Los ligamentos rotos del fútbol

Un jugador internacional de élite llega a disputar alrededor de 70 partidos en la temporada, empujando los límites biológicos al extremo.

Por Marcelo Antonio Angriman

. Foto: FBaires.

El negocio del fútbol corre a un ritmo que el cuerpo y la mente de los jugadores rara vez logran sostener.

En la antesala de cada Copa del Mundo, asistimos con preocupación a un fenómeno que se repite: una alarmante cantidad de lesiones en las semanas previas al mayor escenario ecuménico.

La realidad deja en evidencia que no alcanza con ser un profesional al máximo nivel cuando la exigencia y la expectativa son desmedidas. Más cuando en la cabeza del jugador se acumulan la presión, el miedo a quedar afuera y la necesidad de rendir siempre.

Desde que comenzó la cuenta regresiva para la cita mundialista, las bajas confirmadas y los futbolistas que llegan entre algodones exponen una realidad inocultable.

Figuras deberán ver el torneo desde afuera, como los brasileños Éder Militão y Rodrygo o el inglés Jack Grealish, o candidatos a integrar la nómina final de la selección argentina como Juan Foyth o Joaquin Panichelli, de gran temporada en el Racing de Estrasburgo.

Mientras que otros de la talla de Lamine Yamal, Kylian Mbappé, Giorgian de Arrascaeta y los argentinos Cuti Romero, Gonzalo Montiel, Leandro Paredes y hasta el propio Lionel Messi, por diferentes tipos de lesiones, se perfilan para llegar al torneo con lo justo; siendo la exclusión de Marcos Acuña, muy probablemente adjudicable a sus reiteradas dolencias.

En nuestro propio suelo, nombres como Alan Forneris en Racing, Gastón Suso en Atlético Tucumán, Tomás Nasif en Platense o Agustín Marchesín en Boca Juniors, pasan a engrosar una nómina de lesionados, con la lesión menos querida y cada vez más frecuente -rotura de ligamentos cruzado de la rodilla- que evidencian un idéntico calvario.

Son varios los factores que confluyen en este escenario sombrío, que va desde lo puramente emocional hasta el desgaste físico por la acumulación de partidos en la temporada.

En relación a la agenda sin pausa, la industria del fútbol manda y el fin salutífero esencia y “ligamento” basal del deporte amateur, pasa a un segundo plano. Tal como planteara Fernando Signorini: “se ha pasado de los cuatro meses de preparación que tuvo el seleccionado argentino en el Mundial 78, a los escasos días para que los futbolistas se recuperen de la fatiga crónica”.

Lejos de reducirse la cantidad de partidos, en Europa se ampliaron los formatos de la Champions League y la Europa League y el nuevo Mundial de Clubes. Un jugador internacional de élite llega así a disputar alrededor de 70 partidos en la temporada, empujando los límites biológicos al extremo.

Pero las lesiones de futbolistas y particularmente la de rodillas, también repercuten en el deporte de cabotaje, subordinados a idéntico calendario. Así hay equipos que juegan al unísono la Liga Profesional, la Libertadores o la Sudamericana y la Copa Argentina, debiendo hacer viajes largos entre semana que aumentan la sobrecarga e impiden la reparación que genera el descanso.

Todas estas presiones elevan más la necesidad de ganar y el verse sometido al escrutinio de hinchas, directivos y prensa, subiendo los niveles de cortisol y alterando los tiempos de respuesta neuromuscular; así cuando la mente está saturada por el miedo a la lesión o la exigencia extrema, el cuerpo tiende a la rigidez y se predispone a la lesión.

Otra razón se encuentra en los terrenos de juego, más en Argentina, donde el estado de los mismos son invitaciones a las caídas, fijaciones de pies o torceduras. El uso generalizado de céspedes híbridos de última generación provoca una tracción excesiva y botines que apuntan a la velocidad generan, particularmente en la lesión de ligamento cruzado anterior (LCA), que el calzado se clave como estaca, el pie queda anclado, la rodilla rote y el tejido cede.

Si a eso sumamos que la fatiga crónica residual quita el control neuromuscular del cuádriceps y el isquiotibial; cuando el cerebro ordena frenar, la musculatura agotada no responde a tiempo y el ligamento absorbe un impacto para el que no fue diseñado.

A todas estas razones debe adosarse la permisividad de los arbitrajes sobre todo en Sudamérica, a diferencia de Europa, donde el jugador suele ser más protegido por los referees y por los tribunales de disciplina.

El cuadro reseñado, tampoco es privativo del fútbol masculino. El reporte global de FIFPRO a través del Project ACL señala que las mujeres tienen entre dos y seis veces más probabilidades de sufrir la rotura del LCA que sus pares varones.

Los expertos entienden que para ello confluyen factores biológicos —como caderas más anchas, una estructura ósea más estrecha en la rodilla y la tendencia a aterrizar con el pie plano—, pero fundamentalmente, la menor frecuencia en entrenamientos de fuerza adaptados y el uso de calzado diseñado originalmente para el pie masculino.

Por último, el apuro del mercado por volver a contar con el engranaje fallido, convalida la trampa del retorno exprés, lo que genera la probabilidad de que el mismo ligamento se rompa o se origine otra lesión derivada de la anterior.

Como corolario, pareciera que el éxito económico otorgara una licencia implícita para convertir al ser humano en una máquina descartable. Bajo esta lógica implacable, el jugador ha dejado de ser un fin en sí mismo, para convertirse en un mero medio de producción.

Mientras los principales referentes no adopten una postura firme, la cinta traga jugadores seguirá marchando. Los hombres se romperán, los ligamentos u otro repuesto de la máquina se reemplazarán temporal o definitivamente, para nunca ser infiel a la premisa máxima del negocio: “el espectáculo debe continuar”.

*Abogado. Prof. Nac. de Educación Física. Docente Universitario. angrimanmarcelo@gmail.com


. Foto: FBaires.

El negocio del fútbol corre a un ritmo que el cuerpo y la mente de los jugadores rara vez logran sostener.

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