Cambio de rumbo

Redacción

Por Redacción

El gobierno kirchnerista, como muchos anteriores pero con una carga de agresividad llamativamente mayor, siempre ha sido propenso a dramatizar los conflictos económicos. Lo ha hecho porque calcula que las eventuales pérdidas materiales causadas por su actitud se verán compensadas por los beneficios políticos. Parece que, desde su punto de vista, pueden justificarse los costos enormes que nos ha supuesto la larga campaña contra los fondos buitre, las empresas favorecidas por los fallos del Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones (Ciadi), del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, ya que a su juicio la intransigencia oficial habrá ayudado a dar más brillo a la imagen del entonces presidente Néstor Kirchner primero y, después, a la de Cristina Fernández de Kirchner. Es posible que quienes piensan así tengan razón en cuanto a las ventajas políticas acarreadas por la voluntad del gobierno de adoptar una postura combativa frente a los “buitres” y otros acreedores, pero aun cuando fueran muy grandes y no meramente marginales, como es razonable suponer, no alcanzarían a cubrir una parte mínima de los costos económicos de años de aislamiento financiero, un prolongado boicot inversor, la sangría de divisas y demás consecuencias de la “estrategia” kirchnerista que ha llevado al país al borde de un nuevo default. Por fortuna, hay señales de que el gobierno ha llegado a la conclusión de que no le convendría seguir poniendo en riesgo el futuro del país al hacer de la disputa con el Ciadi una gran causa nacional en aras de la cual todos tendrían que sacrificarse. Para alivio de muchos empresarios preocupados por el estado nada promisorio de la economía, se ha manifestado dispuesto últimamente no sólo a respetar el Ciadi sino también a negociar con ciertos grupos vinculados con los “buitres”. Según los especialistas en las vicisitudes de la interna kirchnerista, lo que el gobierno está procurando hacer es pactar con todos los holdouts, salvo los más desprestigiados, con la esperanza de que la Corte de Apelaciones neoyorquina que entiende en el caso decida que ha dejado de rebelarse contra su autoridad. Si bien es de suponer que los “buitres” continuarán luchando por el dinero que aspiran a cobrar –al fin y al cabo, es su negocio–, de asumir los kirchneristas una actitud más flexible, podrían conseguir nuevamente el apoyo valioso del presidente Barack Obama y de Christine Lagarde, la jefa del FMI, lo que les sería útil si la Corte Suprema norteamericana aceptara intervenir en el asunto. Ya son incalculables los costos para el país de la decisión de Néstor Kirchner y su sucesora en la Casa Rosada de librar, en nombre del “modelo” que improvisaron, una especie de guerra santa contra el sistema financiero que, bien que mal, rige en el mundo. A cambio de algunos beneficios políticos menores, se las arreglaron para privar al país de centenares de miles de millones de dólares, con el resultado de que no pudo aprovechar debidamente una coyuntura internacional que le ha sido insólitamente favorable. De haber obrado con pragmatismo, desdramatizando y, hasta cierto punto, despolitizando los conflictos con los acreedores, de tal modo asegurando que los problemas planteados no tuvieran un impacto significante en el país, le hubiera resultado relativamente fácil reconciliarse con la comunidad financiera mundial que, desde luego, preferiría que la Argentina volviera a ser una tierra de oportunidades y no, como ha sido el caso durante demasiado tiempo, una fuente constante de problemas gratuitos. Si hubiera dudas en tal sentido, la reacción positiva del resto del mundo frente a las señales recientes de que el gobierno de Cristina se ha resignado a adoptar una estrategia más amistosa hacia los mercados debería eliminarlas. Puede que a ciertos ideólogos oficialistas les guste imaginar que el país es víctima de una siniestra conspiración planetaria atribuible a la envidia extranjera, pero la verdad es que a todos los demás les convendría mucho más una Argentina pujante que un país decidido a depauperarse por motivos que virtualmente nadie, con la excepción de los “militantes” kirchneristas y de aquellos intelectuales que se dedican a interpretar el “relato” confeccionado por el gobierno, comprenden muy bien.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Viernes 25 de octubre de 2013


