Cambio en Chile
El eventual juicio a Pinochet será en base de lo que presuntamente hizo, no en su condición de "derechista".
La decisión de la Corte Suprema chilena, por catorce votos contra seis, de despojar al ex dictador Augusto Pinochet de la inmunidad parlamentaria, de la cual disfrutaba por su condición de senador vitalicio, para que pueda ser juzgado como un mortal común por algunos de los crímenes perpetrados durante su régimen, se debió a mucho más que la contundencia de los planteos legales de los abogados que impulsaban la causa. De haberse tratado meramente de una cuestión jurídica, los jueces hubieran llegado a la misma conclusión mucho antes, pero en casos como éste siempre está en juego una multitud de factores personales, políticos e ideológicos que andando el tiempo suelen modificarse. En los dos años últimos Chile, y por lo tanto los jueces de la Corte Suprema chilena que a su modo encarnan la opinión moderadamente conservadora, ha evolucionado mucho gracias en buena medida a las presiones morales generadas por la larga detención de Pinochet en una casa en las afueras de Londres, episodio que claramente ha repercutido de manera muy positiva en toda América Latina.
Aunque hasta los antipinochetistas del gobierno chileno entonces en el poder protestaron vigorosamente por lo que con razón consideraban una afrenta a la dignidad nacional, tanto ellos como muchos otros chilenos terminarían entendiendo que en el fondo dicha afrenta fue la consecuencia quizás inevitable no del «colonialismo» anglohispano sino de las limitaciones de su propio Poder Judicial, el cual, por miedo a los pinochetistas o por compartir la mentalidad poco democrática de quienes se creen por encima de «las leyes de los hombres», se resistía a ponerse a la altura de sus responsabilidades. Por supuesto que la conciencia de que a juicio de sus equivalentes europeos Chile era un país políticamente atrasado, de tradiciones autoritarias desactualizadas, incidió mucho en la forma de pensar incluso de aquellos que antes habían simpatizado con el «salvador de la patria» de las garras del marxismo.
Pues bien: a pesar del júbilo muy comprensible que han manifestado izquierdistas que están menos interesados en el imperio de la ley que en vengar a sus muertos humillando al ex dictador que en todo el planeta es el símbolo máximo del militarismo derechista, sería un error tomar la decisión de la Corte Suprema chilena por un triunfo de un sector de la sociedad de su país sobre otro. Los principios reivindicados por la Corte tienen que ser aplicados a todos los muchos que en América Latina, Asia, Africa y partes de Europa siguen convencidos de que los objetivos políticos o religiosos siempre importan más que cualquier ley destinada a proteger aquellos derechos personales que en los países más avanzados se consideran fundamentales. Dicho de otro modo, el eventual juicio a Pinochet por el secuestro de 19 personas que estarían entre las 72 víctimas de la denominada «Caravana de la muerte» pero cuyos cadáveres no han sido hallados -de encontrarlos, el caso se desplomaría porque el ex dictado se vería amparado por la amnistía que él mismo decretó en 1978 que supone que no podrá ser juzgado por muertes y torturas-, se basa en lo que presuntamente hizo, no en su condición de «derechista».
Por cierto, ésta es la opinión de los jueces chilenos y de la mayoría de sus homólogos españoles y británicos, los cuales, obvio es decirlo, no podrían ser calificados de militantes revolucionarios. En efecto, de no haber sido por la evidente indiferencia hacia los temas ideológicos de los lores británicos, la detención en su país de Pinochet no hubiera tenido influencia alguna en Chile porque la mayoría de los políticos, de los jueces y, claro está, todos los militares hubieran podido atribuir su captura a una maniobra urdida por sus archienemigos. En cambio, el espectáculo brindado por juristas que, su lentitud y sus excentricidades no obstante, rehusaban prestar atención a los planteos políticos que habían viciado las polémicas tanto en Chile como en otros países latinoamericanos, resultó lo bastante aleccionador como para permitir que nuestro vecino se abriera a la democracia mediante una decisión que apenas dos años antes hubiera sido totalmente inconcebible.