Coherencia
Mala intención en la crítica. Resulta profundamente contradictorio -y hasta hipócrita- que ciertos países se arroguen la autoridad moral para criticar a otros, cuando son precisamente ellos quienes arrastran una larga historia de racismo, colonialismo y dominación. Muchos de los que hoy señalan con el dedo son los mismos que durante décadas -o siglos- sometieron pueblos, explotaron recursos ajenos y construyeron su poder sobre la desigualdad. No solo eso: en la mayoría de los casos, jamás tendieron una mano real para ayudar a otros países a crecer o recuperarse. Argentina, en cambio, tiene una historia muy distinta. Con el transcurso del tiempo -y especialmente después de la Segunda Guerra Mundial- abrió sus puertas, brindó oportunidades y fue tierra de reconstrucción para miles de personas que escapaban del horror. Esa memoria también cuenta. Esa solidaridad también define quiénes somos. Por eso, antes de emitir juicios livianos o cargar de prejuicios un evento que debería unir, sería más honesto revisar la propia historia. El deporte, la cultura y los encuentros internacionales deberían ser espacios de respeto, no de superioridad moral selectiva ni de discursos teñidos de conveniencia. Porque la verdadera grandeza no está en señalar al otro, sino en ser coherente con lo que se predica.
Silvia Cilia
DNI 12.942.302
silviacilia2@hotmail.com
Mala intención en la crítica. Resulta profundamente contradictorio -y hasta hipócrita- que ciertos países se arroguen la autoridad moral para criticar a otros, cuando son precisamente ellos quienes arrastran una larga historia de racismo, colonialismo y dominación. Muchos de los que hoy señalan con el dedo son los mismos que durante décadas -o siglos- sometieron pueblos, explotaron recursos ajenos y construyeron su poder sobre la desigualdad. No solo eso: en la mayoría de los casos, jamás tendieron una mano real para ayudar a otros países a crecer o recuperarse. Argentina, en cambio, tiene una historia muy distinta. Con el transcurso del tiempo -y especialmente después de la Segunda Guerra Mundial- abrió sus puertas, brindó oportunidades y fue tierra de reconstrucción para miles de personas que escapaban del horror. Esa memoria también cuenta. Esa solidaridad también define quiénes somos. Por eso, antes de emitir juicios livianos o cargar de prejuicios un evento que debería unir, sería más honesto revisar la propia historia. El deporte, la cultura y los encuentros internacionales deberían ser espacios de respeto, no de superioridad moral selectiva ni de discursos teñidos de conveniencia. Porque la verdadera grandeza no está en señalar al otro, sino en ser coherente con lo que se predica.
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