, a conciertos históricos. Yo mismo me asombro de todo lo que hay mío allí, pero se vive con una idea errónea de lo que es el mundo ya que se cree tenerlo al alcance de las manos, pero en realidad no perteneces a ese mundo. Para lograrlo hay que trabajar mucho. Soy una persona que le gusta guardar cierto misterio, la elegancia en lo que hace. No me agrada para nada saber que no sólo puede estar mi fecha de nacimiento, sino que también en cualquier momento pueden aparecer fotos hasta del día en que nací. Si bien estoy agradecido de que mediante internet mucha gente tuvo la posibilidad de saber quién soy, creo que hay un exceso de curiosidad que muchas veces juega en contra del artista. –¿Todo pianista es un artista? –Uno no toca para profesionales, sino para el público. No hay nada más importante para mí que llegar con mi mensaje a su sensibilidad. Sólo cuando eso ocurre mi labor está cumplida. Pianista se hace, pero artista se nace.

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