Cara de hereje
Parecería que, por fin, el sentido común ha logrado anotarse un triunfo muy importante en su larga lucha contra el “relato” kirchnerista. Al resignarse a resarcir a la empresa española Repsol por la toma, a punta de pistola, del grueso de su paquete accionario en YPF, el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner hizo saber que entiende que en aquella oportunidad cometió un error estratégico garrafal. Irónicamente, se anunció el acuerdo con Repsol justo cuando el artífice principal del atropello, Axel Kicillof, empezaba su gestión como ministro de Economía. Debido a la arrogancia con la que Kicillof se comportó, los costos indirectos de la expropiación se agigantaron. Desde entonces, todos los inversionistas, con la excepción de los especuladores más aguerridos, han comprendido que la Argentina, gobernada por personas resueltas a ir por todo que no ocultan el desprecio que sienten por las formalidades, puede ser un país tan riesgoso como cualquier dictadura convulsionada del Oriente Medio, África o Asia Central, razón por la que se intensificó la sangría de divisas que nos ha llevado a la crítica situación actual. Una consecuencia previsible de la expropiación agresiva de las acciones de Repsol fue la virtual inutilización de las enormes reservas de petróleo y gas del yacimiento Vaca Muerta que, según los especialistas en la materia, se encuentra entre los más ricos del planeta. De no haber sido por la ceguera oficial, el país ya estaría comenzando a aprovecharlo en gran escala, pero no pudo hacerlo porque Repsol bloqueaba los acuerdos con las corporaciones petroleras que cuentan con los recursos financieros y tecnológicos que serán necesarios para una obra de dimensiones tan grandes. Así, pues, mientras que en Estados Unidos y Canadá la revolución del shale ya ha cobrado tanta fuerza que está modificando la balanza de poder económico y por lo tanto geopolítico del mundo, la Argentina se ha limitado a mirar el espectáculo como si se tratara de algo ajeno, cuando en buena lógica le correspondería desempeñar un papel protagónico. Para más señas, a pesar de poseer el país reservas cuantiosas, está experimentando una crisis energética tan grave que le es cada vez más difícil enfrentar el costo creciente de importar gas a precios fijados por los mercados internacionales. Según se informa, el gobierno que, menos de dos años atrás, había jurado que no daría un centavo a Repsol –por el contrario, Kicillof quería que los españoles nos indemnizaran por los daños ambientales que les atribuía–, ha accedido a pagarle 5.000 millones de dólares en efectivo o en bonos que podría vender con facilidad. Desde el punto de vista de la empresa, se trata de una oferta aceptable, aunque inferior a la reclamada ante el Ciadi, ya que le ahorraría los costos y los dolores de cabeza que le supondrían años de litigación en tribunales internacionales. Fue ésta la prioridad de su socia mexicana, la empresa aún estatal Pemex, que también espera participar del gran negocio que, superados los obstáculos políticos, promete ser Vaca Muerta. El gobierno de Cristina ha perdido tiempo valioso para sacar provecho del yacimiento. De todos modos, el acuerdo le permitirá obtener cierto alivio en el frente externo que lo ayude a frenar la pérdida vertiginosa de capitales que está sufriendo el país. Pero para quienes aspiran a encabezar el gobierno que surja de las próximas elecciones presidenciales, el que los kirchneristas hayan elegido intentar reconciliarse con Repsol, de tal modo reduciendo la brecha que separa el país de la comunidad financiera internacional, significa un cambio muy alentador, ya que su eventual gestión coincidiría con el inicio de un boom petrolero que andando el tiempo podría adquirir proporciones impresionantes. De confirmarse la magnitud de las reservas encontradas en Vaca Muerta, hacia fines de la década corriente el gas y petróleo asegurarían al país ingresos que sean por lo menos equiparables con los conseguidos últimamente merced a la soja, si bien sería de esperar que, para entonces, las autoridades nacionales hayan aprendido lo bastante de los errores de los kirchneristas como para aprovechar mejor que ellos la oportunidad así brindada.