Capitalismo inestable

Por Redacción

ALEARDO F. LARÍA (*)

Una de las explicaciones más sólidas que se han formulado sobre el origen de la Gran Recesión que afecta actualmente al capitalismo corresponde al economista Hyman Minsky. El profesor Minsky dio clases durante muchos años en la Universidad de Washington, hasta su fallecimiento en 1996. La tesis que expuso en un ensayo publicado en 1986 es sencilla: el capitalismo es intrínsecamente inestable y la causa principal de su inestabilidad proviene del rol que tiene el sector financiero. La expansión de la economía capitalista es posible gracias a la labor de los bancos, que adelantan dinero para financiar la producción de bienes de inversión. Ahora bien, las inversiones deben proporcionar una corriente de beneficios que permita el pago del capital e intereses adelantados. Pero, como el futuro es incierto, no hay forma de predecir si los resultados acompañarán a las expectativas o algún acontecimiento inesperado impedirá que los prestatarios cumplan sus compromisos. Durante la fase de prosperidad los bancos están dispuestos a asumir riesgos para aumentar su negocio y financian los planes de expansión. Los bancos compiten entre sí para ampliar el crédito y financiar las nuevas inversiones. El gasto en inversión sube al mismo ritmo que los beneficios empresariales, lo que refuerza la demanda de crédito de las empresas y la voluntad de los bancos de prestar todo el dinero demandado. En las etapas iniciales del ciclo se presta sólo a empresas solventes, pero a medida que se desarrolla el boom y aumenta la confianza el crédito se va extendiendo a empresas o prestatarios que no siempre podrán devolver el dinero comprometido. Esto se ha visto claramente en el caso de la burbuja inmobiliaria de Estados Unidos, cuando las posibilidades otorgadas por nuevos instrumentos financieros de redistribuir el riesgo (titulización) llevaron a otorgar créditos hipotecarios a familias que no podían afrontarlos. Como decía Minsky, “la estabilidad del capitalismo es desestabilizadora”. En un momento dado, cuando comienzan los primeros incumplimientos, los prestamistas dudan y restringen la concesión de nuevos créditos. Inclusive prestatarios solventes comienzan a experimentar la sequedad de la plaza. Para satisfacer los créditos algunos prestatarios se ven obligados a vender algunos de sus activos por debajo del precio de mercado, lo que conduce a una pérdida de valor de los activos en general. Aparecen los primeros signos de una recesión en paulatino aumento. La idea principal que defendía Minsky es que la economía capitalista tiene fuerzas desestabilizadoras endógenas. Esto quiere decir que la inestabilidad financiera del sistema lo alejaba de modo natural de cualquier posición de equilibrio. Luego de un período de prosperidad prolongada la economía pasaba de un sistema estable a una situación de creciente inestabilidad. Se ha comprobado, tras la crisis en curso, cómo economías con finanzas sólidas como la española –superávit presupuestario y una deuda pública de alrededor del 37% del PBI en el 2007– igual fueron luego abatidas por el vendaval. Los bajos tipos de interés de los préstamos hipotecarios del sector privado habían alentado el surgimiento de una burbuja inmobiliaria que cuando estalló dejó a los bancos al borde del derrumbe. De modo que en este caso la crisis ha sido consecuencia de jugadas arriesgadas adoptadas por actores privados y no por imprudencias del sector público. La enseñanza que se puede extraer de esta gran crisis demuestra que el único modo políticamente correcto de solventar la inestabilidad intrínseca del sistema pasa, en primer lugar, por reconocer la existencia de los desajustes que se van produciendo, inevitablemente, a lo largo del tiempo. En segundo lugar, la necesidad de actuar de modo prudente desde los primeros momentos, para que no alcancen una envergadura tal que los haga ingobernables. Las polémicas en nuestro país acerca del alcance real que tienen ciertas expresiones –sin estamos ante “ajustes” o simples “realineaciones de precios”–, a la luz de lo expuesto, resultan pueriles. Recuerdan la fábula de los conejos que se preguntaban si sus perseguidores eran galgos o podencos. Cuando en economía una variante se ha desajustado conviene reconocerlo y actuar en consecuencia, bajo riesgo de acabar alimentando una catástrofe. El piloto automático sirve para conducir aviones, pero todavía no ha demostrado ser un método eficaz para dirigir economías. (*) Abogado y periodista


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