El gobierno kirchnerista, como muchos anteriores pero con una carga de agresividad llamativamente mayor, siempre ha sido propenso a dramatizar los conflictos económicos. Lo ha hecho porque calcula que las eventuales pérdidas materiales causadas por su actitud se verán compensadas por los beneficios políticos. Parece que, desde su punto de vista, pueden justificarse los costos enormes que nos ha supuesto la larga campaña contra los fondos buitre, las empresas favorecidas por los fallos del Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones (Ciadi), del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, ya que a su juicio la intransigencia oficial habrá ayudado a dar más brillo a la imagen del entonces presidente Néstor Kirchner primero y, después, a la de Cristina Fernández de Kirchner. Es posible que quienes piensan así tengan razón en cuanto a las ventajas políticas acarreadas por la voluntad del gobierno de adoptar una postura combativa frente a los “buitres” y otros acreedores, pero aun cuando fueran muy grandes y no meramente marginales, como es razonable suponer, no alcanzarían a cubrir una parte mínima de los costos económicos de años de aislamiento financiero, un prolongado boicot inversor, la sangría de divisas y demás consecuencias de la “estrategia” kirchnerista que ha llevado al país al borde de un nuevo default. Por fortuna, hay señales de que el gobierno ha llegado a la conclusión de que no le convendría seguir poniendo en riesgo el futuro del país al hacer de la disputa con el Ciadi una gran causa nacional en aras de la cual todos tendrían que sacrificarse. Para alivio de muchos empresarios preocupados por el estado nada promisorio de la economía, se ha manifestado dispuesto últimamente no sólo a respetar el Ciadi sino también a negociar con ciertos grupos vinculados con los “buitres”. Según los especialistas en las vicisitudes de la interna kirchnerista, lo que el gobierno está procurando hacer es pactar con todos los holdouts, salvo los más desprestigiados, con la esperanza de que la Corte de Apelaciones neoyorquina que entiende en el caso decida que ha dejado de rebelarse contra su autoridad. Si bien es de suponer que los “buitres” continuarán luchando por el dinero que aspiran a cobrar –al fin y al cabo, es su negocio–, de asumir los kirchneristas una actitud más flexible, podrían conseguir nuevamente el apoyo valioso del presidente Barack Obama y de Christine Lagarde, la jefa del FMI, lo que les sería útil si la Corte Suprema norteamericana aceptara intervenir en el asunto. Ya son incalculables los costos para el país de la decisión de Néstor Kirchner y su sucesora en la Casa Rosada de librar, en nombre del “modelo” que improvisaron, una especie de guerra santa contra el sistema financiero que, bien que mal, rige en el mundo. A cambio de algunos beneficios políticos menores, se las arreglaron para privar al país de centenares de miles de millones de dólares, con el resultado de que no pudo aprovechar debidamente una coyuntura internacional que le ha sido insólitamente favorable. De haber obrado con pragmatismo, desdramatizando y, hasta cierto punto, despolitizando los conflictos con los acreedores, de tal modo asegurando que los problemas planteados no tuvieran un impacto significante en el país, le hubiera resultado relativamente fácil reconciliarse con la comunidad financiera mundial que, desde luego, preferiría que la Argentina volviera a ser una tierra de oportunidades y no, como ha sido el caso durante demasiado tiempo, una fuente constante de problemas gratuitos. Si hubiera dudas en tal sentido, la reacción positiva del resto del mundo frente a las señales recientes de que el gobierno de Cristina se ha resignado a adoptar una estrategia más amistosa hacia los mercados debería eliminarlas. Puede que a ciertos ideólogos oficialistas les guste imaginar que el país es víctima de una siniestra conspiración planetaria atribuible a la envidia extranjera, pero la verdad es que a todos los demás les convendría mucho más una Argentina pujante que un país decidido a depauperarse por motivos que virtualmente nadie, con la excepción de los “militantes” kirchneristas y de aquellos intelectuales que se dedican a interpretar el “relato” confeccionado por el gobierno, comprenden muy bien.

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