“Caminen un rato con sus zapatos”

Por Redacción

El 7 de septiembre nos dejó papá, después de sufrir un severo cuadro de insuficiencia respiratoria que lo llevó a permanecer sus últimos ocho días en terapia intensiva. No pretendemos hablar de nuestro dolor ni de las características personales de nuestro padre; esas son cuestiones privadas. Sí queremos compartir algunas consideraciones que refieren al trato que frecuentemente reciben los adultos mayores y para esto nos gustaría que aquellos individuos que por su trabajo deben relacionarse con los viejos caminaran un rato con sus zapatos. ¿Con qué se encontrarían? Con un sistema previsional que se dice solidario y que iguala al que nunca trabajó o trabajó poco con el que aportó toda su vida. Esperará que algún día hagan lugar a su pedido de reajuste, espera vana porque morirá –como nuestro padre– con la ilusión de llegar a cobrar con el mensual septiembre ¡casi $1.500! Con funcionarios especialistas en desgastar las voluntades más férreas, cuya misión parece ser achicar el padrón de beneficiarios. Y en nuestro caso lo lograron. Para dar de baja a su esposa recientemente fallecida, debimos viajar con nuestro padre cuatro veces a la Anses Cipolletti, esperar en largas colas durante más o menos tres horas de las frías y ventosas mañanas de agosto, tolerar que un empleado pidiera un acta de matrimonio actualizado, que otro ni siquiera lo mirara y centrara su atención en un número que había que corregir en el Registro Civil de Allen, que un tercero nos dijera que el trámite se hacía por internet y que solicitáramos turno al 130. Al ingresar a internet, nos anoticiamos de que los datos se ingresaban mediante una clave que se obtenía en la oficina de Anses más cercana a nuestro domicilio… es decir, en Cipolletti. Cuando pudimos comunicarnos con el 130 –¿alguien hizo el intento?– obtuvimos un turno para el 2 de septiembre, nuestro padre ya estaba internado y como el trámite era personal, debimos ir de Cipolletti a Gral. Roca para completar una planilla que diera cuenta de los motivos de la ausencia. A diez días de su muerte, como una burla más, recibimos un pedido de certificación de la firma del médico interviniente. Con profesionales que hacen atención express a los afiliados al PAMI: nuestro padre denunció a algunos cuando era más joven y tenía más fuerza para luchar, kinesiólogos que les ponen una lámpara para dar calor, les dan dos golpecitos y ¡hasta mañana, abuelo!; neurólogos que los citan para una hora, los atienden cuatro horas después y les recetan un medicamento para el colesterol si les plantean su inquietud porque están padeciendo trastornos cognitivos –cuando en la consulta privada obtienen la comprensión y el tratamiento que permite detener e incluso mejorar esta patología frecuente en los ancianos–; clínicos que dan altas anticipadas porque deben viajar y no encuentran quién quiera hacerse cargo de los viejos, que los auscultan arriba del abrigo, o como el que nos negó la atención el domingo 29 de agosto, alrededor de las 19,30, en la guardia de la Fundación Médica en Cipolletti –a la que habíamos recurrido por no contar en Allen con terapia intensiva– e intentó convencernos de que nuestro padre tenía signos vitales normales y que debíamos volver al día siguiente, cuando era harto claro el cuadro que presentaba, incluso para nosotras que no somos profesionales de la salud. Papá fue internado a las 21 en la Clínica Santa Catalina, con asistencia respiratoria, para ser derivado a Gral. Roca porque la gravedad de su estado hacía necesario su ingreso en un centro de mayor complejidad. Siempre acompañamos a nuestro padre en su peregrinar por oficinas públicas, abogados, centros asistenciales; siempre nos esforzamos por resguardarlo en su vulnerabilidad. Pero, ¿qué sucede con los viejos solos, desvalidos, con escasa o nula instrucción? Las personas en edad avanzada son ignoradas, maltratadas, degradadas por quienes deberían tratarlos con comprensión y ternura. Por eso nuestro pedido de que se calcen lo zapatos de los ancianos para conocer, entender y padecer desde su perspectiva; quizá de ese modo puedan interpretar sus necesidades, quizá puedan darles un trato más humano. Acaso la mejor manera de hacer ver que es posible sea distinguir a los que nos mostraron su capacidad para valorar el bienestar de nuestro padre, comprender sus problemas y aliviar nuestra angustia: al Hospital de Allen, sus médicos de guardia –especialmente Marina García– y sus enfermeros, quienes siempre lo atendieron con respeto, delicadeza, afecto y acierto profesional; al Dr. Bernardini, quien en dos oportunidades nos habilitó el ingreso a la terapia intensiva del Sanatorio Juan XXIII; a la Clínica Santa Catalina donde fue tratado con deferencia por médicos y por el plantel de enfermeras; a los profesionales y las empleadas de la Farmacia Del Centro por la dulzura, confianza y respeto que siempre le demostraron; al PAMI delegación Allen por la excelente disposición para allanar dificultades, para actuar con diligencia y responsabilidad. Marta Inés Tenebérculo, LC 6.675.054 Hilda Noemí Tenebérculo, DNI 11.110.806 Allen

Marta Inés Tenebérculo, LC 6.675.054 Hilda Noemí Tenebérculo, DNI 11.110.806 Allen


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