Camino tortuoso

Redacción

Por Redacción

Mientras que en los demás países democráticos es habitual que los aspirantes a convertirse en jefe de Estado representen una alternativa política relativamente bien definida y que la ciudadanía tenga motivos para confiar en que de triunfar harán un esfuerzo genuino por instrumentar la mayoría de sus propuestas, aquí la campaña electoral que se inició hace varios meses sigue siendo en buena medida una competencia entre personalidades presuntamente «carismáticas». Con la excepción de Ricardo López Murphy, dirigente cuya voluntad de hablar con claridad siempre le ha ocasionado problemas con sus congéneres, los precandidatos principales no han querido comprometerse con estrategias políticas y económicas determinadas. Si bien Adolfo Rodríguez Saá y Elisa Carrió a menudo han formulado declaraciones contundentes, no pueden sino entender que a sus eventuales simpatizantes les importan muy poco los detalles y que ya dan por descontado que de conquistar la presidencia se sentirían libres para emprender un curso que acaso sea radicalmente diferente del insinuado durante la campaña proselitista. Por cierto, son muchos los vinculados con el ex gobernador de San Luis, hombre que sigue liderando las encuestas a pesar de que pocas le otorguen más del veinte por ciento de las intenciones de voto, que han tratado de tranquilizar a los empresarios y a los funcionarios extranjeros sugiriendo que, lo mismo que Carlos Menem más de una década antes, se ha propuesto llegar a la Casa Rosada por el camino hiperpopulista para después transformarse en una suerte de «liberal» latinoamericano. Puede que de ganar la diputada Carrió también actuaría así, para indignación de sus admiradores, pero ha sido tan nebuloso su mensaje que no sería tan fácil acusarla de haber roto con sus promesas preelectorales.

En un período como aquel de fines de los años ochenta que estuvo signado por cambios vertiginosos y confusión ideológica inédita, la «traición» así supuesta podría justificarse o, por lo menos, prestarse a explicaciones caritativas, pero a esta altura ningún político tendría derecho a afirmarse sorprendido por «la herencia» o a decir que antes de asumir la responsabilidad de gobernar el país no se había enterado de que los planteos populistas que lo habían entusiasmado hasta las vísperas se habían desactualizado por completo. Sin embargo, a pesar de todo lo que nos ha ocurrido en los años últimos, todavía abundan los políticos que creen que para alcanzar el poder no les queda más opción que engañar a los votantes, práctica que reivindican hablando de la necesidad de ofrecerles «esperanza». Se trata de una actitud que siempre ha reportado beneficios a individuos determinados, al permitirles aprovechar la credulidad de amplios sectores ciudadanos que, obvio es decirlo, incluyen a los supuestamente mejor instruidos, pero que ha contribuido decisivamente a provocar la inmensa crisis de confianza en la que el país se ha precipitado y que dista de haber dejado atrás.

Además de reflejar el desprecio de muchos políticos por quienes los apoyan, la tradición nacional de basar las campañas en vaguedades populistas con el propósito de actuar con seriedad en cuanto los votos ya hayan sido depositados en las urnas le ha impedido al país contar con un auténtico gobierno de emergencia capaz de hacer frente a los muchos problemas atribuibles al colapso de la convertibilidad. Puesto que por motivos evidentes pocos políticos ambiciosos han querido brindar la impresión de estar en favor de medidas antipáticas, los más destacados se han dedicado a figurar como opositores virulentos al gobierno «de transición» encabezado por Eduardo Duhalde sin por eso tener la menor intención de impulsar la creación de otro más representativo porque, si lo hicieran, se verían obligados a aceptar una cuota de responsabilidad por su gestión. Asimismo, es de prever que el eventual triunfador en las próximas elecciones no tarde en verse abandonado a su suerte por los demás integrantes de la «clase política» que, fieles a su costumbre de mantenerse firmes en sus «convicciones» populistas hasta que la necesidad de gobernar no les deje más remedio que reconocer que eran meras fantasías, optarán por procurar aprovechar en beneficio propio las muchas dificultades del país.


Mientras que en los demás países democráticos es habitual que los aspirantes a convertirse en jefe de Estado representen una alternativa política relativamente bien definida y que la ciudadanía tenga motivos para confiar en que de triunfar harán un esfuerzo genuino por instrumentar la mayoría de sus propuestas, aquí la campaña electoral que se inició hace varios meses sigue siendo en buena medida una competencia entre personalidades presuntamente "carismáticas". Con la excepción de Ricardo López Murphy, dirigente cuya voluntad de hablar con claridad siempre le ha ocasionado problemas con sus congéneres, los precandidatos principales no han querido comprometerse con estrategias políticas y económicas determinadas. Si bien Adolfo Rodríguez Saá y Elisa Carrió a menudo han formulado declaraciones contundentes, no pueden sino entender que a sus eventuales simpatizantes les importan muy poco los detalles y que ya dan por descontado que de conquistar la presidencia se sentirían libres para emprender un curso que acaso sea radicalmente diferente del insinuado durante la campaña proselitista. Por cierto, son muchos los vinculados con el ex gobernador de San Luis, hombre que sigue liderando las encuestas a pesar de que pocas le otorguen más del veinte por ciento de las intenciones de voto, que han tratado de tranquilizar a los empresarios y a los funcionarios extranjeros sugiriendo que, lo mismo que Carlos Menem más de una década antes, se ha propuesto llegar a la Casa Rosada por el camino hiperpopulista para después transformarse en una suerte de "liberal" latinoamericano. Puede que de ganar la diputada Carrió también actuaría así, para indignación de sus admiradores, pero ha sido tan nebuloso su mensaje que no sería tan fácil acusarla de haber roto con sus promesas preelectorales.

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